La sofisticada arma política de Mandela
l El líder sudafricano utilizó los mundiales de rugby y fútbol para unir un país partido por el ‘apartheid’
Uno sirvió para reconciliar internamente al país, el otro para mostrar al mundo la capacidad de África. De 1995 a 2010, Nelson Mandela utilizó dos Mundiales y dos deportes para dar muestra de su genio político.
Boxeador aficionado durante su juventud, el gran líder sudafricano, que falleció el jueves a los 95 años, supo ver en el deporte una forma de unir un país partido por años de apartheid.
Nadie captó con tanta claridad como Mandela la oportunidad política que implicaba el Mundial de rugby de 1995. Apenas un año después de ser elegido primer presidente democrático del país, el líder negro utilizó el deporte emblema de los blancos como vehículo de reconciliación.
En 2010, el fútbol, el pasatiempo preferido de los negros, sirvió para que Sudáfrica se erigiera en emblema de todo el continente, que albergó por primera vez un Mundial y lo hizo con éxito.
Mientras los afrikáners blancos son tradicionalmente fanáticos del rugby, la mayoría negra prefiere el fútbol. Encontrar un balón ovalado, por ejemplo, es prácticamente imposible en las calles de Soweto, el más poblado y emblemático de los barrios negros de Johannesburgo.
De hecho, esa inclinación no fue sólo una cuestión de gustos, sino toda una posición política durante la época de la segregación. La selección sudafricana de rugby, los springboks, fue siempre el símbolo de un régimen autoritario que mantenía al 90% de la población sojuzgada por el otro 10%.
Durante los años del apartheid, los negros no sólo eran indiferentes a un equipo que para los afrikáners es toda una religión, sino abiertamente hostiles.
Después de la liberación de Mandela en 1990, los atletas sudafricanos pudieron ya participar en los Juegos de Barcelona 92. Y en 1995, se encargaron de organizar el Mundial de rugby.
Sin embargo, los Springboks seguían siendo un símbolo de la segregación para la mayoría de la población. De hecho, todos los negros eran partidarios de los All Blacks neozelandeses cuando arrancó el torneo. Todos, quizá, excepto uno.
"Antes del partido inaugural contra Australia, llegó en su helicóptero y nos deseó suerte", contó el ex rugbier Joel Stransky, autor de todos los tantos del anfitrión en la final que Sudáfrica ganó por 15-12 a Nueva Zelanda. "Nos dijo que teníamos el apoyo de la nación. Y eso fue inmensamente importante para nosotros".
Tras convencer a un equipo repleto de fornidos afrikáners, en el que únicamente el mestizo Chester Williams rompía la monotonía cromática, de cantar antes de los partidos el Nkosi Sikelele, una canción propia del movimiento de liberación negro, Mandela acabó vitoreado en la final del Mundial por un estadio repleto de blancos.
Unos años después, un Mandela envejecido hizo un último esfuerzo viajando de un lado al otro del mundo para convencer a los gerifaltes de la FIFA de que confiaran en su país y en África. No le resultó fácil. Alemania se quedó el Mundial de 2006, pero lo logró para 2010.
Sentado en un carrito eléctrico, demasiado débil para andar, el viejo líder hizo una fugaz aparición justo antes de la final que España ganaría a Holanda en el Soccer City de Johannesburgo. De nuevo, el público aplaudió con delirio al genio político de Madiba.
También te puede interesar
Lo último