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Texto íntegro del pregón

Señora Alcaldesa, autoridades y amigos: Buenas tardes. La verdad es que tengo serias dudas en si darle las gracias y un abrazo o decirle un disparate y darle un cosqui al que le haya ocurrido nombrarme pregonero de nuestro Trofeo. Pues si por un lado es un orgullo y una alegría ponerle voz a algo tan arraigado en esta ciudad como es el Trofeo y pensar que tu nombre va a ocupar un renglón de su gloriosa historia, por otro lado es un compromiso por el respeto y el cariño que todos los gaditanos le tenemos.

Un cariño que supera meramente lo deportivo ya que es un tesoro más de esta ciudad, un pilar básico en el ser del gaditano, una fecha marcada en rojo en el calendario de las tradiciones, una herencia que va pasando de padres a hijos como si se tratara de una joya familiar que con solo verla nos recuerda lo que fuimos y lo que debemos de volver a ser.

Solo los gaditanos sabemos el valor emocional que atesora, solo los gaditanos sabemos la de quilates de gaditanismo que hay en cada repujado de esta copa, por eso presentarle el Trofeo a los gaditanos sobra, pero a los forasteros quiero decirles que el que lo gana lo que se lleva es un trozo de Cádiz, un trozo de nuestra historia, un pedazo de la Tacita, por eso nuestro Trofeo no es de oro es de plata.

Debo de reconocer que no he escuchado ningún pregón, prometo que no voy hacerlo más, pero estoy seguro de que cada pregonero habrá dado su visión personal, pues lo curioso de esto es que no existe un solo Trofeo Carranza, es tan nuestro que cada gaditano es por sí mismo un Trofeo Carranza, cada uno lo vive a su manera, y tienen tantos recuerdos diferentes que han conseguido que tenga tantos sabores y tantos colores como gaditanos lo vivieron. Por ejemplo supongo yo, que ya habrán contado toda su historia, pues bien desde mi punto de vista, la fundación, la creación de este evento, fue un pelotazo, algo solo al alcance de un autentico artista de la imaginación y la originalidad. Porque en una época donde Cádiz era una ciudad humilde con un estadio humilde y con equipo el Cádiz, que se encontraba en su estado natural, o sea, mal, era imposible que aquí vinieran equipos de renombres que animaran el ambiente futbolero. Esos grandes equipos que aquí en Cádiz solo eran posibles de ver en el NODO, y en alguna que otra ocasión en el Telefunken de algún vecino. Si, del vecino, porque en aquella época no todo el mundo tenía televisión, con suerte alguno tenía un amigo con un aparato de esos que median un metro y medio de largo y cuatro de fondo que cada que vez que se escacharraban venía un señor que parecía un espía ruso con un maletín de cuero que con mucho misterio le cambiaba una bombilla del tamaño de un Coca-cola de dos litros. Que cada vez que querías cambiar de canal le tenías que dar la vuelta a un botón que era como una torta de aceite y te daba una luxación en el antebrazo. Esos equipos que veíamos en blanco y negro, bueno no todos, porque algunos tenían la suerte de que el vecino le había puesto a la tele un papel de celofán celeste y en vez de ver a Di Stefano parecía que estabas viendo al Michael Phelps en los doscientos metros mariposa.

Bueno que me lio, el ver a esos equipos aquí en directo fue un escándalo. La sola presentación del cartel y su exposición por bares y cafeterías montaba el revuelo. La gente miraba las caras de Cruyff, Pelé, Iribar y toda clase de brasileños, que ya el solo hecho en aquella época de ver a un negro en Cádiz era algo extraordinario, la gente alucinaba. Se mascaba en el ambiente que iba a pasar algo grandioso. Una buena tarde tus padres te vestían como si fueras a cobrar una herencia o a ver a un tío que viene de América, y te llevaba por la calle Columela donde se veía a lo lejos un tumulto de gente arremolinada frente al escaparate de Vicente del Moral. ¡¡Y allí estaba!! Como una aparición mariana, los Trofeos Carranza. Entre banderines, carteles, balones y botellas de Fino Quinta. Los niños pegábamos la cara al cristal con los ojos como platos, deslumbrados ante toda aquella oda sobre el fútbol, y contemplábamos como de forma inexplicable muchos hombres también lloraban de emoción, pero en ese caso más ante la visión de las botellas de fino que ante la de las copas. Cosa que descubrí su porque con el paso de los años. Esa imagen daba el chupinazo de salida, empezaba la semana del Trofeo, la fiesta del fútbol para unos y la excusa perfecta para otros de coger una borrachera de campeonato.

Llegaba el día de la venta de las entradas, y toda el ansia reprimida desembocaba en lo que desemboca en Cádiz cualquier cosa que se haga, ¡¡En una cola!!. ¡¡Que gusta en Cádiz una cola!! La gente disfruta en las colas. Usted puede suspender el Trofeo, pero no se le ocurra suspender la cola porque habría un altercado histórico. Además la cola no era una cola civilizada, era una cola a la gaditana, o sea, al mogollón. En este tipo de cola usted puede estar el primero a las cinco de la mañana y sin saber cómo terminar el último a las tres de la tarde. Allí se daba cita lo más granado de la fauna local, lo mejor de cada casa. Revendedores, carteritas, vendedores de loterías, vamos Cádiz en su máxima expresión. Todo lo que hacía que diera la impresión de que ibas a ver algo único, irrepetible. Por eso muchas personas, guardan en sus casas enmarcadas como oro en paño entradas de aquella época. No como recuerdo del partido, sino por el mérito que fue sacarla.

Y llegaba el día grande, el de los partidos. El fin de semana esperado. En todas las caras se notaba la impaciencia y los preparativos para ese maratón futbolístico. Tanta impaciencia daba lugar a otro suceso que era sello de identidad de este Trofeo. La gente sin una explicación lógica, casi como un acto reflejo, llenaba el estadio dos horas antes del comienzo del partido. Pero no dos horas cualquieras, dos horas de un mes de agosto a las tres de la tarde con más calor que vigilando un puchero. Nada, dos horas allí sin otra cosa que mirar el césped. De vez en cuando para animar al personal por la megafonía del estadio ponían anuncios como aquel que decía: Que buen traje lleva usted D. José, en paños Pacheco lo compré. Cosa que generaba el cachondeito general ¿Quién va a comprar un traje con esta calor por Dios?

Una cosa bastante curiosa es que entonces a la gente le daba vergüenza de ir al fútbol con una gorrita, ya fuera del Cádiz o de lo que fuera, nadie usaba esa prenda, excepto el Macarty. Pero sin embargo nadie tenía reparos en colocarse una vicerita de cartón con dos gomitas que no aliviaba lo más mínimo el solazo que caía a plomo y que hacía que todo el mundo terminara haciéndose un capirote con las hojas de papel de diario, algo que aparte de ser estéticamente sospechoso uno ya no sabía muy bien si estaba en el Carranza o en la recogida de la Palma.

Pero quizás uno de los recuerdos más marcados que tengo de aquella época, era el momento crítico de tomar un refrigerio. Las nuevas tecnologías del frio no habían llegado aún, y todo dependía de unas barras de hielo. Como comprenderán unos señores dando vueltas por las gradas con un cubo de zinc lleno de refrescos y con unos trozos de hielo, a treinta grados a la sombra no era un invento que funcionara muy bien. Cuando tu padre te compraba aquello que había en el cubo, no sabías bien si estabas bebiendo un Mirinda, un Sopistan, o el agua de la Cascada.

Aunque hay que reconocer que la otra opción era mucho peor. El bombón helado. Imagínense a ese señor con la caja de cartón llena de mantecados y sin ningún tipo de artilugio que aguantara el frio ni tan siquiera cinco minutos. Cuando comprabas aquello, que ya no se podía llamar bombón y mucho menos helado, era más cantidad de producto la que te chorreaba por el codo que la que te llegaba a la boca, con el consiguiente disgusto del señor del asiento de abajo, pues lo habías convertido en el reclamo de todas las moscas de la zona.

Después de aquella hora y media de sufrimiento llevaba la aparición de otro de los grandes iconos del Trofeo. La banda de música. Y sobremanera La Banda de la Cruz Roja. El jolgorio que se formaba era apoteósico, hoy en día solo se conseguiría aquel momento de euforia si apareciera en el campo Shakira pero en pelota picá. Cuando la banda tocaba era famosa pieza de ¡¡Hola Don Pepito, Hola Don José!! La grada enloquecía dando paso a los recogepelotas. La envidia de todos los niños que allí estábamos. Con su chándal azul con el Trofeo bordado a la espalda era un privilegio acercarse y tocar a las estrellas de fútbol que pisaban el césped y sobre todo jugar ese partidillo que se marcaban en el descanso, donde cada jugaba era jaleada por el público ¡¡Que envidia!! Todos queríamos ser recogepelotas. El partido en sí era una fiesta del fútbol, todos los equipos jugaban como locales la gente aplaudía y animaba cada jugada y cada gol lo hiciera quien lo hiciera, otra de las razones que hicieron grande este Trofeo, ya que esto obligaba a los equipos a un compromiso y a una entrega que no realizaba en otros.

Entre partido y partido la estampa más familiar del Trofeo. Esposas, madres y novias esperando fuera con los bocadillos, algo irrepetible que le daba al Trofeo un sabor de fiesta de pueblo que emociona el recordarlo. En la final, foto histórica de ganadores históricos, fuegos artificiales y Rebequita, pues otro de los mitos de este Trofeo se cumplía. La leyenda de que cuando “Se acaba el Trofeo, se acaba el verano” se hacía realidad siempre con la llegada del poniente, refrescando el ambiente a la espera de la próxima fiesta del verano a la espera de la llegaba del Trofeo de los Trofeos.

Viendo el éxito, España entera copio el invento y florecieron Trofeos veraniegos por todos los rincones, haciendo que este tipo de competiciones se devaluaran. Los equipos solo se lo tomaban con la seriedad de antes, pues los carteles se repetían y perdían su originalidad. Entonces se le dio otra vuelta de imaginación. El Cádiz jugaba el Trofeo. Eso le volvió a dar vida. El Cádiz se había equivocado le había dado dos patadas a su historia y de forma inexplicable había subido a primera. Eso era pa morirse. Todo tomó otro cariz, parecía una competición semi-oficial, si encima el cartel era compartido por alguno de nuestros queridos vecinos, Betis o Sevilla, saltaban las chispas en el césped y en las gradas. La pasión se había hecho dueña del Trofeo. El paseo por la ciudad encima de un motocarro del primer Trofeo conseguido por el Cádiz es una imagen digna de una película de Almodovar. Nuestra copa de Europa particular se había quedado en casa, momento cumbre de la historia del Trofeo y del sentir cadista.

Inevitablemente todo cansa, y más por exceso y con tantos trofeos, y con la llegada de todos esos canales de Televisión retransmitiendo futbol hasta de madrugada, la burbuja explota, y los Trofeos empiezan a desaparecer, con la misma rapidez y la poca repercusión con la que aparecieron. El Trofeo entra en una etapa llena de altibajos que va superando con la aparición estelar de presidentes como el señor Gil, el señor Del Nido, y sobre todo del añorado D. Manuel Ruiz de Lopera, que ya el solo de por sí es un espectáculo para llenar tres campos, y que el mismo se nombró, así mismo salvador del Trofeo. Pero esto solo hace apuntalar una situación delicada.

El Trofeo supera los cincuenta años, edad para prejubilarse pero él decide mantenerse al pie del cañón. Aparecen mil voces cuestionando si se debe de seguir celebrando, si el formato esta caduco, que si esto, que si lo otro, pero él ha hecho oídos sordos y sigue para adelante, el no puede fallar a su cita con Cádiz. Le da igual que le lluevan las críticas, le da igual que ya no esté Vicente del Moral y que tenga que ser expuesto en la luna de un freidor rodeado de rodajas de merluzas y pijotitas fritas. A él nada de eso le importa, él quiere seguir vivo y él se quiere convertir en el último Mohicano, el último Trofeo.

Pero claro, a esto había que darle un atractivo, que no fuera solo una cabezonería de seguir porque sí, había que darle rienda suelta a la imaginación para que la gente se sintiera atraída por el acontecimiento. Y empezaron las propuestas: Se pensó en traer a cuatro equipos alemanes para que nos rescataran y que el saque de honor lo diera la prima de riesgo vestida de piconera. Se pensó en cambiar la banda de música por la banda de directivos de Bankia para que el alboroto se escuchara en Pontevedra. Se pensó incluso de que el Cádiz jugara contra sí mismo para ver si así tenía cojones de ganar un partido de una puñetera vez. Pero no, nada de esto valió, nada de esto podía igualar la idea magistral, una idea digna de ser premiada por el premio Príncipe de Asturias o con el Premio Nobel. La idea por simple roza la genialidad: Vamos hacer el Trofeo más raro de toda la historia de los Trofeos. ¡¡Cuidado!!, he dicho raro no malo. Pues con todo el respeto que me producen tanto: El Rayo Vallecano, equipo muy querido en Cádiz y hermanado con nuestra afición. Como Osasuna que es la tradición, la historia y la honestidad hecha club de futbol. El Cádiz, que es el Cádiz y punto. Y el Nacional de Madeira que es de Madeira como Pinocho. Deben de reconocer que el cartel es raro, pero raro con cojones. Por más encuestas que se hicieran nadie en el mundo hubiera juntado a estos cuatro equipos en el cartel de un Trofeo y esto tiene un mérito horroroso. Ver al Madrid, al Barcelona o al Milán es una tontería muy grande, eso está ya muy visto. Pero sin embargo quien se puede resistir a asistir a un Cádiz-Nacional de Madeira. ¡¡Por Dios!! Eso no ha pasado en la vida, eso es algo insólito, quien se va a perder la oportunidad de contarles a sus nietos, yo estuve allí. Eso no se ha visto en la vida, es algo como ver el Rayo Verde, o a Antonio Muñoz pasar por caja. Esta es la fórmula, este es el camino a seguir. España entera esperará con las carnes abiertas todo el año la confección de nuestro Trofeo. Abriendo fronteras, se hablará del Trofeo en sitios que no conocemos y donde ellos tampoco nos conocen. Sitios donde alucinarán con la majestuosidad del Trofeo y el problema de donde guardarlo. No sabemos si haciendo otro cartel hubiera salido mejor, lo que es seguro que podría haber sido peor.

Este es el Trofeo y hay que disfrutarlo. El Carranza es una fiesta que se realiza alrededor de unos partidos de fútbol, pero donde el fútbol no es lo más importante. El Trofeo es la demostración del cariño con que son recibidos en esta tierra todos los que nos visitan. El Trofeo es una excusa para encontrarnos con otras aficiones y con nuevos amigos. El Trofeo es como un álbum de fotos, recuerdos con tus seres queridos, lo que están y los que no sentados en esas gradas. El Trofeo es una barbacoa, unas coplas de Carnaval a la luz de la luna, el Trofeo es Cádiz y Cádiz es el Trofeo. Nadie recuerda un Trofeo por haber visto el mejor partido de la historia, sino por haber pasado los dos mejores días de verano de su historia. Aprovechemos lo poquito que tenemos, saquémosle brillo a la plata que nos quede, demostremos que somos unos supervivientes que con cariño e ilusión consiguen que siga vivo el Trofeo de los Trofeos.

Ya no digo más pamplinas

Ya no cuento más batallas

Y perdonen la osadía

La torpeza y la ignorancia

De un pregón salido del alma

De un cadista hasta las trancas

Que comience la alegría

Que resuenen las fanfarrias

Que se entere el mundo entero

Que ha empezado el Trofeo Carranza.

MANUEL SANTANDER CAHUE

7-8-2012

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