Nudos marineros en la garganta

De herencia un balón

Manolo Villalba y Lolo Villalba. Dos futbolistas marcados por los golpes de mala fortuna que reserva la vida dentro y fuera del campo. Lágrimas por lo que pudo ser y no fue cuando mayor era la ilusión

Manolo y Lolo posan en su otra 'casa', la proa de un barco en el muelle de Rota, donde comparten la pasión por el mar.
Manolo y Lolo posan en su otra 'casa', la proa de un barco en el muelle de Rota, donde comparten la pasión por el mar.

15 de diciembre 2008 - 05:02

LA saga de los Villalba, referente en Rota. José, Juan y Manolo encabezan una dinastía futbolística que hoy mantienen vigente sus hijos. El caso más entrañable, ilusionante y triste al mismo tiempo lo representan Manolo y su hijo, Lolo. Hay una historia de fondo tras ellos con decisiones duras y episodios inesperados que, en definitiva, marcan una trayectoria dentro y fuera de un terreno de juego.

En una localidad marinera por todos sus rincones, Manolo y Lolo viven junto al mar como el mejor oxígeno para sus vidas. Más allá de las carreras soñadas y reales tras un balón, la otra vida de los Villalba, la laboral, también guarda relación con la masa de agua salada que rodea su casa, su barrio y su ciudad.

FÚTBOL POR NECESIDAD

Manolo Villalba abrió la puerta de la ilusión por triunfar en el balompié con la misma esperanza que necesidad. Su procedencia, una familia humilde y marinera, con muy pocos recursos... y descabezada. Su padre conoció la cara más amarga de la profesión sobre un barco cuando el entonces pequeño Manolo contaba sólo con diez meses. "Mi madre se quedó viuda siendo yo un recién nacido y con el tiempo traté de solucionar mi vida con el fútbol". Pero a Manolo, el fútbol le arregló poco, "ni la vida de mi familia ni la mía propia". "Lo dejé joven por culpa de una lesión", rotura de una rótula.

Hasta para lesionarse, la crueldad acompañó al entonces joven Villalbita. Fue en un Murcia-Betis, jugando en el equipo verdiblanco. "Cuando viajaba a Murcia nació mi hija y tenían que operarla. Decidí seguir con el equipo y en ese partido me lesioné". El esfuerzo sin límites permitió a partir de entonces a Manuel Villalba jugar algún tiempo más. Esa garra le diferencia de su hijo. "No le gusta el fútbol como a mí. Tiene una calidad impresionante, pero lo de los desplazamientos lo mata", dice Manolo. Como una pared entre padre e hijo, este último lo corrobora: "Cada vez que nos toca jugar en Huelva son cuatro horas de viaje. Mi trabajo me acapara mucho y, por fortuna, va a más", dice con referencia al negocio de congelados que regenta la familia.

MALA SUERTE DE AMBOS

Cuando más le pudo dar el fútbol, una lesión le apartó con menos de 25 años. Le pasó al padre. A su hijo, Lolo, lo mandaron al baúl de tantos sueños fallidos por decenas de promesas bañadas de grandeza que nunca llegaron a cumplirse. "Se me pasó la oportunidad cuando con dieciséis años debuté con el Rota en Tercera. Me quisieron muchos equipos, el Cádiz y el Xerez, entre ellos, pero estaba la promesa de una llamada del Sevilla que jamás se produjo", recuerda Lolo. Y como nunca es tarde para reconocer errores, el ahora jugador del Rota lo dice abiertamente: "Me arrepiento de no haber aceptado lo del Cádiz o lo del Xerez. Me dejé guiar por tantos rumores...".

La cruz futbolera de Manolo Villalba tiene un poco más de peso porque su hijo tampoco encontró el camino para serlo todo en el balompié. Lolo asume esa realidad. "Creo que para mi padre la mayor felicidad hubiera sido verme comer del fútbol. Era su sueño, lo sé", señala con cierta lástima por el deseo paterno.

Padre e hijo comparten decepciones dolorosas vestidos de corto, aunque la limitada carrera de Manolo dio para mucho. Fueron bastantes temporadas en el Cádiz, como capitán, "con el honor de vivir el primer ascenso a Primera y jugar con la selección española juvenil", matiza con orgullo.

FAMILIA BALOMPÉDICA

Manolo habla con emoción de la temporada en el Albacete, en el obligado ocaso de su carrera, "jugando junto a mis dos hermanos". Lolo no es menos refiriéndose a sus primos Germán y David, con los que ahora comparte vestuario en el Navarro Flores. Un tercer primo, Aníbal, era el cuarto verderón de la saga hasta hace poco.

El veterano lobo de mar y su joven marinero siguen guiñándose cuando la pequeña pantalla es azulgrana: "Menudo clásico hemos vivido", dicen con pleno sabor culé por la alegría del sábado.

La historia del fútbol en Rota no se entiende sin el hombre que se hizo fuerte en la vida y en el fútbol, donde conoció muy pronto la cara más amarga. Un sello y un apellido vinculados al sano deporte del balón. Una herencia para lo bueno y lo malo. Recuerdos en fotos con Villalba y Cruyff haciendo las veces de capitán. Fue grande como jugador y hoy en día padre e hijo son destellos del faro de Rota que hacen de guía para las nuevas promesas sobre las verdes olas del Navarro Flores.

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