La visión de Enric González sobre la política

15 de febrero 2013 - 11:02

La turba

EL OTRO día, Ada Colau causó un cierto malestar en el Congreso. La representante de la Plataforma de Afectados por las Hipotecas llamó «criminal» a Javier Rodríguez, vicepresidente de la Asociación Española de Banca. Vaya. También se percibe un cierto malestar, mayormente en el flanco conservador, por los insultos y descalificaciones que desde la calle se dirigen a los políticos. Hay quien cree olfatear en insultos como el de Colau o en el griterío callejero algo parecido a un golpismo de baja intensidad, una descalificación global de la clase política y financiera destinada, en realidad, a socavar las instituciones y el sistema democrático. No puede afirmarse, desde luego, que la democracia española goce de buena salud. Pero ello no se debe a las manifestaciones ni a las invectivas. Ni, por supuesto, a palabras como las de la señora Colau, que tal vez sólo intentó adaptarse a los usos y costumbres arraigados en el hemiciclo. Citaré sólo unos cuantos ejemplos. Alfonso Guerra (PSOE) llamó «nazi estúpido» a Jorge Verstrynge (AP). Felipe González (PSOE) llamó «gusanos goebelianos» a los periodistas que le incomodaban. José Antonio Labordeta (CA) llamó «gilipollas» a un diputado del PP. Antonio Gallego dijo, en referencia a Toni Cantó (UPyD), que «no se puede ser más tonto». Andrea Fabra pareció gritar «¡que se jodan!» a los parados españoles, aunque luego aclaró que se dirigía a los diputados socialistas. Celia Villalobos (PP) llamó «ladrón» a Miguel Ángel Heredia (PSOE). Rafael Hernando, uno de los portavoces del PP en el Congreso, llamó «pijo ácrata» al juez Santiago Pedraz. Si salimos de la sede parlamentaria, la brutalidad aumenta. Basta con una muestra: José Luis Baltar, presidente del PP en Orense, llamó «maricón, miserable y sinvergüenza» al consejero socialista Manuel Vázquez. Cualquiera que haya asistido a un pleno del Congreso más o menos agitado sabe lo que es quedarse lívido ante las salvajadas que se escuchan en el hemiciclo. Desde los escaños, y bajo el fenomenal griterío con que se acosa al orador cuando es del partido rival, se gritan auténticas barbaridades. La clase política española lleva décadas desacreditándose a sí misma. ¿Qué les extraña ahora? ¿Que una ciudadana como Colau profiera insultos en el Congreso? ¿Que ella y varios de los suyos monten un pollo en la tribuna de invitados y griten «asesinos» a los del hemiciclo? Perdonen, pero la turba no viene de fuera. La turba está dentro. Y confirma aquello de que uno empieza por no dar importancia a un robo, una estafa o una malversación, y acaba soltando frases soeces y cobrando en negro.

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