De la feria del libro. Por Javi Osuna

09 de mayo 2016 - 09:14

Cualquier parecido con la realidad, es que es la pura realidad) PRÓLOGO: Compilación de alabanzas encargadas a un segundo. Una colección de ojanas, infladora de egos, reunida con cierta habilidad literaria, para vender lo que viene; aunque lo que venga, no te lo fumes ni en lo alto de la Piera Barco. EPÍLOGO: Solución mal dada a dos compromisos de prólogos para quedar bien con ambos y darle su sitio a los dos (aunque sólo se lo des a uno). El epílogo siempre será segundo plato del prólogo. Plan B. Banquillo de suplentes. Una cursilada gorda; un arcaísmo en desuso, ya en claro peligro de extinción. Un gang bang literario: ¡tú por delante y yo por detrás! RONEO DE SOLAPA: Texto que bajo una foto, resume quién es quién, junto una trayectoria profesional, engordada como los pavos con afrecho académico, jalonada de excelsos premios literarios; distinciones, másteres y toda suerte de honores, roneadores de solapa, que es la pestañita que tuerce el ego, hacia dentro. RESUMEN DE LA OBRA. Generalmente no la ha escrito el autor y, generalmente también, luce la contraportada. Suele ser un reclamo, tan lógico como lícito, para que el editor (que es el que ha arriesgado los jurdores) venda libros. En esta sinopsis se resume todo, en apenas unas líneas, a veces con frases entresacadas de la propia obra. SÍNDROME DEL ENTREVISTADOR. Un entrevistador (sobre todo de radio), por lo general no se ha leído tu libro. Ni de coña, además, aunque te diga lo contrario. Su sistema de trabajo y el ritmo vertiginoso del día a día, se lo impiden. To lo más, ha leído el ‘resumen de la obra’, y con algunos párrafos del ‘prólogo’ y del ‘roneo de solapa’, con habilidad y oficio evidente, sale airoso entrevistando a un autor, cuya obra, ni por asomo se ha leído, aunque éste se vaya tan contento: ¿Oye, esto cuándo lo emiten? (si es grabado); ¿Me puedo luego bajar el poscatd, no? (si es directo). SÍNDROME DEL ESCRITOR. El primero de todos es que se siente escritor. Esto es, que no lo duda. Ha escrito un libro (o dos; o tres) y se siente ya escritor. Lo ha incorporado a su certeza y es tan impepinable como que habla o respira. ¿Acaso no es obvio que soy escritor? Refuerza lazos con otros escritores. Habla constantemente de literatura y cita a autores raros, como marchamo culto: Isak Dinesen; Jean Améry; Andréi Biely; Steve Fatall; Sergey Decuellovuelto, Igor Chumbor... Y escribe, luego es escritor. Como los notarios, que se note que somos escribanos y escribidores. Y su obra difunde y difunde, y tanto difunde, que a veces funde y cofunde. SÍNDROME DEL POETA. Se siente poeta. Es poeta. Viste como poeta. Recita como poeta. Sus ademanes son de poeta. ¿No lo sabes ya? ¿No ves, que soy poeta? El poeta es proclive a creerse su propia imagen, como una terracota viviente y más pronto que un jaicu chinojaponés, se coloca una mascota y un fulá (cuando no, unas gafas de colores), que le refuerce el imaginario de poeta que tiene en el coco. Todo por montera: la mascota, el fulá, las gafas y el ideal. SÍNDROME DEL LECTOR. Así sea tu primer libro. Tu segundo. Sea prosa. Sea poemario. Esté editado en cartoné, en rústica. Sea la tirada corta, sea larga, tenga el número de páginas que tenga; sea un ensayo, una novela o una memorias… la pregunta del lector siempre será la misma: ¿Cuánto has tardado en escribirlo? La preguntita se repite, tediosa, como un salmorejo con siete dientes de ajo. Siempre la misma e importantísima duda; siempre la misma ecuación: el tiempo invertido. Da igual el método empleado, de qué va la obra, de qué viene el trabajo… En este punto, el autor se siente como si cada vez que le hablasen de sus hijo le preguntaran ¿cuánto has tardado en hacerlo? ¡Doce meses, picha, doce meses tardó la madre en engendrarlo y varias noches yo para empujarlo! ¿No lo sabes ya? SÍNDROME DEL EDITOR. Quiere que firmes libros, en una feria de libros de la que te quieres librar, pero en una triste casamata, junto a un castillo hinchable, se te anuncia como gran escritor y un altavoz playero se encarga de amplificar que en tal casamata está fulano firmando ejemplares… ¡Y no viene nadie! Te visitan amigos, conocidos, curiosos, parejas de enamorados, gente que conoces de vistas y jóvenes que te hablan de usted. Y allí te rebujas con pacientes de síndromes de escritores, de poetas, de entrevistadores y editores. Una fauna, cuando menos, curiosa y de la que, aún con sentido crítico, formas parte.

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