Moscas
Crónicas del retornado
La mosca doméstica es un díptero que no goza de la simpatía de los humanos. Y no porque sea un competidor, como otras especies animales, según me parece. No me veo a una mosca disputando nuestros puestos de trabajo, ni intentando quitarnos la novia, o tratando de emular las hazañas deportivas de las personas.
Sin embargo, son impopulares y atentamos continuamente sobre sus pequeñas vidas; sea mediante la guerra química, o el uso contundente de un ejemplar de Diario de Cádiz, o la casi caída en desuso paleta matamoscas. Cuando yo era joven (de eso hace tiempo) las tascas y otros establecimientos públicos colgaban del techo unas bobinas de papel pegajoso, cuyo resultado era de una estética muy discutible, ya que esa forma de ejecución pública acaba mostrando a la concurrencia una colección de cadáveres insepultos de muy fea apariencia.
En otros países el personal es más indulgente con estos pobres bichos, y no es raro ver en sus mercados numerosos enjambres revoloteando y posándose sobre una cabeza de carnero desollada, o disfrutando del excelente aroma de los puestos callejeros de turrón y otros dulces. Yo conocí a una señora que vendía frutas en un mercado de América Latina manteniendo animadas conversaciones con sus moscas familiares. Creo que hasta les había puesto nombre y todo.
En estas latitudes les tenemos a las moscas una manía espantosa. Decimos que alguien anda mosqueado cuando se le ve inquieto y de mal humor; cuando tomamos alguna decisión preventiva, lo hacemos “por si las moscas”, como si la principal amenaza que pende sobre nosotros sea un díptero insignificante. “Andar con la mosca detrás de la oreja” supone desconfiar, hallarse en estado de alarma o cosa por el estilo. Total, que nunca se dice nada bueno de las moscas. Cierto que también decimos que alguien está cabreado, cuando se le ve mosqueado; o que está como una cabra, en caso de que el sujete evidencie síntomas de demencia, siendo así que la cabra es un mamífero eminentemente sensato y comúnmente apacible, según tengo comprobado en mi infrecuente trato con caprinos. Y no digamos nada de lo mal que encajan los hombre el tratamiento de “cabrón”. Sin embargo criamos cabras, las ordeñamos para hacer un queso excelente y nos preparamos asados de cabrito. Nadie cría moscas, que yo sepa, excepto para realizar experimentos científicos. Así que hay muchas diferencias.
Pero la modalidad de mosca que más nos molesta y desagrada es la que solemos denominar “mosca cojonera”, especializada en tocar continuamente esa parte de la anatomía masculina. ¿Es que estos abominables sujetos no atacan a las señoras? Pues, sí, pues también, aunque resulte paradójico.
Este tipo de dípteros, resulta que son humanos, y más abundante de lo que parece. Personalmente he topado con unos cuantos.
Esta la modalidad video nupcial, compatible con la video vacacional y afines. Generalmente te atraen con añagazas a su habitáculo: una cena, una celebración de cumpleaños, una graduación… Cuando has picado al anzuelo y ya te tiene bajo su poder, te hace ver el interminable video de su boda: “¿A que Pepita estaba ridícula, con ese sombrero? O: “¡ja, ja, es que Pepe no encontraba los anillos y tuvo que acercarse la prima Menchu para ayudarle a encontrarlos y casi tropieza con la alfombra!”
La versión video vacacional puede ser aún más cruel y torturante, ya que una boda, por muy larga que sea, sólo puede durar unas horas; en tanto que unas vacaciones en Denia o en Conil transcurren a lo largo de semanas, lo que convierte al testimonio gráfico en algo similar a una superproducción de Samuel Bronston, pero sin el más mínimo encanto, excepto para los propios envanecidos intérpretes. “Ahí es cuando nos comimos unas sardinas muy ricas en el chiringuito de siempre… ¿Cómo se llamaba el chiringuito, Fermín? ¿Te acuerdas de la camarera gorda que te trajo los polvos de talco para quitarte la mancha de aceite de la ensalada?” La sorda pelea entre el hastío y la cólera no puedes exteriorizarla, porque eres una persona educada.
Luego está la cojonera monográfica, que es ese amigo o conocido dominado por un determinado asunto que a ti te trae al fresco. Tiende sus redes en el bar y, si te atrapa en ella, inicia su perorata sin misericordia: “Pues yo creo que los antrustiones sí que montaban a caballo, por más que Adrados y Enríquez aseguren lo contrario. Hay algunas páginas de Polibio, que…” ¿Quién coño serían esos antrustiones? ¿Quién diablos son Adrados y Enríquez? La cojonera monográfica deportiva es aún más nociva o molesta. Parte de la base de que tú eres un acérrimo partidario de, por ejemplo, el Rayo Vallecano, y ahí se desencadena el drama.
La mosca cojonera política es otro espécimen de lo más desagradable. Sobre todo si pertenece a la sub-especie insultona cuellilarga, pero de eso hablaremos en otra ocasión. Hoy no me apetece hablar de política.
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