concert music festival en chiclana

De las antiguas

  • Mónica Naranjo deleita al público del Concert Music Festival de Sancti Petri con un espectáculo a piano exquisito y teatral

  • La Pantera de Figueras celebra en Chiclana el 20 aniversario del disco ‘Minage’

Mónica Naranjo sobre el escenario principal de Concert Music Festival.

Mónica Naranjo sobre el escenario principal de Concert Music Festival. / sonia ramos (chiclana)

"¡Canta Desátame, canta una de las antiguas!", gritó ya en la mitad del recital uno de los asistentes ante el repertorio que desplegó Mónica Naranjo en el poblado de Sancti Petri, en su primera visita al Concert Music Festival, dentro de una gira llamada, ojo, Puro Minage. Una denominación clara y concisa de su contenido ante la que cabían pocas dudas. Porque hay que venir leído de casa hasta a los espectáculos. Si no, pasa lo que pasa, que el dedo acusador se posa sobre tu frente.

"O no sabes leer o estás muy despistado”, le espetó La Pantera de Figueras al atrevido espectador; zarpazo de felina en todos los morros ante tamaña osadía. Aunque más tarde se volvió indulgente: "¿Te referías a Sobreviviré no? Esa también es antigua", contestaba con sorna mientras el público reclamaba en más de una ocasión el himno central de la carrera de la catalana y pieza clave de un disco que, ese sí, era el que venía a celebrar a Chiclana.

Esa noche era la velada de Minage, el personal homenaje de Naranjo a la diva italiana Mina, un proyecto que cumple 20 años y cuya trascendencia hemos aprendido a degustar tiempo después, como los buenos vinos, como ese atunsito que prometió Mónica que se iba a comer al llegar a Cádiz desde sus redes sociales, como su espectacular voz, espléndida la noche del viernes como nunca, con los matices que otorga la madurez, las décadas de disciplina y el control, y el disfrute de ofrecerle a los fans lo que ella desea, desde su libertad creativa, todo un logro que, en su caso, es evangelio.

Acompañada al piano por su inseparable Pepe Herrero, Mónica Naranjo ofreció prácticamente íntegro ese disco que, paradójicamente, supuso el comienzo de la lucha frente a las tiranías de la industria discográfica de una artista absolutamente libre. La catalana apostó fuerte pero seguro hace dos décadas y a los jefazos de Sony Music casi les tienen que hacer la respiración boca a boca. Pero Naranjo se los llevó en volandas, no sin algún que otro sacrificio –tuvo que incluir en Minage dos temas más comerciales, que rompían la coherencia conceptual del CD, llamados If you leave me now y Enamorada, para "no perder fans", según los expertos del éxito–, aunque convencida de que ese trabajo sería recordado. Acertó de pleno y no solo no perdió seguidores, sino que los ganó para la posteridad. La prueba, la manera en que vibró la audiencia de Concert Music Festival a pesar de las peticiones de repertorio fuera de lugar.

Durante el concierto en Chiclana se proyectaron varios videos en los que fans de todas partes confesaban cuán importante había sido Minage en sus existencias. "Una primavera de los sentimientos, la banda sonora del cambio para que mi vida sirviera de algo", un disco con "un aura especial", que "no es para todo el mundo", con el que "aprendí a saber lo que era la música, prestar atención a las letras, el primer disco que me llegó al alma...", y así hasta en tres interludios de elogios y confesiones emocionantes en torno a esta obra magna repleta de soledad, amor, desamor, desgarro, erotismo y profundidad atemporal. Unas pausas que la artista aprovechó para cambiarse de vestuario también hasta en tres ocasiones.

Así, no había mejor momento que este dulce cumpleaños para que la reedición de Minage –publicado recientemente como la Naranjo hubiera en su día querido– pusiera de nuevo de actualidad un álbum arriesgado para lo que la industria quería de la cantante y compositora y pan comido para quien, como artista, no se arredra ante los abismos.

Y aunque dice la canción que veinte años no son nada, las canciones de Minage, de las antiguas también, sonaron más actuales que nunca en un espectáculo con gran carga teatral y sonoridad exquisita. Porque Mónica Naranjo también es de las antiguas, pero en el buen sentido, respecto a ese tipo de artistas old school que cantan y cuentan encima del escenario, que trascienden modas y hacen de cada concierto un acontecimiento único. Lo demostró en Sancti Petri jugando con los silencios, los maullidos, los agudos, los graves, en cada recoveco de su voz, en cada diálogo con el instrumento, sin esconder la desnudez descarnada de unas letras que son pura poesía.

Llévate ahora, Ahora, ahora –una historia de pasión entre ellos–, Qué imposible –una historia de pasión entre ellas, "porque entre nosotras también nos lo pasamos bien"–, Inmensidad –"no veo la luna, ¿está ahí?, vamos a conjurarla"–, Abismo, Siempre fuiste mío –"la letra original no me convenció, no la sentía. La escribimos de nuevo y la titulé así, en forma de carta"–, Amando locamente –con una accidentada entrada en la melodía al no escuchar bien al maestro Herrero que llevó a la artista, entre risas, a empezarla otra vez–, Amore –"Nek no está, no sé si lo habéis notado, el tío bueno no ha venido", aclaraba Naranjo sobre la ausencia de su compañero de dueto–, Mi vida por un hombre, Perra enamorada y la inevitable y siempre disfrutable Sobreviviré; "no os cansáis de escucharla ¿eh?", exclamaba Mónica ante esa ansia de compartir la arrebatadora letra.

Para el final, y aunque la pandemia no lo permitiese, Mónica Naranjo se guardó un imaginario cuerpo a cuerpo enfundándose el atuendo de Madame Noir, ese personaje creado hace años para la gira del mismo nombre y que revivió en Sancti Petri. Juguetona, sedujo a dos fans que no podían creerse el tú a tú con la diva entre arrumacos, acercamientos sensuales y "golosos", diálogos picantes y enorme complicidad sin contacto físico alguno. Pura magia en los temas E poi y E penso a te. Con el brillo de las grandes estrellas, con el dominio escénico de las insustituibles figuras de la música, y con el pulso de la noche tomado desde el minuto uno, Puro Minage fue un auténtico goce de los antiguos, a degustar sorbo a sorbo y sin prisas frente al ajetreo de la vida moderna. Una cita que será recordada otros veinte años mínimo.

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