La violencia de indigentes extranjeros se dispara durante los últimos meses
El alemán Reinhart K. es el más peligroso y ya ha estado en prisión por el homicidio involuntario de Pedro El Legionario y por dar una paliza a otro sin techo · La Policía aboga por órdenes de destierro
Al alemán le temen todos. No es el más grande, pero es el más malo. Impone la ley de la calle, del superviviente curtido en mil batallas. En su cabeza de pelo cano y rapado ya hay una muesca en memoria de Pedro El Legionario, al que provocó la muerte tras propinarle un empujón en la plaza de las Flores hace un año. Homicidio pretérito intencionado, llamaron los jueces a lo que a efectos penales viene a ser igualito a un homicidio involuntario. La inhibición de un juzgado y un follón entre los jueces que debían condenarlo, con el testimonio de varios testigos aportados por la Policía Nacional, favorecieron que sólo tres meses después el alemán malo, Reinhart K. volviera a sus dominios. Su apenas metro setenta de estatura y su aspecto rechoncho ya no engaña a los indigentes autóctonos. Le tienen miedo.
Reinhart K. llegó a Cádiz hace un par de años, por Carnavales, y se juntó con una patulea de sin techos extranjeros que han provocado numerosos altercados en los últimos tiempos. A las peleas propias entre ellos por comida, bebida o un lugar preferente para dormir, han seguido hechos más graves. El más sonado el ya comentado homicidio involuntario de Pedro El Legionario, los más recientes, una paliza a un indigente local en las Puertas de Tierra, con R.K. como autor de la fechoría; una denuncia sexual presentada por una joven contra otro vagabundo alemán, Torsten R, por realizarle tocamientos lascivos tras abalanzarse sobre ella; o la detención del británico John S. tras provocar daños en un supermercado de extramuros y poco después mostrar sus genitales a menores de edad en el parque de Varela.
La ruta del indigente recorre varios puntos del centro histórico de Cádiz. Almuerzo en María Arteaga, cena en el comedor Virgen de Valvanuz de la calle Santiago y a la cama en el albergue municipal de Portería de Capuchinos o en la sede de los Caballeros Hospitalarios, en la calle Benjumeda. Si fallan estas opciones, el cielo gaditano es tan válido como cualquier otro para acomodarse bajo su bóveda. Entre horas, la plaza de las Flores es uno de sus rincones preferidos de concentración, sobre todo para los extranjeros.
Algunos, como el caso de R.K, ni siquiera piden limosna. Lo fían todo a la beneficiencia gaditana. En Caballeros Hospitalarios se pueden hacer tres pernoctaciones seguidas no más de tres veces al mes. Entre eso y el albergue municipal van tirando los meses invernales. En verano es otro cantar. Las vendedoras de los puestos de flores del Mercado Central hablan de continuas peleas entre ellos, incluso a botellazo limpio. Es la lucha ancestral por lo necesario para vivir. El instinto en estado puro que saca lo peor de cada ser humano.
Dice la Policía que John S. pertenece a un clan distinto al del alemán malo. Los de fuera rozan con los indigentes locales o con personas que, sin serlo, como Pedro El Legionario, tienen un estilo de vida peculiar. Es gente muy asocial con la que entablar una conversación resulta tarea complicada. Los españoles no quieren ni oír hablar de R.K. "Ese es un diablo", suelta entre dientes uno de ellos a las puertas de María Arteaga. No quiere dar su nombre. Es granadino y lleva varios años en Cádiz, un lugar tranquilo hasta que los malos se adueñaron del cotarro. "El alemán nos provoca, es mala cosa estar cerca de él", concluye.
Desde el Mercado avanzan por los Callejones dos nuevos indigentes. Uno es mayor, porta una vieja y sucia mochila, su rostro es amable. El otro parece más desconfiado. El viejo pregunta por María Arteaga. Al llegar a la Cruz-Verde le indican. Entra en un establecimiento e intenta vender un reloj. Son españoles. No parecen tener ganas de pelea. Puede que aún no sepan quién es el alemán malo. Igual a estas horas ya conocen su leyenda.
En estos momentos se estima que la capital gaditana acoge a un centenar de indigentes, aunque realizar un censo es complicado teniendo en cuenta su movilidad. La Policía reconoce que Reinhart K. es peligroso y apunta la posibilidad de condenarlo al destierro, como algunos jueces hacen con acusados de violencia doméstica. Prohibirle acercarse a Cádiz, obligarle a marcharse con su maldad. Aquí da miedo. Se nota en la cara de otros indigentes con sólo preguntar por él. Por el señor de las broncas.
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