Cádiz

La última verdad de José María Pemán

  • Carta abierta a un gaditano universal: El escritor y sacerdote jesuita gaditano Pedro Miguel Lamet recuerda su amistad con Pemán, evoca sus versos y defiende su figura

Pedro Miguel Lamet, autor de este artículo, dialoga con José María Pemán.

Pedro Miguel Lamet, autor de este artículo, dialoga con José María Pemán.

De que habitas el cielo de los poetas no me cabe duda alguna, paisano y amigo José María, pese a que muchos te condenaron y te siguen condenado al infierno de la superficialidad y a la gehenna del vil y raquítico interés político. Acostumbrados los ojos a la luz encalada de tu "Señorita del mar, novia del aire", tenías las pupilas hechas a la claridad del Parnaso y al reflejo del Dios en el que siempre creíste, con la naturalidad que bebías una copa de Jerez y recitabas tus versos frente al mar.

Ahora te escribo desde el olvido de una España bien diferente de la que te vio nacer e incluso de la que te dio su último adiós. Hoy los poetas y soñadores como tú no tienen mucho sitio en este imperio de la televisión, las plataformas digitales e Internet. Nos hemos instalado en el dominio de la mediocridad, el libro de vida efímera y la subcultura del prêt-a-porter.

No se me borra de la imaginación la mañana gaditana en que te visité por última vez. Chillaba el sol en un tu ventana a la anchurosa plaza de San Antonio y penetraba tamizado por los visillos hasta tu butacón de orejas para acariciar los blancos cabellos de un Pemán casi exhausto.

"Te voy a leer mi Testamento", me dijiste con ese ceceo elegante de Andalucía la baja, casi aspirado, que tiene un cierto regusto entre canario y americano. De tu Testamento me quedé con unos versos que sintetizan bien tu obra y tu vida. Con aquel estilo sencillo de poeta de mayorías te preguntabas:

A la esposa, mi beso; a los hijos, mi hacienda. Pero, ¿a quién le dejola Belleza?

Intuías ya que es una rara avis que "se está acabando", porque los versos se van cargando de pensamiento y era difícil dejar a alguien "ese ser porque se ha dicho / y no decir porque sea". Les pedías a los poetas andaluces que lleváramos a término tu aventura de dar nombre a las cosas para luego quitárselo. Y confesabas:

Ese minuto tan mío:esa estrella del poetatan quietacomo el lucero que brilla,no cuenten con él: que intentopasarlo de orilla a orilla.

Ahora que habitas esa Belleza, mientras nosotros nos debatimos en expulsar a los mercaderes de su templo, me preguntarás por qué te escribo. Por una sencilla razón; porque creo que la poesía es el último secreto de lo mejor de tu obra, también de la literatura periodística. Es un tópico que corre por ahí, que de tu obra sólo se salvan las piezas breves: el cuento, el artículo y la oratoria, y ay, esta última no es nada sin la presencia del orador, aquel decir pastoso de tus manos voladoras, aquella voz bronca que olía a poniente y bajamar.

Primera parte de la carta escrita por Pemán a Pedro Miguel Lamet, con fecha en el encabezamiento de 1965. Primera parte de la carta escrita por Pemán a Pedro Miguel Lamet, con fecha en el encabezamiento de 1965.

Primera parte de la carta escrita por Pemán a Pedro Miguel Lamet, con fecha en el encabezamiento de 1965.

Pemán escritor de éxito en vida es hoy un incomprendido, no sólo por razones políticas. No sólo por su apoyo a Franco, y su desliz tan traído y llevado, como si los grandes Neruda, Miguel Hernández y Rafael Alberti no hubieran caído en retoricismos partidistas desde sus ideas sermoneadas en momentos pedestres. A Pemán no se le ha perdonado que se le entienda; que en el fondo y la forma haya sido un gran pedagogo del lenguaje, un mago de la imagen limpia, igual que un atardecer en el Campo del Sur. Políticamente, todo el mundo lo sabe, fue mucho más monárquico que franquista y más liberal, como buen gaditano, que de derechas. Pero eso es lo de menos. Se te entiende todo y eso es un pecado imperdonable para los que alambican el lenguaje para escribir Tribunas sesudas.

Yo me desteté a la literatura en tus Cuentos sin importancia, La eternamente vencedora y aquellos artículos que partiendo del incendio de lo concreto desembocaban en gracejo y una sabiduría popular a medio camino entre Séneca y Calderón.

Y media España aprendió a leer y escribir con José María Pemán, aunque ahora se niegue a reconocerlo por aquello de la moda política del momento o la confusión frecuente y maliciosa entre las burbujas de la gaseosa y el buen champagne. Además de que eso de ser católico ha estado durante décadas mal visto en el mundo de la pluma, donde para triunfar parecía que había que ser homosexual y de izquierdas, dicho sea esto con el respeto y aun admiración que todo el mundo sabe que profeso a unos y otros. La historia es que tus libros han estado enterrados en el olvido sin que inexplicablemente casi se reeditaran.

Como todo el mundo sabe, es el artículo periodístico el que tiene más efímera vida, ya que se escribe al pie del camino y a luz del acontecimiento. No en vano Herrera Oria decía que no hay nada más antiguo que el periódico de ayer. Por eso, es casi milagroso que un artículo aguante el envite del tiempo, como por ejemplo muchos artículos de Larra, Azorín y Ortega y Gasset.

La anécdota era tu varita mágica, José María, para conducirnos de lo trivial a lo filosófico, del chascarrillo andaluz a la tesis de vida. Porque en definitiva tu filosofía costera estaba hecha de "azulamiento" como se dice en Cádiz, de horizontes de esperanza para el hombre de la calle.

Ibas entreverando gracejo y filosofía, erudición y experiencia, como al meditar sobre el pretendido "año nuevo" de 1947: "Hay muchos años que son viejos ya cuando nacen. Porque el tiempo se estrena muy raras veces"; o al definir un bar como "el bebedero de los pájaros alocados de esta gran jaula de oro que es la ciudad moderna". Sabías encontrar sabiduría en la anécdota.

¿Cómo se puede hablar de la muerte con palabras de calderilla? Decías: "El fin de una cosa no es nada distinto de la cosa misma. El fin de la carretera es todavía carretera, y la última gota de Oporto es Oporto todavía" para explicar que sólo muere el más inmediato hombre grosero, en pura línea cristiana y oriental. Decías que la muerte es cosa seria y que "habla en verso", para concluir en el chiste "Morir, bueno; ¡pero 'sobrar', no!".

Segunda parte de la carta con la firma final de Pemán. Segunda parte de la carta con la firma final de Pemán.

Segunda parte de la carta con la firma final de Pemán.

Este Pemán luminoso está vivo y cercano porque nació y murió cerca del mar: "Porque el mar es como una inmensa conspiración. Los que entran por él y con él conviven, saben mil cosas infinitas y extrañas y conocen la más vieja y elemental sabiduría. Por eso, la civilización, la cultura y la ironía son plantas de orilla del mar". De esas tenías tú a raudales, como aquel pescador que llegó a su casa chorreando después de faenar mar adentro y a la pregunta de su esposa por lo que pasó, se limitó a contestarle: "Nada: que esta madrugada hubo 'guasa". Decir guasa en Andalucía es una distanciada manera de conducir al humor la tragedia, convertir en brisa la tempestad. Como las solteronas de cincuenta o sesenta años, siguen siendo las 'niñas' que parecen que lo ignoran todo o todo lo ocultan. Personajes conocidos que saltaron de tu pluma y están arrancados de las calles de Cádiz, Jerez o El Puerto: Doña Todavía, Magdalena, la criada que nos vio nacer, o aquellas desaparecidas institutrices.

Invito al lector a volver a asomarse a estos artículos con la camisa desabrochada y una copa de fino cerca, permitiendo a la prosa de Pemán que le lleve de la mano por rincones de sol y acontecimientos pasados, para quedarse luego con el sorbo de buen humor y talante compresivo de un gaditano clásico y universal, que las ve venir, como sus antepasados avizoraban los galeones de América desde las encaladas torrecillas en las azoteas de su ciudad. Pemán no le defraudará. Le enseñará no sólo en el manejo de la prosa, sino también en sencillez y humildad que era la virtud que él echaba de menos en el intelectual. Hasta Umbral, un escritor de izquierdas, le llamó "un gran maestro". Quizás por eso Pemán nunca fue violento en sus artículos ni en nada, porque, a pesar de, o precisamente por su profunda fe, se preguntaba por todo y se fijaba en la pequeñas y gratas cosas de la vida.

De aquí que, querido José María, tu Testamento sigue interrogándonos. Dicen que el secreto de la poesía es la contención y la sugerencia. Que poesía es precisamente lo que no se dice, lo que aletea entre los versos. "No la toquéis ya más, que así es la rosa", cantaba el precursor y maestro de la poesía moderna, Juan Ramón Jiménez. Tú, más popular, cambiaste la rosa juanramoniana por un clavel:

Hay en el monte un camino,y en el camino un clavel.Entrad por ese camino.Parad en él.Seguid luego. Sin cogerlo.No lo piséis.Como el camino es de Amor,del camino en adelantese empieza a entender a Dios.

Un respeto de puntillas a la realidad y la naturaleza que, por encima de creencias e ideologías, es todo un programa para este mundo de obviedad ramplona, directismo barato, manipulación y agresividad, como la zafiedad de un alcalde de tu ciudad que ahora pretende hoy borrar tu nombre. He desempolvado una carta que me escribiste en 1965 con motivo de la aparición de mi primer libro El alegre cansancio, con que desde tu generosidad animabas a un joven poeta gaditano. En ella me decías que "cuando sin querer se encuentra lo divino a la vuelta de la esquina cotidiana, los adjetivos y sustantivos se encuentran casi igual, sin querer". Te adelantabas a la teología moderna al hablar de las inmanencia y trascendencia y te identificabas con el "Dios deseado y deseante" de J.R.J. y añadías que "el que se sume en la inmanencia divina, se siente inmenso en Alguien trascendente". Descansa, amigo mío, junto a tu paisano Falla en la paz de la cripta de tu catedral de Cádiz, donde no llegan los ladridos de los oportunistas de turno, que no entienden que, más allá de las creencias de cada uno, nuestro mundo necesita más que nunca un suplemento de espiritualidad o lo que es lo mismo, poesía. Afortunadamente allí solo oyes el rumor de las olas, de esa "señorita", que te envolvió en sus encantos hasta arrastrarte definitivamente a los misterios de alta mar.

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