Programa para mayores 'Bajemos a la calle' Un respiro en mitad del encierro

  • Nueve personas mayores con problemas de movilidad y atrapadas en sus casas se dan cita junto a voluntarios en una jornada de convivencia del programa ‘Bajemos a la calle’

Participantes del programa ‘Bajemos a la calle’ atienden las explicaciones en el principio de la ruta teatralizada. Participantes del programa ‘Bajemos a la calle’ atienden las explicaciones en el principio de la ruta teatralizada.

Participantes del programa ‘Bajemos a la calle’ atienden las explicaciones en el principio de la ruta teatralizada. / Jesús Marín

La calle es suya, pero no pueden disfrutarla. Viven, por su falta de movilidad, encerrados en casas sin ascensor. La ciudad, su ciudad, está ahí, pero no pueden pisarla, vivirla, sentirla como quisieran. Solo a veces y casi siempre gracias a la labor de voluntarios de la Cruz Roja. En el caso que nos ocupa, merced a un convenio entre esta institución y la Delegación Municipal de Salud, que dio lugar al programa 'Bajemos a la Calle' enmarcado en el Plan Local de Salud. “Nos fijamos en una experiencia similar que se hace con éxito en Barcelona. Contactamos con la Cruz Roja, que se encarga de bajar a los mayores y de sacarlos a la calle y pusimos en marcha el programa”, apuntaba la edil de Salud, Eva Tubío. Ayer tocaba jornada de convivencia en el casco antiguo para casi una veintena de personal voluntario y personas usuarias del programa, que promociona sus relaciones sociales. Fue una visita teatralizada, con aperitivo posterior, organizada por The Travel Bran que comenzó frente a la iglesia de Santo Domingo.

Alberto Sánchez, un gaditano que cumplirá 71 años en junio, vive con su hermana en un ático de la Barriada de la paz. “El ascensor solo llega al piso 11 y hasta mi casa hay dos tramos de escaleras”, contaba. Estaba contento por la salida. “Esto anima mucho después de tantos días encerrado en casa. Aunque sea levante, me alegra que me dé el fresquito. Y cargo las pilas hasta la próxima vez”, decía. Junto a él, Francesca, su apoyo en la Cruz Roja “Una vez a la semana me sacan de casa. Francesca es mi chófer”, explicaba Alberto risueño.

Muy cerca estaba Tere, pendiente de Juan, su marido. Viven en la calle Cruz, en un primer piso sin ascensor. “Para bajar hay que recurrir a empresas privadas. Hay que pagar”, lamentaba Tere. Nueve años lleva Juan sin poder valerse por sí mismo. “Es una pena, era muy callejero. Es una situación muy complicada y triste. Vivimos encarcelados”, decía Tere apesadumbrada.

Desde muy cerca, del número 17 de Plocia, llegaba Carmen Cruces. Se rompió el húmero hace unos meses y anda mal de las rodillas. Viven con dos hijos, mujer y hombre. “Salgo una vez a la semana gracias a la Cruz Roja. Esto es maravilloso para las personas que estamos malas. Estoy encantada”, aseguraba. También hubo tiempo para la crítica. Un familiar de uno de los participantes señalaba que “la iniciativa es bonita, nunca es tarde, pero no me gusta la utilización de los abuelitos para fines propagandísticos”, señalaba al ver allí a la prensa y a la edil de Salud.

Llegó el Profesor Gadita, “experto en historia de La Tacita”. Comenzaba la visita teatralizada con mucho arte. El actor que daba vida al imaginario docente aprovechó para explicar el origen del nombre de la calle Plocia, apellido de la esposa de Trajano y la madre de Adriano, ambas romano-gaditanas. La segunda parada de la ruta estaba muy próxima, en el Callejón de los Negros. En cada punto de la visita esperaba un personaje. La mañana iba a ser inolvidable. Un oasis en mitad de una semana, de días y días de encierro, y vuelta a casa soñando con pisar la calle de nuevo.

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