Los osos de Svalbard
El autor, a bordo del 'Fram', llega al archipélago habitado más septentrional, donde le alertan del cambio climático
Por la ventanilla del avión lo que veía era un paisaje lunar cubierto de manchas de nieve bañadas de un sol mortecino y apagado. Eran cerca de las doce de la noche. Después de recoger el equipaje en el minúsculo aeropuerto de Longyearbyen, salí al exterior. Hacía frío incluso si lo comparaba con la gélida tarde de Oslo. Rondaríamos los cinco grados. Lo primero que me topé fue un cartel con las distancias enormes que había de allí a cualquier punto del planeta y una señal de prevención respecto a los osos polares. En el archipiélago se cuentan por miles y no son tan raras sus incursiones donde habitan humanos. Un vecino armado me alertó al respecto. Un taxi me llevó a Longyearbyen y descansé a pierna suelta. Al llegar al hotel me aconsejaron descalzarme -"según la costumbre local"- y dejar las botas en la entrada. "Mañana seguirán ahí". Y así fue. La criminalidad es inexistente por completo en unas islas de las que hay referencias en las sagas escandinavas del medievo pero que, para la historia, fueron descubiertas por los holandeses en 1596, en su búsqueda de una ruta alternativa hacia las Indias Orientales. Durante siglos cayeron en el olvido salvo para balleneros ingleses, vascos y noruegos. Visité por la mañana, mientras arribaba el barco MS Fram, Hurtigruten, el pequeño museo del Polo Norte, donde me ilustré acerca de las hazañas de los conquistadores del hielo, de las carreras y mentiras de Cook y Peary, de las fantasmadas del italiano Nobile y su dirigible, y de la muerte heroica y abnegada de Amundsen en su misión suicida para el rescate del transalpino. Me dirigí más tarde al de historia natural de las Svalbard y, un poco a la carrera, el Fram ya nos esperaba, a la compra de aspirinas y un antifaz para poder dormir. Estaba deseando comenzar una singladura única que a buen seguro nunca iba a repetir.
El camarote que me asignaron era inmejorable. Una cama ancha, una ventana al exterior, una cafetera y algunos libros en inglés. Estaríamos casi dos semanas alejados de todo: no tendríamos conexión a internet, no habría radio, ni televisión ni móvil. Y la primera parada que haríamos sería en el fantasmal asentamiento ruso de Barentsburg donde sobrevive un puñado de desheredados de la Unión Soviética dejados de la mano de Dios. El curioso Tratado de las Svalbard, de 1920, permite a los países signatarios -España entre ellos- explotar los recursos naturales de las islas en igualdad de condiciones de Noruega, país soberano, y a los naturales de esas naciones a vivir en el archipiélago. Así que ya saben. Los soviéticos explotaron el carbón en Barentsburg hasta que, tras la descomposición del Imperio rojo, el asentamiento se fue abandonando. Hoy parece, con sus monumentos y estatuas, un fósil de aquellos días de gloria. Un grupo de niños -no me quería imaginar lo que sería pasar el invierno en aquel poblado- nos acompañó al muelle de regreso, nos pidió chicles y golosinas y nos despidió durante un rato desde allí hasta que les perdimos de vista. Una sopa caliente y un plato de arenque ahumado nos esperaban en el comedor.
Al día siguiente, después de pasar la noche navegando entre montañas heladas, llegamos al muelle del poblado de Ny Alesund, el más septentrional del orbe, habitado por un puñado de científicos y biólogos dedicados a la investigación del calentamiento global y al estudio de la fauna cercana. Era curioso observar cómo muchos de ellos caminaban por las pocas calles de la aldea con rifles en la espalda. "Los osos son impredecibles: nunca se sabe", nos comentó uno de ellos, de origen chileno. Continuó charlando de manera informal acerca del incuestionable calentamiento global que hacía que cada año los glaciares retrocedieran varios metros y los osos tuvieran que nadar más y más kilómetros para encontrar los hielos de la banquisa ártica. "Nos enfrentamos a un tsunami a cámara lenta", me dijo; "es más que probable que sea ya imposible detener el que se derritan todos esos glaciares que veréis a partir de mañana en un plazo de veinte años". Eso me ayudó a sentirme todavía más privilegiado. Porque buscaríamos en las jornadas siguientes el límite del mar helado, de la banquisa polar.
También te puede interesar
Lo último