Obituario Muere Alfonso Franco Silva, catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Cádiz

Alfonso Franco, a la izquierda de la imagen, en un acto en el Ayuntamiento de Cádiz junto a Antonio Castillo.

Alfonso Franco, a la izquierda de la imagen, en un acto en el Ayuntamiento de Cádiz junto a Antonio Castillo. / JB

En estos momentos de aislamiento, propicios para el silencio y para el recuerdo, desearía evitar que se interpretaran mis palabras como tópicos vacíos o como elogios convencionales tan repetidos tras la muerte de un compañero. Estoy convencido de que tanto los profesores como los alumnos que hemos convivido con él durante cincuenta años y conocemos su dilatada e intensa trayectoria profesional, reconoceremos que Alfonso Franco Silva era un intelectual modesto que vivía la tarea de historiador como una aventura personal presidida por la lucidez de sus sugerentes propuestas, por la agudeza de sus minuciosos trabajos y, sobre todo, por la entrega permanente a sus alumnos.

Los trabajos publicados por este catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Cádiz, académico y reconocido medievalista, sobre los temas más variados de la problemática bajomedieval castellana, ponen de manifiesto la calidad y la cantidad de su aportación científica y la eficiencia de su servicio académico.

Hombre atento que, a veces daba la impresión física de solitario, con sus pasos seguros y con sus gestos dotados de una lentitud cuasi episcopal, era un investigador concienzudo y detallista que, sin ser nostálgico, profesaba una fervorosa devoción por el pasado. En sus trabajos de investigación siempre se marcó unos altos niveles de autoexigencia y de rigor desapasionado, y, a partir de las claves que le proporcionaba el minucioso conocimiento de la Historia Medieval, desplegaba sus dotes de profesor, expresando, de forma sencilla y profunda, las trágicas contradicciones de la modernidad.

Especialista en las cuestiones más enigmáticas de la Baja Edad Media, con su mirada ingenua, calmada y sorprendida, indagó en los entresijos más recónditos de la aristocracia y de los municipios, y analizó, hasta sus más mínimos detalles, las ordenanzas municipales, tanto de origen señorial como de realengo. Alfonso, nutrido con las sustancias que le proporcionaban sus rigurosas investigaciones, ejercía una crítica inflexible, alentada siempre por el rigor, por el trabajo y por la exigencia como requisitos esenciales de la calidad académica; en sus detenidos exámenes de las ideas, de las creencias, de las formas de vida y de las costumbres medievales, intentó descubrir las claves que interpretaran las cuestiones palpitantes que, en la actualidad, siguen sin resolverse plenamente: luchaba por responder a las preguntas inquietantes que aún están presentes en nuestro imaginario colectivo como, por ejemplo, la convivencia con grupos de diferentes religiones y la comunicación entre distintas concepciones políticas y sociales.

Como siguen comentando sus alumnos, en sus clases, alejadas de las monótonas simplificaciones y de los esquemas repetitivos, ofrecía unas hipótesis interpretativas originales y atractivas por la vivacidad de sus ilustraciones, por el colorido que imprimía a su discurso y, sobre todo, por la diversidad de los temas que abordaba.

Este profesor, que había nacido en la localidad extremeña de Olivenza, decidió residir y trabajar en Cádiz; vino dispuesto a echar raíces y a contribuir en el crecimiento de nuestra Facultad de Filosofía y Letras, poniendo a disposición de todos nosotros sus múltiples saberes. Y es que, Alfonso, un intelectual singular y atípico, un observador atento de la vida, con apariencias de ingenuidad, rehuyendo de maniqueísmos y sin presumir de elitista, nos ofrecía, a través de su cálida cercanía, una visión –matizada y plena de sentido común– de la vida. Que descanse en paz. 

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