Cádiz

Las mujeres de la autoridad

  • La Facultad de Ciencias del Trabajo y el CSIF juntan a una directiva de prisiones, una policía y una capitán de la Guardia Civil para que relaten sus experiencias

María Fernanda se ha pasado toda la infancia de sus hijos haciendo una gymkana para poder pasar el día entre rejas. María Fernanda Gastalver es subdirectora de tratamiento de Instituciones Penitenciarias, tiene su centro de trabajo en Puerto 1 y tres hijos. Es una de las escasísimas mujeres de este país con un puesto directivo dentro del Ministerio del Interior y un rara avis aún mayor en las cárceles, un mundo de hombres. Y ella siempre ha trabajado en cárceles de hombres. Ayer, fue la encargada de abrir las ponencias en la facultad de Ciencias del Trabajo, que, con el sindicato de funcionarios CSIF, organizó una jornada que tuvo la virtud de llamar la atención del alumnado. El Aula Magna estaba hasta los topes para ver a mujeres trabajando en trabajos que se consideran de hombres, de hombres muy hombres: cárceles, policías, guardias civiles. Las tres ponentes contaron a los alumnos que se puede sobrevivir en el intento... con dificultades.

Y el problema en el caso de María Fernanda no era tanto introducirse en ese mundo de hombres. Asegura que "no he tenido dificultades para dirigir hombres, ni creo que nos hallemos ante un problema entre hombres y mujeres, sino de estructura social". Un ejemplo claro: los directivos de prisiones tienen que ir cada dos por tres a Madrid. "Para los hombres, un viaje a Madrid siempre conlleva hacer planes. Primero vamos a los cursos y luego nos tomamos un vermú en Latina y luego sacamos entradas para el teatro, etcétera. Para mí, era un calvario. Consistía en evantarme a las cinco y media, coger el AVE, volver con el último, agarrar el coche en Sevilla y llegar a Jerez, donde vivo, a medianoche, para quedarme con los niños". Asegura María Fernanda que muchas veces se ha sentido "la peor madre del mundo. No era posible montarme en el trenecito, ni ir al zoo con el resto de las madres. Apenas conocía a las otras madres porque todo lo hacía a la carrera". Por supuesto, María Fernanda tiene los pies en el suelo y su ponencia la inició recordando a mujeres sojuzgadas del mundo y a maltratadas de este país, que no es que sufran un infierno, sino que viven en el infierno. Ella no se quejaba, constataba un hecho en el mundo que ella conoce, ese mundo de hombres. Todo es más difícil y, por tanto, se compite con una mano atada a la espalda. "¿Cuántas mujeres hay en la Real Academia de la Lengua, o en la de Ciencias Morales, o en la de Medicina?" En la cárceles sucede lo mismo, aunque ella puede constatar que "he conocido muchos zoquetes en la dirección de cárceles, también es verdad que otros muy buenos, pero no he conocido ninguna zoquete, en primer lugar, porque son muy pocas y las que llegan tienen una excelente preparación".

Pero lo suyo no es una guerra de sexos. "Yo quiero igualdad entre hombres y mujeres, pero yo no quiero ser un hombre. Yo no quiero llevar un grupo de trabajo tal y como lo hace el hombre, que es como lo hacen muchas mujeres. Creo en grupos de trabajo de cooperación y de diálogo. Esto también lo hacen algunos hombres, pero en el modelo masculino suele primar una competitividad y una falta de atención hacia las preocupaciones y situaciones de los componentes. Ya digo, he visto a mujeres copiarlo".

Al término de la charla se origina un debate entre los asistentes. Una alumna que considera que los niños deberían recibir como regalos escobas, fregonas y cocinas como los reciben las niñas. Un alumno que se queja de que se generaliza mucho y que, en estos días, los hombres también se ocupan del nido. Por curiosidad, en el camino de regreso entre la facultad y la Redacción cuento los niños con los que me cruzo. Sumo 36. 30 van con sus madres, uno va con papá y con mamá, dos van con el abuelo y sólo tres van con papá. No es una muestra científica, claro.

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