"Una medalla pensada para ti"

L Reconocimiento a Ildefonso Marqués

El ministro Pérez Rubalcaba subraya "la conducta socialmente útil y ejemplar" de Ildefonso Marqués en la entrega de la Medalla del Trabajo · El Salón Regio de Diputación rebosó en el emotivo acto

Momento en el que Ildefonso Marqués recibe la Medalla del Mérito en el Trabajo de manos del ministro Alfredo Pérez Rubalcaba
Momento en el que Ildefonso Marqués recibe la Medalla del Mérito en el Trabajo de manos del ministro Alfredo Pérez Rubalcaba
Pedro Ingelmo / Cádiz

29 de noviembre 2008 - 01:00

Con el Salón Regio de Diputación lleno a rebosar de amigos, el Gobierno cumplió, ayer tarde, la orden del Consejo de Ministros 3794/2007. Su redacción es corta, pero su contenido abarca toda una vida profesional, casi 60 años. La orden 3794/2007 concede la Medalla al Mérito en el Trabajo con distinción de plata a Ildefonso Marqués Clavijo, un trabajador de Villamartín que desde 1951 realiza su tarea en Diario de Cádiz, donde es admirado, donde es querido, donde es respetado. Simplemente eso. El ministro del Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, hizo entrega con un efusivo abrazo. Había una corriente interior que les unía, un amigo común, una persona cuyo nombre nadie dijo, "pero que debería estar hoy aquí". Naturalmente, hablaban de otro hombre admirado, respetado y querido. Alfonso Perales. La emoción se reflejaba en los espejos.

Deshízo el ministro una confusión: "Siempre se habla de la Medalla al Mérito del Trabajo. No es así. Es la Medalla del Mérito en el Trabajo. La diferencia no es pequeña. Se trata de una distinción no por trabajar mucho, que también, sino por trabajar mucho y bien. Repasando tu trayectoria y releyendo el origen de esta distinción he visto que se otorga por una conducta socialmente útil y ejemplar. Tras revisar todo esto, me he dado cuenta de que esta medalla se creó para ti y, al tiempo, tú representas a otros muchos trabajadores. Si hay algo socialmente útil es haber contribuido a levantar un grupo de prensa que representa a Andalucía".

En ese ambiente, Alfonso, el nieto de Ildefonso, mira desde la parte de atrás muy atento todo lo que sucede, como intuyendo que vive un momento importante en la familia del que se hablará durante mucho tiempo. Chupa muy fuerte el chupete y, en el instante mágico, en el momento del intenso, prolongado abrazo, parece darse cuenta de que aquellos trascenderá. Alfonso chupa el chupete porque en ese momento especial -anda, mi abuelo- su abuelo es el protagonista.

Todo había empezado unos minutos antes con el cuarteto de cuerda Manuel de Falla, de Diputación, interpretando Mediterráneo, de Joan Manuel Serrat, una melodía por la que Ildefonso Marqués siente predilección.

El primero en tomar la palabra en el acto, seguido con atención por los presentes en el Salón y por decenas de personas que en los pasillos de fuera observaban las pantallas de televisión, fue José Joly Martínez de Salazar, presidente del Grupo Joly. Fue el discurso de un hombre profundamente agradecido. "Si no son muchos los diarios que en manos de una misma empresa editora llegan a superar los 140 años de vida (en España se cuentan con los dedos de una mano y sobran dedos) ha sido principalmente porque han existido personas como Ildefonso. La razón por la que Diario de Cádiz se ha mantenido con buena salud durante tantos años reside en el hecho de que nunca ha dejado de ser útil a sus lectores y anunciantes y ello tiene todo que ver tanto con con las circunstancias de su nacimiento como periódico en el Cádiz liberal del siglo XIX como con los desvelos y aciertos de los que lo han cuidado e impulsado, sus empresarios y trabajadores". Recordó que en Diario de Cádiz ha habido sagas de trabajadores de hasta tres generaciones. "Ildefonso es el patriarca de una de ellas: su sobrino, Antonio Perea, pilar fundamental en la gestión económica tanto como Ildefonso en la comercial, y su hijo Juanma, subdirector de Publicaciones y periodista brillantísimo, son ejemplos vivos de lo que digo".

Pidió a Ildefonso que dejara a un lado su conocida modestia y lo definió en tres pinceladas: "El hombre prudente y leal al que se le consultan la decisiones delicadas, el jefe exigente y comprensivo a la vez, el compañero sabio del que se aprende con el ejemplo. No hay medalla más merecida. Es un acto de pura justicia y equidad. Margari, sus cuatro hijos, su familia de sangre y su familia del Diario podemos dar fe de ello. Querido Ildefonso, disfruta de este momento porque te lo mereces. Los que te queremos somos felices contemplándote en tu madura dignidad".

El presidente de Diputación, Francisco González Cabaña, se sintió honrado por que fuera en esa casa en la que Ildefonso recibiera el homenaje. "Yo no sé qué fue antes si Ildefonso o el Diario. Pocas veces he conocido vinculación tan inequívoca". A González Cabaña, cuya simpatía por Ildefonso se traslucía en la complicidad de sus palabras, siempre le ha impresionado de este hombre de Villamartín que ha conocido las penurias de los peores tiempos "su empeño por aprender y su afán de inventarse cada día de nuevo, de llegar al trabajo, siempre el primero, como si fuera el primer día". Aquí echó de mano un escritor de la tierra. José Manuel Caballero Bonald estuvo presente en sus palabras: "Somos el tiempo que nos queda". Para el presidente de Diputación, pocas personas representan este aserto con la vitalidad con la que lo hace Ildefonso Marqués a diario. "Que el reconocimiento mitigue tu preocupación por el momento económico. El lunes, cuando llegues el primero a trabajar, dedica un rato a pensar en este instante. Date unos minutos para ser feliz".

Y llegó su momento, el momento de Ildefonso. Todos los que le conocen sabían que lo pasaría mal. Es tímido por naturaleza para estas cosas. Su humildad le envara. Subió al estrado despacio y dijo lo que quería decir, con la voz a ratos quebrada, pero firme. Y agradeció. Primero, sus compañeros: "No es el premio a una persona, sino a un equipo. No he sido un solitario corredor de fondo, sino el que ha llegado a la meta con el testigo". Segundo, al Gobierno que le ha concedido la distinción. "Estoy seguro de que en España hay miles de trabajadores que, como yo, son merecedores de esta medalla. Y gracias, Alfredo, porque has sido tú el encargado de entregármela". Tercero, los editores: "He trabajado al lado de generaciones de miembros de la familia Joly, ejemplo de empresarios andaluces, leales con sus gentes y con su empresa. En estos tiempos en que hemos visto a tantos empresarios jugar al negocio fácil y al beneficio a corto plazo, creo que debemos agradecer a esta familia de editores su afán por crear un grupo andaluz de prensa". Un apartado especial para el actual presidente del Grupo con Antonio Machado de cicerone: "Hemos andado juntos por muchos caminos y hemos transitado por muchas veredas". Todo quedaba dicho. Cuarto agradecimiento, muy especial. "Mi equipo de Publicidad siempre fue mi gente. No puedo referirme a todos porque estaríamos aquí hasta carnavales. Que me disculpen, lo entenderán. Gracias a Pepe Pozo y Antonio Perea. No es que hayamos pasado muchos días juntos en el periódico, es que hemos crecido allí". Y el último agradecimiento era especial, imprescindible: "Para mi esposa Margarita, compañera y madre que supo comprender los tiempos que dediqué a mi profesión. Ella cubrió mis ausencias, participó en la educación de mis hijos y hasta supo llevar las cuestiones económicas domésticas con más criterio que los míos".

En esos momentos Ildefonso ya había puesto el corazón en la garganta a los presentes. Y cambió el tercio para que la gente riera. Y lo logró: "Dicen que conseguir la medalla del trabajo en Cádiz tiene doble mérito (...) (...), pero es mentira. Esta ciudad también se hizo gracias al esfuerzo de muchos trabajadores que o nacieron aquí, o, como es mi caso, vinieron de la Sierra o de la Campiña para buscar un futuro mejor. Todos estuvimos convencidos de que el salario no era el único fruto del trabajo, también la formación, la dignidad, la superación. Casi un modo de vida. Eso fue lo que siempre me movió. Hasta hoy. Aquí me tenéis. Para siempre".

Y en la sala, y en los pasillos de Diputación, se levantó el murmullo de un aplauso que fue creciendo por el Palacio, recorriendo cada estancia y llegando hasta la calle. El aplauso a un hombre que observaba, entre sorprendido y emocionado, el fruto de 60 años de trabajo en esa percusión rítmica, larga y cálida. "Aplauden a tu abuelo, Alfonso. Mira, mira cómo le aplauden". Alfonso, muy atento. Caramba con mi abuelo.

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