Los elementos literarios del Carnaval de Cádiz se hacen un hueco en el programa del Congreso de la Lengua

IX Congreso de la Lengua Española

Dos mesas redondas analizan la creatividad, sus orígenes históricos, su arraigo en la cultura popular, las múltiples variantes del humor y la lista de recursos lingüísticos

Los ponentes de la mesa de la mañana de ayer en el Congreso de la Lengua
Los ponentes de la mesa de la mañana de ayer en el Congreso de la Lengua / Lourdes De Vicente

La importancia de la palabra, el mensaje, el significado. La disposición del remitente, la capacidad del emisor. Sus ancestros históricos, lo popular, lo pagano. La risa, la ironía, la alegría. La lucha contra el poder, la censura, lo tabú. La manera de hablar gaditana, el humor, la gente. La lista de recursos lingüísticos. De todo sus elementos se ha tratado –aunque rápido porque había que limitarse a diez minutos por ponente– en este Congreso de la Lengua, que ha apurado hasta el último día para sacar el tema: el Carnaval.

La Facultad de Medicina fue el epicentro ayer de dos mesas en las que a veces se entrelazaron argumentos, aunque cada una tenía un tamaño diferente del foco. En ‘Literatura y Carnaval’, celebrada por la mañana, se reunieron perfiles más heterogéneos y con visiones más distintas, quizá más académica, mientras que ‘La creatividad lingüística y literaria de los carnavales’ se centró más en los recursos para llegar al humor. Aún así, mezclemos el debate (aunque sea en diferido) para unificar una temática común: ¿qué hace especial al Carnaval de Cádiz?.

En la historia

En realidad se comenzó a tratar el tema desde la lejanía, desde lo carnavalesco que hay en Cervantes. Lo hizo el profesor José Luis Gómez Canseco, que estableció la utopía, la fiesta y la sátira como elementos fundamentales, y el catedrático James Iffland, que analizó los esquemas semióticos de las fiestas populares bajo los ingredientes de Mijaíl Bajtín, primer estudioso de lo carnavalesco.

Fernando Iwasaki buceó en la historia para incidir en las fiestas saturnales, en el conflicto entre el mundo pagano y divino y cómo se impuso la cuaresma como tiempo sagrado. “Entre el siglo IV y el XI la iglesia prohibió la risa porque en los evangelios Cristo nunca se rió”. “Se solucionó con el cambio de calendario (del juliano al gregoriano). Pero sería Santo Tomás el que “blanqueó la risa” cuando se le ocurrió la idea de que podía anteceder al paraíso. El escritor quiso poner en valor el papel de los afroandaluces, los esclavos que primero pasaron por aquí antes de terminar en América y que dejaron conceptos como los del fandango (reunión con música) o la mojiganga (látigo que lleva el mamarracho).

La palabra

Miguel Ángel García Argüez ‘Chapa’ resalta que frente a otros carnavales en los que el ritmo, el disfraz, la purga espiritual son lo más importante, en Cádiz lo esencial y lo que le da su particularidad es la palabra, el uso particular que hacemos de ella, “y donde hay palabra, hay literatura”, sintetiza. El cante está presente en otros carnavales portuarios (Río de Janeiro o Nueva Orleans), pero aquí “la música está supeditada a la letra”, como explica David Medina, en lo que coincidió también con Alberto Ramos.

El panel de la tarde en la Facultad de Medicina
El panel de la tarde en la Facultad de Medicina / Lourdes de Vicente

Lo popular

La lógica carnavalesca, desde el principio de los tiempos, se basa en poner el mundo social del revés, en colocar lo humilde en lugar de lo poderoso, en intercambiar los papeles sociales mediante el disfraz, parodiar al poder y la iglesia. “No existe diferencia entre los participantes y los espectadores, todos se ríen de todos” como explica Iffland.

Iwasaki afirma que “lo carnavalesco debe ser impertinente, transgresor, debe desafiar el poder”. Susana Ginesta defiende que “el que ostenta el poder ostenta el lenguaje (quién dice y cómo lo dice) y el carnaval es un mecanismo catalizador que habla desde lo prohibido”. “No se puede adular al poder, por muy bien que te caiga el alcalde o la alcaldesa de turno” reitera Ana López Segovia, que reconoce “el peso tremendo en mi trabajo que tiene la cultura popular de mi tierra con la que tengo una deuda impagable porque me ha dado un estilo genuino, una manera de estar y de vivir en el mundo del teatro”.

Medina reclama que la Escuela de Carnaval de la Universidad le da valor a esa cultura popular “que es la nuestra”. Ginesta destaca la “herramienta de transformación social” que es el carnaval, “capaz de simplificar lo complejo” y de tratar temas que antes no tenían palabras o realidades invisibilizadas (parto, techo de cristal o peo chochero).

La risa

“En Cádiz somos graciosos porque desde que llegaron los fenicios hemos estado tiesos y el humor es un arma en tiempos difíciles”, argumenta José Guerrero ‘Yuyu’. Para Medina “es un valor de nuestra sociedad, los gaditanos nos relacionamos mediante el humor a diario, está en desarrollo constante”, cosa que no siempre entiende la gente que no comparte nuestros códigos. Se permite hasta la amoralidad siempre que consiga la risa, apunta López. De la risa se dijo ayer que es emancipadora (Iffland), que comparte un efecto de burla y liberación (Luis Mateo Díez) y que además de para la subversión, sirve para alcanzar la revelación (Chapa), aunque el carnaval de Cádiz es mucho más que el humor.

La lengua

El doble sentido, la ironía, se ha ido perdiendo con los años, según Yuyu, que es capaz de sacar algo positivo de la censura “porque obligaba a darle al coco” y ahora que se puede decir todo, “se ha perdido hacerlo con age”.

El autor retirado destaca en la capacidad de síntesis del carnaval, tratar un tema complejo en un folio o menos (el cuplé como la joya de la corona y encima tiene que hacer reír), en lo que coincide con López Segovia (“un ejercicio maravilloso”), que resalta “el habla andaluza convertida en recurso lingüístico”.

“Cádiz traslada su manera de hablar al carnaval, la empaqueta en coplas como el que empaqueta magdalenas”, según José Guerrero, que reconoce su admiración por los autores que ante la falta de rima son capaces de inventársela (sube al pedestal a Juan Carlos Aragón en esta faceta) y resume el carnaval como un arma maravillosa para enseñar lengua (sintaxis, rima, poesía, creación de textos e historias) y música. Y es que el octosílabo lo llevamos los gaditanos a jierro, defiende López Segovia. “El público de Cádiz está muy versado, es una cultura popular sofisticada, con un nivelazo, que sabe juzgar lo que está escuchando”. “Los cuplés son pequeños tratados de dramaturgia, con inicio, nudo y su racatán, que sabes que funciona si encuentra la risa o el pellizco de emoción”.

David Medina enumera algunos de los recursos lingüísticos más comunes para provocar la carcajada como el error fonético (jorgue, trompezón, drogaína), forzar el error morfológico (construir mal la frase), el juego de palabras (sobre todo con la polisemia), la anticipación (usar el señuelo de la rima para parecer que va a terminar de un modo y darle la vuelta al final) o el tabú (da mucho gustito cantarle o escuchar a lo que no se puede decir normalmente). Alberto Ramos también mencionó el trabalenguas, los barbarismos, las esdrújulas o la hipérbole.

Ginesta fue más allá de la palabra al tratar el lenguaje paraverbal, la expresión para la creación de un personaje. “Pienso primero en el tipo para saber cómo se mueve, cómo habla, qué música escucha...” . Y de ahí al silencio como recurso lingüístico para recabar información del público ante el que se está, porque los repertorios en la calle están vivos y se adaptan, no es el mismo el primer día que en carnaval chiquito”.

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