El gaditano Lozano de Torres, un ministro muy peculiar

Crónicas del Trienio en Cádiz

Destacado y activo miembro de la ‘camarilla’ del rey Fernando VII, este adulador personaje formó parte de gobiernos absolutistas, cayó en desgracia un tiempo y logró un marquesado

Retrato de Juan Lozano de Torres.
Retrato de Juan Lozano de Torres.
José María García Léon
- Historiador

10 de abril 2023 - 06:00

El reinado de Fernando VII (1808-1833) constituye una de las etapas más apasionantes de nuestra historia contemporánea, no solo por la enmarañada diversidad de acontecimientos (pérdida de los territorios americanos, revolución de 1820, problemas económicos, embrollo sucesorio...) sino también por la compleja personalidad de muchos de sus protagonistas. Encontramos desde los liberales más convencidos hasta los absolutistas más recalcitrantes, pasando por los que mantuvieron posiciones moderadas en ambos bandos, sin descontar, claro está, la sinuosa y enrevesada figura del propio monarca.

Tras su vuelta de Francia, donde estuvo retenido por Napoleón durante toda la Guerra de la Independencia, Fernando VII no acató la Constitución de 1812 y decidió gobernar como monarca absoluto al darse cuenta de la indiferencia, cuando no desconocimiento, de los españoles por la causa constitucional. Entre 1814 y 1820 asistimos a la primera etapa de su reinado, donde, sin ninguna cortapisa institucional, ejerció su poder personal de una forma algo errática, faltando el buen sentido en la mayor parte de su gestión. A todo ello hay que añadir la gran crisis económica derivada de la devastación de España por la guerra contra Francia y la grave situación en los territorios americanos, inmersos ya en su lucha por la independencia.

Así pues, lo primero que salta a la vista es su arbitraria, cuando no disparatada, política ministerial con un total de treinta ministros en tan solo seis años (los gabinetes eran muy reducidos entonces), cuyos nombramientos, al margen de cualquier valía o competencia personal, se basaban en la total fidelidad al Rey y en su manifiesto antiliberalismo. Ni que decir tiene que Fernando VII jugó a su libre albedrío en todo este complicado tablero de adhesiones y arribismos y, como ironizaba Mesonero Romanos, “despidió a unos por cortos de vista, a otros por largos de manos, a aquél por inepto y a éste por demasiado entendido”. Rasgo curioso, a modo de anécdota, es que, en la mayor parte de las veces, la comunicación del respectivo cese iba acompañada de una generosa remesa de buenos puros habanos a los que tan aficionado era el Rey.

Entre todos estos curiosos personajes, que pulularon en torno a la Corte durante aquellos años, figura Juan Lozano de Torres.

Entre el oportunismo y la adulación

Nacido en Cádiz de origen modesto el 12 de septiembre de 1769, son confusas y hasta contradictorias las noticias sobre sus primeros años, que lo sitúan vendiendo chocolate en la ciudad para, posteriormente, aparecer en París afiliado a la masonería el año 1791. Por su parte, Pérez Galdós, en sus Episodios Nacionales, nos dice que ejerció de relojero y que no poseía estudios de ninguna clase. Sin embargo, parece que poseía alguna instrucción no exenta de cierto aire cosmopolita, con algunas estancias en Suiza y Austria tal vez por esa su condición de relojero.

Al final de la Guerra de la Independencia era comisario de las tropas estacionadas en Badajoz, ciudad que pasaba por momentos muy difíciles tras sufrir un fuerte asedio por parte de las tropas napoleónicas con matanzas y graves daños materiales. Por si fuera poco, tras ser liberada con la ayuda de las tropas británicas, tuvo luego que soportar todo tipo de asesinatos, violaciones y tropelías por parte de éstas. Una vez acabada la contienda, tras conseguir un empleo en la Secretaría de Hacienda, Lozano se fue introduciendo paulatinamente en la Corte hasta ser uno de los habituales de la ‘camarilla’ del Rey. Aunque se ha querido ver en dicha ‘camarilla’ una especie de gobierno en la sombra, lo cierto es que al Rey gustaba rodearse al final de cada jornada de un reducido grupo de personajes pintorescos, auténticos correividiles, que le contaban toda serie de chascarrillos y confidencias a cuya escucha el monarca era muy aficionado. También se facilitarían allí, en modo alcahuete, muchas de sus aventuras amorosas, en especial la que mantuvo con Josefa Montenegro, más conocida como ‘Pepa la malagueña’, que por cierto, una vez muerto Fernando VII, pondría un pleito a la Casa Real reclamando la presunta paternidad del Rey sobre uno de sus hijos.

El madrileño y conflictivo café de Lorencini.
El madrileño y conflictivo café de Lorencini.

Algún cronista de aquellos años resalta la gran habilidad de Lozano para “fingir con especial arte y falacia su amor a la real persona, que rayaba en la ridiculez y el sarcasmo”. A modo de servil adulador y cual nigromante de tres al cuarto, llegó a convencer al monarca de que poseía artes adivinatorias para hacerle ver que participaba de sus mismas cualidades físicas y morales, de forma tal que sus halos experimentaban semejantes sensaciones. Para ello se valía de toda una serie de servidores de su más íntima confianza, que previamente le contaban puntualmente las indisposiciones y estados de ánimos del Rey, para así él poder también experimentar las mismas impresiones. Algo tan ridículo como excéntrico, pues, dado el carácter socarrón y astuto de Fernando VII, cabe preguntarnos quién se valía realmente del otro para sus fines.

Ministro de Estado tan solo por tres días, pasó a desempeñar la cartera de Gracia y Justicia entre 1818 y 1819 y, aunque su significación política siempre estuvo a la sombra del general Eguía, personaje que ejercía, de entre todos sus allegados, el mayor predicamento sobre el Rey, con gran habilidad y astucia Lozano también supo jugar sus propias cartas. Básicamente fue uno de los arietes de los que Fernando VII dispuso en su particular cruzada contrarrevolucionaria, vigilante siempre, en continuo espionaje, de los ministros más moderados y, por ende, un eficaz contrapeso en sus gobiernos. Cuestión aparte fue su turbia actuación en la bochornosa compra de los barcos rusos, de la que logró salir indemne gracias a sus provechosos contactos.

Por especial encargo del monarca, pasó a averiguar cuanto se fraguaba en el seno del Ejército acantonado en la Bahía de Cádiz en 1819 ante las más que infundadas sospechas de una posible rebelión, incluyendo entrevistas personales con el propio ministro de la Guerra. Aún así, no parece que sus pesquisas dieran resultado positivo, pues, si bien llegó a tranquilizar al Rey de que no existía riesgo alguno, lo cierto es que pronto se descubrió que dicha rebelión estaba en marcha. A partir de aquí se precipitó su caída, perdiendo el favor real y puesta su figura en entredicho una vez que triunfó la revolución en 1820.

Del ostracismo al Marquesado de Casa Lozano

Con el acatamiento de la Constitución por parte del Rey, Lozano partió para Galicia ante los recelos y temores derivados de la nueva situación política, sin duda con ánimo de pasar más desapercibido que en Madrid o, tal vez, con la intención de salir de España. Sin embargo fue detenido cerca de Astorga y aunque no sabemos con certeza si llegó a ser encausado, no lograría librarse, en cambio, de un continuo señalamiento por sus anteriores responsabilidades. Un buen ejemplo lo encontramos en el madrileño café de Lorenzini, donde se sucedían las continuas denuncias, siempre dentro del ambiente revolucionario propio de la exaltación liberal, contra todos aquellos elementos que se consideraban contrarios a la Constitución de 1812 y se hubieran significado con cierta relevancia en lo seis años absolutistas inmediatamente anteriores. En uno de estos arrebatos exaltados se acordó fijar en la puerta de dicho café una lista de aquella personas que, por su implicación antiliberal, debían ser depuradas y “a quienes la Nación debía expiar continuamente”. Entre ellas figuraban Mozo de Rosales, primer firmante del llamado ‘Manifiesto de los Persas’ en 1814; el Obispo de Teruel, acusado de proteger a los jesuitas, y, cómo no, Lozano de Torres.

Llama la atención que, sobre este último, no se adjuntara ninguna otra intencionalidad aclaratoria, lo que nos hace suponer que, por su marcado compromiso político, no necesitaría de mayores especificaciones.

Restituido el absolutismo en 1823, no lograría de inmediato el favor real y hasta se le denegó que fuera destinado a Roma como ministro plenipotenciario, si bien su restitución ya estaba en marcha, pues en 1827 se le concedería el marquesado de Casa Lozano. A partir de aquí, siempre hábil en sus manejos políticos, consiguió entrar en el círculo más cercano de Tadeo Calomarde, ministro entonces de Gracia y Justicia (1824-1832). Aunque su tendencia radical en estos años fue atemperándose, pensamos que fue debido más bien a que Fernando VII, a medio camino entre liberales y absolutistas en las última etapas de su reinado, trató sin mayores aciertos, de buscar una tercera vía. Gran Cruz de Carlos III, fue nombrado presidente de la Caja de Amortización, organismo creado en 1824 con el convencimiento de que, si para cubrir las atenciones del Estado se hacían en ocasiones necesarios los empréstitos, era indispensable la existencia de una Caja que pagara periódicamente los intereses y se reembolsara el capital en las épocas que se conviniera.

Murió en Madrid el 27 de noviembre de 1831 y, según su testamento, figuraba como regidor de Guadix, Santander y Zamora. También, en su calidad de honorario, de Madrid y Cádiz, ostentando, asimismo, el título de doctor en Derecho.

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