El crucificado marmóreo de Ponzanelli del Campo del Sur de Cádiz
Tribuna de Historia
La viajera británica Cecilia Markham dibujó en 1838 una vista de este rincón de Cádiz con el Cristo
La escultura se encuentra actualmente en la capilla del clausurado cementerio de San José
Giacomo Antonio Ponzanelli fue un escultor nacido en Carrara en 1654, trasladándose en 1680 a Génova donde inició una amplia colaboración con otro escultor llamado Filippo Parodi. A la muerte de este en 1702 se hizo cargo de su estudio realizando una prolífica producción con encargos realizados incluso desde Portugal y España. En Cádiz trabajó en la portada de la Casa de las Cadenas de la calle Cristóbal Colón, y entre 1683 y 1690 también trabajó para Andrea Andreoli, que realizó el retablo de la Iglesia de los dominicos apareciendo su firma en el lateral de una imagen de Santo Domingo.
En el libro ‘Vite de’pittori, scultori, et architetti genovesi’ de Raffaello Soprani, publicado en Génova en 1768, al describir la vida de Ponzanelli, se incluye:
“Envió a Cádiz catorce devotos bajorrelieves, representando la historia de la pasión de Cristo, que fueron colocados junto a una ‘Immagine marmorea del Crocifisso’, a lo largo del camino que conduce a la iglesia de los PP. Capuchinos”. Fray Vicente Díaz siguió esta pista y publicó en el año 2001 un sobresaliente estudio titulado ‘El Vía Crucis de Ponzanelli’. Estima que el conjunto de elementos escultóricos que lo componía debieron llegar a Cádiz en torno a 1690 y que el promotor de dicha idea fue el P. Fr. Fernando de Baza. A principios de mayo de 1728 otro capuchino, Fray Miguel de Valor, retoma la iniciativa para su colocación lamentando “... por los muchos años que estas Santas Cruzes se trajeron y las peañas se labraron han estado arrumbadas hasta oy con algún menoscabo...”. La autorización del Cabildo Municipal se concedió el 13 de mayo de 1728 asumiendo también los gastos de su colocación, que probablemente fuese realizada ese mismo año ubicándose en el camino que va desde Capuchinos hasta la Catedral, junto a la muralla defensiva de la parte sur de la ciudad. Era una zona bastante desprotegida a los vendavales marinos que castigaron a las cruces de la Vía Sacra como se manifiesta en la petición de repararlas realizada en 1740 por el mismo Fray Miguel de Valor, que indicaba roturas y caídas de algunas de ellas. En 1785, el guardián del Convento incluso solicita un retranqueo porque “experimentando las cruces la vejación y ruina, que es notoria, por las roturas de las murallas, por el curso de los coches, por el paso continuo de las bestias, por las tropelías de los carros de basura...”, traslación que parece que aprobó el Cabildo Municipal.
Pocas noticias disponemos de los años posteriores. José María Rodríguez en su blog ‘Al papelón’ recogía dos artículos comunicados durante el Trienio Libral en el ‘Diario Mercantil’ que incidían en el estado de abandono de los monumentos y del escaso uso devocional que se realizaba en las cruces.
El primero es de 26 de noviembre de 1821, firmado por A. de M. dice: “¿La Santa Cruz…seguirá cortejada de gaviotas y perfumada con basuras entre la melodía del bramido de las olas y de la furia de los vientos durante el día y la obscuridad de la noche?”, proponiendo al Ayuntamiento que “...debe disponer al momento que la venerada figura del Crucifijo con todo el vía-crucis del campo sea retirado al claustro o patio del convento de Capuchinos para la visitación de los fieles en su ejercicio de las estaciones…”.
En el mismo Diario del 16 de enero de 1823 aparece otro artículo comunicado que firma “Un católico”, que describe con tintas más negras lo impropio de la permanencia del vía crucis en aquel lugar: “Voy viendo las cruces que están en el campo de Capuchinos para el santo fin de rezar la vía-sacra, pero en 8 años que vivo en él no le he visto rezar a nadie ni una sola vez, y si para que se encubran algunos rateros para sorprender al que pasa y robarlo, como ya ha sucedido, y también que parejas de hombres y mujeres, que no pueden pelar la pava en su casa, se pongan a hacerlo al pie de las mismas cruces y…a rezar otras devociones, como he visto varias veces. ¿Deberá mediante lo dicho permanecer o quitarse? Al Excmo. Ayuntamiento es a quien corresponde dar la respuesta, expidiendo la orden que le diere su acreditada prudencia”.
Aunque algunos autores achacaban a las medidas desamortizadoras su desmontaje, un dibujo de la viajera británica Cecilia Markhan en mayo de 1838 nos indica que, al menos, el crucificado de mármol aún continuaba expuesto en el Paseo del Sur.
Cecilia nació en 1792 y era hija del reverendo George Markham, que llegó a ser decano de la Catedral de York (Reino Unido). Recibió educación en su casa mediante una institutriz. Aunque no hay constancia documental debió aprender conceptos básicos de pintura y dibujo que junto a su destreza personal posibilitaron la realización de composiciones en las que recogió paisajes y edificios de los lugares que visitó. Cecilia Markham se casó el 26 de junio de 1827 con el reverendo George Augustus Montgomery, nacido en Paises Bajos, que era hijo ilegítimo del décimo conde de Pembroke, que se graduó en Oxford en una licenciatura de Artes en 1817 ordenándose sacerdote en 1820. Es probable que su marido fuese la persona que la iniciase en la pintura, pues sus primeras obras conocidas están datadas en 1828, el año posterior a su matrimonio.
En mayo de 1838 el matrimonio Montgomery inició un viaje por la Península Ibérica. Parten en barco desde Reino Unido realizando su primera parada en Portugal el 9 de mayo. Cecilia realiza durante los tres días de estancia en la capital lusitana varios dibujos de los palacios ubicados en los alrededores de Lisboa. El 15 de mayo llegan a Cádiz y el miércoles, día 16, realiza un hermoso dibujo del Paseo de Vendaval que aporta una visión poco conocida del adarve Sur de las murallas gaditanas.
Situada en el actualmente denominado Campo del Sur, la dibujante coloca al fondo a la derecha la Torre del Sagrario de la Catedral Vieja y a su izquierda la torre de la Casa de la Contaduría. La Catedral nueva ocupa gran parte del fondo. Como se puede observar todavía en fase de construcción y aún sin terminar las torres de Poniente (finalizada en 1862) y algo más avanzada la de Levante o del Relo,j que se terminó en 1845. Un año antes el pintor francés Adrian Dauzats, desde la Torre Tavira, dibujó una acuarela que muestra una disposición del avance constructivo semejante al observado en el dibujo de Cecilia. En la parte izquierda de la composición, un conjunto de varios edificios se convierten en una primera línea de viviendas del frente marítimo de lo que hoy conocemos como Barrio de San Juan.
A pesar de las numerosas modificaciones que ha tenido la zona, estimamos que el crucificado podría estar ubicado no en la confluencia con la actual calle Sagasta sino más bien en una zona más cercana a lo que fue hace unos años la Jefatura de la Policía Local. En la parte más cercana a la muralla, Cecilia esboza de izquierda a derecha un par de transeúntes a media distancia, un conjunto de un perro y un animal de carga (probablemente un burro) con dos serones y con jinete que caminan en dirección a Capuchinos. A su lado, un paseante y otro animal de carga con serones se dirige hacia la Catedral con un jinete que conversa con otro personaje a pie de perfil. Pegados a las murallas dos grupos separados, uno más alejado con dos personas y otro más cercano a los animales de carga. En el ángulo inferior derecho aparecen dos estructuras, probablemente de madera, que bien pudieran servir para la subida de mercancías y se esbozan dos o tres aparejos de embarcaciones de vela que manifestarían una actividad acorde con el topónimo Puerto Chico, denominación con la que ha sido y es conocida la zona.
El Crucificado marmóreo de Ponzanelli es un elemento muy significativo de la composición. Ocupa la parte izquierda del dibujo y se muestra por detrás. El Cristo aparece orientado hacia la Catedral. Su pedestal dispone de cuatro partes. Es la parte inferior la más ancha y de forma troncocónica que soporta un cuerpo rectangular con moldura en la parte inferior. Encima un tercer cuerpo también rectangular pero más estrecho parece decorado con unas aspas. En su parte superior se anclan dos faroles probablemente de forja coronados con una cubierta terminada en un pináculo. Encima de los faroles la cruz se incrusta en una base cuadrangular que formaría el cuarto cuerpo del pedestal.
Actualmente el Crucificado se encuentra ubicado en la capilla del clausurado Cementerio de San José de Cádiz, tiene unas dimensiones de 250 centímetros de alto y 170 centímetros de ancho. En el dibujo no se observan la terminaciones triangulares de los dos lados del travesaño, apareciendo coronado en la parte superior con un elemento poco definido, probablemente metálico hoy desaparecido. El fuste de la cruz es de 23 centímetros de ancho por 18 centímetros de profundidad. El Cristo mide 150 centímetros y está tallado en el mismo bloque de la cruz. La cúspide, es decir, la parte longitudinal por encima del travesaño pertenece a otro bloque. Cecilia muestra en el dibujo la parte sobresaliente de la derecha del ‘titulus’ (cartel donde se escribe INRI) y los brazos descolgados del Cristo. No muestra sin embargo la parte sobresaliente del sudario que Ponzanelli esculpió bastante descollante del fuste de la cruz. Fray Vicente Díaz estima que no es de las obras más afortunadas de Ponzanelli, valorando especialmente el tratamiento de la cabeza del Cristo que cataloga de pura traza genovesa y también el trabajo realizado en el sudario.
Siendo de gran interés este dibujo para ubicar el Crucificado, queda también la evidencia que en esta composición no aparecen ninguno de los 14 hitos de piedra coronados con cruces que contenían los tondos labrados por Ponzanelli. Podemos deducir que o bien estuvieran situados detrás del punto de realización del dibujo o bien que en 1838 ya se habían retirado. Estos 14 tondos se encuentran en la actualidad, como expresa en su obra Fray Vicente Díaz, en la Capilla Sacramental de San Antonio. El Crucificado marmóreo se trasladó sobre el año 1858 a la Capilla del Cementerio de San José como señala Adolfo de Castro en el ‘Manuel del Viajero en Cádiz’ publicado en 1859.
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