Cádiz

"Yo conocí un Cádiz muy alegre; ahora lo que veo es un Cádiz triste"

  • Alejandro Millán. Durante tres décadas tomó el latido del barrio de Bahía Blanca y fue testigo de su transformación desde el bar Acacias. Hoy, su retiro es un guiño: Duque Acacias, junto al hospital

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PODRÍAMOS decir que Alejandro Millán, con su eterna sonrisa, es un tipo normal con todo un porvenir a sus espaldas. Aparte de llamar piter a todo el mundo como uno de sus más célebres latiguillos, a Alejandro Millán le caracteriza su optimismo aprendido en "la universidad de la calle". Esa universidad y esa calle tienen un nombre: la calle Acacias. Si alguien puede contar la historia del barrio de Bahía Blanca, ése es Alejandro. Ahora, ya prejubilado por incapacitación por una lesión en su brazo, es mentor de otro local, el que lleva su hijo, junto al hospital. El nombre es toda una declaración de principios: Duque de Acacias. Y eso fue durante mucho tiempo, pregunten en Bahía Blanca. No duque, sino que reinó en Acacias. Otro de sus latiguillos: "No quiero polémicas". Pues eso, sin polémicas.

-¿Nació en...?

-Paterna. Pero me doctoré en La Viña y me crié en la zona residencial de Bahía Blanca. Yo he estudiado la vida sin libros.

-¿Cuándo se vino a Cádiz?

-Con trece añitos. Mi padre emigró a Barcelona y había que buscarse la vida porque mi madre no podía sostener a seis hijos. Sería el año 69. Me vine a La Viña a llevar cafés a un sitio que estaba junto al manicomio. ¿Sabe dónde?

-Sí, en Capuchinos, poco antes de que trasladaran a los enfermos a Los Pinitos.

-Eso es. Allí estuve ocho meses. Fue mi primer contacto con Cádiz, que me pareció una ciudad maravillosa, aunque yo no hacía nada más que trabajar. Pero el mar...

-Encontró mejor asiento en Bahía Blanca.

-Es que allí me acogió Manuel Pérez Gómez, que no era mucho mayor que yo, diez años. Mi madre me llevó y le dijo a Manuel Pérez por favor, cuide de mi hijo y él contestó váyase usted tranquila. Y ella se fue para Paterna y yo me quedé. Él tendría por entonces veintipocos. Manuel Pérez tenía allí en Acacias un almacén con su barra, un chicuco. Yo dormía en una litera de la trastienda, con otros dos. Acacias era mi casa.

-¿Cómo era el barrio entonces, a principios de los 70?

-Había muchos chalés, los edificios los empezaron a construir después. Pasaba un coche de higos a brevas, y mira que entonces ya había coches, pero era un barrio apartado. Se podía jugar a la pelota en la calle, aunque yo jugaba poco. De vez en cuando en General Ricardos, con chicos que luego estudiarían Medicina o Ingeniería. Yo he visto pasar a tres generaciones de familias muy conocidas como Aramburu, los Paredes, Del Cuvillo, Jesús Velasco... eran mis tutores. En fin de año me compraban un jersey o algo de ropa, o me daban un Lacoste y los chicos del barrio se decían qué hace el chico del almacén con un Lacoste. Eran mis Reyes porque yo, propiamente, nunca había tenido Reyes. Yo era muy feliz allí. Todo el mundo me trataba bien y no tenía ambiciones.

-Pero usted era un niño pobre que vivía entre gente muy rica. ¿No le daba envidia?

-Jamás he sabido lo que era la envidia, ni tenía sensación de ser pobre. Yo al dinero siempre le he dado una importancia relativa. Cuando me fui a la mili mi jefe me dijo mira, tienes este dinero ahorrado. Y resultó que eran 500.000 pesetas de la época. Yo no sabía que tenía eso, pero le dije en la mili no lo voy a necesitar, guárdamela. Con lo que pobre no era y de la gente de los chalés aprendía valores. Siempre he intentado sacar lo mejor de todo el mundo y aprender de ellos. No, no sentía envidia, sino respeto por las personas que merecían mi respeto.

-Y entonces me dice que la mili...

-Claro, y como tantos era la primera vez que salía de aquí, aunque el paso de Paterna a Cádiz ya había sido un gran paso. La hice en Alcalá. Allí coincidí con Vicente Romero, el corresponsal de guerra. Yo era muy joven y él ya era un veterano que venía de haber cubierto las guerras de Vietnam y Camboya. ¡Y yo era su cabo instructor! Nos hicimos buenos amigos. Él estaba un poco amargado, pero yo le decía ya que estamos aquí vamos a hacerlo bien, Vicente. La mili me vino bien, me enseñó a compartir cosas, era otra cultura, y a saber que en todas partes hay buenas y malas personas. Yo siempre me quedo con las buenas e intento olvidar las malas. De las buenas recuerdo a mi capitán, que dijo que me quería hacer militar. Desfilé dos veces por la Castellana. Y él insistía, pero yo le decía que me estaba esperando mi jefe en Cádiz.

-¿Y es verdad que le estaba esperando?

-Sí, había aprovechado que yo me había ido a la mili para convertir el almacén en cafetería tal y como la conocemos ahora, con esa barra en curva. El barrio iba transformándose, creciendo con más edificios, pero seguía teniendo todos esos árboles que habían dado nombre a sus calles. Poco a poco se iba igualando en cuanto a niveles sociales, ya no era sólo una zona residencial de gente rica. Desde que me fui de allí apenas he vuelto, me da mucha nostalgia.

-Vaya, que los ricos no eran esos sosias que cantaban en alguna copla de Carnaval.

-Claro que no. Yo me he reído mucho en Acacias. Entre los ricos hay buenas y malas personas y entre los pobres también. Igual que hay un carácter de La Viña y un carácter de Santa María. Bahía Blanca también lo tenía. No era mejor ni peor, sólo diferente.

-Pero con tanto trabajo, ¿cuándo se divertía?

-Mi ocio era mi trabajo, lo que no quiere decir que de joven no me escapara alguna vez al Pay Pay o al Salón Moderno. Pero no era yo muy golfo. Fuera de la barra era como dentro de la barra: ver, oír y callar. Pero si he disfrutado Cádiz a mi manera. Detrás de la barra. Era un Cádiz muy alegre. Ahora veo un Cádiz triste. Hay mucha gente necesitada, tenemos que ser más luchadores.

-Empezaron a caer chalés, la piqueta los demolía y los sustituía por edificios de varias plantas.

-Sí, y a mí me daba mucha lástima porque los conocía todos porque repartía por todo el barrio, también la Mutalidad Laboral a los funcionarios. Mire, yo he viajado muy poco porque toda mi vida ha sido trabajo, trabajo y trabajo, pero sin viajar mucho he conocido muchas culturas. Por ejemplo, cuando pusieron la escuela de idiomas y venía gente de otros países. Vi llegar a los gallegos de los barcos, a los montañeses, gente muy trabajadora. Y con el tiempo llegaron los chinos, que me recordaban a los gallegos y a los montañeses porque también eran de trabajar. Al final, para salir adelante, todo tiene que ser trabajo.

-Bueno, no siempre, mire la política...

-Uy, no, yo de política no hablo. Ni de derechas ni de izquierda ni de delantero centro.

-¿Cuándo se convirtió en el duque de Acacias?

-Bueno, eso es una pequeña broma. Falleció mi jefe muy joven, con cincuenta y pico años, y me hice cargo de Acacias.

-Conoce los grandes secretos de Bahía Blanca.

-De Bahía Blanca lo sabía casi todo. Hacía de psicólogo, consolaba, alegraba. Y, por supuesto, soy una tumba. Podría escribir un libro con lo que había en el barrio, con la gente que me llegaba y me decía mira qué me ha pasado y yo siempre decía que al día siguiente amanece. Intentaba darle sensaciones, hacerles reír. Y si había que callar, uno callaba. Pero yo no soy de escribir... Era una clientela muy buena, había tertulias, gente muy educada y si un día entraba alguien regular había que decirle anda, vete a casa que hoy te veo un poco cansado. No estaba cansado, claro, estaba borracho, pero hay que saber tratar a la gente. El cliente era un amigo, te dejaba las llaves, los sobres, y si no tenían con quién dejar a los niños se quedaban allí y les dábamos de merendar. Hasta guardería fuimos.

-Se tuvo que marchar.

-Fue duro, me arrancaron una parte de mi vida, pero ya pasó.

-Y ahora un bar junto al hospital.

-Es otra cosa. Aquí la gente cambia, no son vecinos. Muchas veces les trae una desgracia. Si hay que callar se calla y si hay que dar consuelo se da. La universidad de la calle, el doctorado de la barra te enseña cómo hacerlo.

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