71 aniversario de la explosión de 1947

La catástrofe en las Lanchas Rápidas

  • Al marinero José Marroquín, con destino en un grupo de embarcaciones ligeras, el desastre tuvo que haberle pillado de lleno

  • Pero un cambio de guardia de última hora le salvó la vida

En las orillas del Guadalete, perezosa aún la incipiente luna, la turbia y verde corriente del río destelleaba bajo las luces de la ciudad. De la Metro-Goldwyn-Mayer, en el cinema España proyectaban Las rocas blancas de Dover, un drama ambientado entre las dos guerras mundiales en cuyo trágico final la enfermera Susan Ashwood veía morir a su hijo herido en combate mientras a través de los ventanales del hospital los soldados norteamericanos desfilaban por las calles de Londres celebrando la victoria contra la Alemania nazi. Pero el joven José Marroquín Roldán, vestido con su uniforme de paseo y sentado sobre las sillas de cuero de aquel inolvidable cine de verano, no tendría tiempo de presenciar ese triste final de película. Repentinamente, el cielo se encendió de un aire caliente y rojo, y a lo que parecieron minutos, se oyó el formidable estruendo. El parque Calderón se llenó de confusión y gritos, entre los que José, con su traje blanco de Marina, atravesó corriendo hasta alcanzar el muelle del vapor. Y desde allí lo divisó con claridad en el horizonte: "era la base nuestra".

Marroquín había ingresado en el Cuartel de Instrucción de Marinería el 2 de octubre de 1946 y después de tres meses en San Fernando pasó destinado al Grupo de Lanchas Rápidas de Puntales, donde desempeñaba las tareas más relacionadas con el que sería su oficio de toda la vida: la carpintería y, en concreto, la carpintería de ribera. Pero el traslado de la Base de Defensas Submarinas a las viejas instalaciones de San Severiano, aquellas que Horacio Echevarrieta hubiera deseado convertir en Fábrica Nacional de Torpedos, le arrastró a él también a ocupar aquel boquete situado a los pies de Bahía Blanca. Su dotación la componían unos cuarenta o cincuenta marineros que atendían a un total de veintiséis o veintisiete lanchas rápidas, las cuales montaban cada una tres motores que alcanzaban una potencia máxima de treinta nudos. Tres de estos motores, completamente nuevos, aún seguían aquella mañana del 18 de agosto embalados en una caja de madera como repuesto de los que se fueran averiando. Su buque nodriza, el cañonero Calvo Sotelo, estaba comandado por un capitán de corbeta que cobraría especial protagonismo esa noche, el capitán de corbeta Pascual Pery Junquera, de cuyas cocinas salían a diario las ollas con el rancho del que comían José Marroquín y sus compañeros, que no compartían el comedor con Defensas Submarinas ni con el Instituto Hidrográfico. Juntos, pero no revueltos. Todo fue casual aquella noche, pero al mismo tiempo, todo parecía trazado por un hilo conductor.

El cielo se encendió de un aire caliente y rojo y en minutos se oyó el formidable estruendoSintió un miedo espantoso, sin saber a ciencia cierta lo cerca que estuvo de la muerte

El jefe de Lanchas Rápidas era el maestranza de la Armada Manuel Martos, quien les encargaba el único trabajo que se podía hacer: fabricar muebles para las instalaciones militares y algún que otro encargo particular. Además de la típica sierra de corte contaban con otras herramientas necesarias como la labrante, el sacagruesos y una tupi con la que hacían el fresado de la madera. En definitiva, una auténtica carpintería situada bajo el mismo techo donde en 1943 se habían almacenado las últimas minas alemanas EMD que llegaron a aquel polvorín de fortuna durante el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, pocos meses después de que la invasión de Europa comenzara en las playas de Sicilia y de que la operación Mincemeat, la del hombre que nunca existió, saliera como estaba previsto. No solo podían ver aquellas esferas negras con sus erizantes cuernos percutores, sino que podían tocarlas e incluso utilizarlas como escondite; como aquella vez que, al entrar sorpresivamente el jefe, tuvieron que ocultar el cubo de picón entre sus carros sumergidores, en una de las muchas noches frías de invierno que les hacían tiritar por culpa de aquel endiablado techo de uralita. Carbón ardiente y minas submarinas. Y nunca pasó nada.

"Mi, mi, mi,

los de las Lanchas ya estamos aquí;

fondeamos minas,

lanzamos torpedos,

cortinas de humo también las tenemos".

El lunes de la Explosión, por la mañana temprano, José Marroquín le pidió un cambio de guardia a su compañero Tudela, el sanluqueño, para irse una semana de permiso y marcharse a su tierra. Lanchas Rápidas se encargaba entonces de la guardia interior, mientras que la dotación de Defensas Submarinas controlaba los accesos y custodiaba los almacenes de minas; así que aquel favor le permitió subirse a la cubierta del Adriano a las diez y media de la mañana, para regresar al Puerto por vía marítima. El Adriano era mucho más que un simple barco; era parte de su tradición marinera y familiar al que conocía muy bien, tanto al barco como a su patrón, con un motor semidiésel de dos tiempos con el que se tardaba un infierno en recorrer la bahía. Lo peor era en época de riadas o en las horas de bajante, con los fangos y las piedras forzando al Adriano a pelearse contra la corriente y dejándolo muchas veces casi quieto. Su amistad con Pepe, el dueño del vapor, era tanta, que a veces le dejaba coger el timón y enfilar el muelle de la plaza de las Galeras. Desde allí, aquella noche del 18 de agosto tiñó la imborrable estela del Vaporcito del Puerto de aire caliente y rojo.

Sintió un miedo espantoso, sin saber a ciencia cierta lo cerca que había estado de la muerte. Aquel compañero que aceptó hacerle la guardia, Francisco López Tudela, yacía inerte bajo los escombros de la base y Marroquín quizá nunca llegó a saberlo. Una vida por otra. Pero no por ello se libró de la catástrofe. A las pocas horas recibiría en su casa un telegrama del comandante de Marina de El Puerto de Santa María, Francisco Martell, en el que le ordenaba su reincorporación inmediata al cuartel siniestrado.

Se presentó en su puerta, o lo que quedaba de ella, con la luz del nuevo día, sin poder apartar la vista del profundo y largo socavón que había dibujado en el suelo el tremendo estallido. Para entonces, las milicias universitarias ya estaban atendiendo a los heridos y se había levantado una gran tienda de campaña donde se realizaban todas las tareas de socorro y donde también se comía y se dormía. Sobre las vías muertas del tren, prácticamente desarboladas, los dos cañones pintados de amarillo que el día anterior se hallaban montados en sus respectivas bateas lucían ahora un color negro quemado. Las imágenes de horror se multiplicaban en cada rincón de la base y bajo las casas de los alrededores. Brazos y trozos de cuerpos, con montones de cadáveres que iban introduciendo en "cajas de muertos". Toda la moral que tenían aquellos hombres de Lanchas Rápidas desapareció por completo aquellos días, como si se hubiera cumplido una premonición. Sus orgullosos cánticos no se volverían a escuchar:

"Mi, mi, mi,

los de las Lanchas ya estamos aquí;

fondeamos minas,

lanzamos torpedos,

cortinas de humo también las tenemos".

Al anochecer le encomendaron vigilar el área devastada y patrullar las calles de San Severiano, donde pendientes en el aire asomaban camas y colchones que habían quedado colgando de las ventanas, intentando evitar la rapiña de los desalmados que entraron a robar buscando restos de metal, cobre y bronce. Esa misma noche, un brigada le puso en sus manos un matafuegos para apagar los rescoldos que aún quedasen entre las casi quinientas minas submarinas sobre las que se había derrumbado la techumbre de su taller. Marroquín, que ya había visto todo el horror que podía soportar, le espetó con ironía: "¿Ve usted esas lucecitas?", refiriéndose a los destellos luminosos que al otro lado de la Bahía señalaban al Puerto de Santa María. "Como aquí estalle algo, ya estoy yo allí nadando".

Esa semana y las siguientes fueron muy duras para él y para el resto de sus compañeros. Además de desescombrar la base, se encargaron también de recuperar tablones de madera, los motores eléctricos, piezas de motores y los tornos de los mecánicos, trasladándolos de nuevo a la base matriz de Puntales. Así hasta que no aguantó más. Un día, el jefe de carpintería, Manuel Galindo, le observó sentado y exánime, sin reaccionar y sin poderse levantar. Había pasado un mes o mes y algo de la Explosión y las imágenes de aquel terror no solo no desaparecían, sino que eran más intensas que al principio. Después de pasar dos o tres días en la enfermería lo trasladaron en ambulancia al hospital de San Carlos, donde permaneció ingresado casi tres meses. La ansiedad fue tan grande que ni él mismo era consciente de lo que sentía. Peor suerte corrió su paisano Pedro Sánchez García, al que conocía desde niño y al que llamaba cariñosamente Pedro Cucharato, que aquella noche trágica montó la guardia en la puerta falsa y salió volando a veinte metros del polvorín. Sobrevivió casi por casualidad, porque los dos compañeros situados a su espalda quedaron volatilizados, y llegó incluso a convertirse en un buen armador de barcos pesqueros.

En la entrada de lo que había sido su taller de lanchas pusieron al poco tiempo una placa con los nombres de los que habían sobrevivido y los que no lo lograron. Entre los fallecidos figuraba el nombre de su amigo Tudela y el de otro compañero llamado Antonio López Noguera, el mecánico mayor Alejandro Goma Barahona y el maestranza Juan Cejudo Cebada: las cuatro víctimas de Lanchas Rápidas. Días después llegaron abogados de Marina que les preguntaban si en los días previos a la catástrofe habían visto gente extraña entrando o saliendo de las instalaciones o si habían notado algún movimiento extraño, algo que les llamara la atención. Pero allí nunca entró nadie que no fuera del cuartel: ni alemanes ni batas blancas. Les citaron a declarar como testigos en la Capitanía General, pero nunca llegaron a personarse delante del juez. Nunca les llamaron, ni tampoco había mucho que decir, esa es la verdad. Pasó el tiempo y todo se fue olvidando. Para todos, menos para aquel puñado de damnificados que Marroquín dejó atrás, malviviendo en los vagones del ferrocarril bajo la intensa lluvia de primeros de septiembre.

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios