Cádiz

El cantaor agradecido

  • Rancapino Chico da un repaso a las esencias y figuras del flamenco en el Concert Music Festival

Rancapino Chico, en concierto. Rancapino Chico, en concierto.

Rancapino Chico, en concierto.

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Poco más de una hora le bastó a Rancapino Chico para convertir su espectáculo en el Concert Music Festival de Sancti Petri en un enorme agradecimiento musical compuesto de cuna, talento y afición. La voz en off que dio un breve repaso a sus virtudes justo antes de arrancar el recital fue la única prerrogativa que se concedió el chiclanero en la noche del domingo. El resto del mensaje, cantado y muy bien cantado, discurrió por su garganta queriendo situarse en un segundo plano como artista y dándole la vez a sus ancestros, a sus maestros, a su familia, a la raíz de la que todo flamenco es deudor.

En el Escenario Lounge del recinto el murmullo constante no logró acallar ni un segundo la potencia del joven cantaor, una mezcla de hondura pausada y requiebro salvaje. El clásico “¡vamo a escuchá!” se coló en repetidas ocasiones entre los acordes de las dos guitarras y las palmas que acompañaron al insigne vecino de la localidad gaditana por lo más granado del jondo, como para darle su sitio a alguien que no lo necesita porque su saber hacer viene a sentarse entre lo más interesante del cante con peso y recorrido.

De chaqueta y corbata se presentó quince minutos más tarde de la hora prevista para lucirse por alegrías de Cádiz y bulerías de enorme cadencia, en ocasiones llegando casi al susurro, tras las que desembocar en el primero y más sentido de los homenajes brindados. A su padre Rancapino, “su maestro” que le observaba al terminar las filas de asientos a modo de ojeador del talento, le dedicó una malagueña en pie, de quejío largo y notas sostenidas hasta el delirio, ensimismado en la responsabilidad de honrar a los ancestros aunque muy consciente de su brillar sobre las tablas.

Ya con el beneplácito del maestro y del respetable cogidos de la mano -¡qué clase!, le jaleaban-, Rancapino Chico siguió pasando las hojas del álbum familiar, la genealogía del cante, y aseguró que “vengo del arte y poderío, de mi abuela Rafaela, buena gitana, de mi mare Juana… Alonso Núñez es mi nombre, de raza gitana soy, de la calle La Fuente...”. En la pantalla, una foto del propio cantaor con su padre. Entre el público, más ganas de homenaje flamenco en boca de los que saben rendir tributo por derecho.

A Camarón, el más clásico de los cantaores modernos, lo invocó con nombre de mujer, Rosa María, que además rimaba con el palo protagonista de la noche, la bulería, en este caso también del genio de San Fernando en Son tus ojos dos estrellas. Y de un genio a otro, un Manolo Caracol prendido de la guitarra de Paco León, por fandangos y asomando también por la pantalla: “Canto con el sentimiento de Manolo Caracol. Del cante era el amo y eso lo aseguro yo que Rancapino me llamo”. Por el trayecto entre ambas figuras se pudo degustar en la agradecida memoria del artista, ya sin corbata, unas bulerías de Pansequito, ¿Quién maneja mi barca? de Remedios Amaya y el último pantallazo dedicado a Juan Moneo El Torta al que rescató con Momentos solo.

Rancapino Chico, producto y reducto del cante tradicional pese a sus escasos 30 años, no necesitó a nadie para poner al público de pie en varias ocasiones, sin necesidad de decir una palabra - “yo no soy de hablar bien”, se disculpaba provocando las sonrisas cómplices de la audiencia- y por méritos propios. Por ello y agradecido como es, no dudó en asegurar que “qué ciudad más bonita la ciudad de Nueva York, mi Chiclana chiquetita no la cambio yo ni por la ciudad más bonita”. En casa y triunfal, el hijo de Rancapino, sin hacer honor a su apelativo, fue grande en la tierra que lo vio nacer y a los ojos del que le inculcó la pasión el flamenco. Al finalizar, subió a escena Rancapino y ese abrazo musical a capela entre dos generaciones de artistas resultó el minuto de oro de una noche mágica en la que se reivindicó la grandeza del cielo del cante y agarró suelo la nueva savia del arte para seguir labrando el camino inagotable del flamenco.

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