Cuando Cádiz se ríe de sí misma

Prólogos en la costa

El escritor Jean Charles Davillier, que visitó la ciudad en la década de 1860, vio el carnaval como retrato social

Retrato de Jean Charles Davillier.
Retrato de Jean Charles Davillier.
Ángel Guisado Cuéllar

16 de febrero 2026 - 07:01

Cádiz fue, durante los siglos XVIII y XIX, una escala casi obligatoria para los viajeros europeos interesados en conocer las grandes ciudades portuarias y cosmopolitas del sur de Europa. Muchos nombres célebres dejaron constancia de su paso por la ciudad, con impresiones muy distintas entre sí. No todos quedaron cautivados por ella: Hans Christian Andersen la juzgó con frialdad, mientras que otros, como Lord Byron o Alexandre Dumas, la disfrutaron con entusiasmo. Entre todos esos visitantes destaca, sin embargo, una figura menos citada pero particularmente reveladora: el barón Jean Charles Davillier, un viajero que llegó a Cádiz sin prejuicios ni voluntad de confirmar estereotipos previos.

Davillier no buscaba en España un escenario para su propia novela personal, como hacía Dumas, ni pretendía emitir un diagnóstico severo desde una supuesta superioridad cultural, al estilo de Richard Ford. Su mirada pertenece a otra tradición: la del viajero erudito, curioso y atento, capaz de superar la superficie de lo pintoresco para adentrarse en los códigos estéticos, sociales y culturales que dan sentido a lo que observa. Esa disposición explica en buena medida la singularidad de su visión sobre Cádiz y, muy especialmente, sobre su carnaval (aunque no debemos olvidar tampoco su referencia a la muy gaditana ópera cómica ‘El tío Caniyitas o el Mundo Nuevo de Cádiz’ en su obra).

Nacido en París en 1823, en el seno de una familia acomodada de banqueros y aristócratas, Davillier recibió una educación esmerada que fomentó su interés por el arte, el coleccionismo y los viajes. Sin embargo, no fue un viajero movido por el ocio o la mera curiosidad anecdótica. Su aproximación al viaje tenía un carácter casi científico: le interesaban las artes decorativas, las costumbres populares y la vida cotidiana entendidas como objetos de estudio. Para Davillier, no era lo mismo acumular impresiones superficiales que investigar con atención aquello que se estaba viendo.

En su viaje a España, realizado en la década de 1860, se hizo acompañar del ilustrador Gustavo Doré, una colaboración decisiva para el resultado final de su obra. La presencia de Doré no solo garantizaba una documentación visual de gran fuerza, sino que también facilitaba una comprensión más profunda de la realidad observada. De esa experiencia surgió su conocida obra Voyage en Espagne, célebre tanto por la calidad de sus textos como por sus ilustraciones, especialmente las dedicadas al mundo taurino. En sus páginas, España aparece como un país donde la vida pública posee un marcado carácter teatral, no entendido como artificio vacío, sino como una puesta en escena colectiva visible en procesiones, ferias y celebraciones populares, entre las que el carnaval ocupa un lugar central.

Cuando Davillier llega a Cádiz, reconoce una ciudad que encaja plenamente con su sensibilidad. Puerto atlántico abierto al comercio y a las influencias extranjeras, Cádiz le parece menos grave y solemne que otras ciudades españolas, más ligera en el trato, más inclinada a la ironía. Es una ciudad que vive de cara al exterior y que disfruta del juego social. Para el viajero francés, Cádiz se presenta como un espacio urbano ideal para el carnaval: calles estrechas que amplifican el ruido, plazas donde el disfraz se convierte en una forma de conversación pública y una población habituada a la sátira y a la burla.

A diferencia de ciudades como Sevilla o Granada, donde la fiesta está profundamente marcada por la devoción religiosa, en Cádiz el carnaval se manifiesta sobre todo como ingenio, exceso y crítica festiva. Davillier se convierte así en un testigo privilegiado de los bailes de máscaras, los disfraces callejeros y la participación entusiasta de todas las clases sociales. Observa con sorpresa lúcida cómo, durante unos días, la ciudad se permite decirlo todo, amparada por un sentido profundamente democrático de la fiesta.

Ilustración de una escena de la zarzuela 'El tío Caniyitas o el Mundo Nuevo de Cádiz'.
Ilustración de una escena de la zarzuela 'El tío Caniyitas o el Mundo Nuevo de Cádiz'. / R

En el carnaval gaditano, no existen fronteras claras entre quien mira y quien actúa: todos participan, todos comentan, todos provocan. La máscara no sirve tanto para ocultar como para revelar. Davillier resume esta paradoja al señalar que, durante el carnaval, nadie es quien dice ser y, precisamente por eso, todos parecen decir la verdad. La licencia que otorga el disfraz permite alcanzar un grado de franqueza que en otras ciudades no se atreve a llegar tan lejos.

Le llama especialmente la atención que el gaditano no se disfrace para convertirse en otro, sino para exagerarse a sí mismo. No se busca la fantasía exótica, sino la parodia social: políticos ridiculizados, tipos urbanos llevados al extremo, caricaturas perfectamente reconocibles por todos. El carnaval se convierte así, a sus ojos, en una auténtica prensa satírica en movimiento, una crítica colectiva que circula por las calles con música, risa y agudeza verbal.

A diferencia de otros viajeros ilustres que se escandalizaron ante el ruido o el aparente desorden, Davillier detecta en el carnaval gaditano un tipo de caos muy particular: un caos regido por normas no escritas. Le sorprende comprobar que, pese a la intensidad de la fiesta, los conflictos son escasos. Todo parece permitido, pero todo es comprendido dentro de un marco compartido. Ni el exceso verbal ni el abuso del vino derivan en graves problemas de orden público, algo que solo puede explicarse por la existencia de unas pautas sociales aceptadas por todos.

Davillier observa que el mayor error del forastero en Cádiz es confundir la burla con el insulto. En la ciudad, la ironía funciona como una forma de cortesía y como un lenguaje común. Esta percepción concreta su visión de Cádiz como un lugar donde el ingenio, la sátira y la burla forman parte de las reglas sociales tanto como la convivencia cotidiana. Con perspicacia, el viajero señala que lo que se ve en Cádiz no es España entera, pero sí una de sus expresiones más coherentes y reveladoras.

Aunque su nombre no goza de la popularidad de Ford ni del atractivo novelesco de Dumas, la obra de Davillier posee una virtud esencial: la precisión sin solemnidad. Su Cádiz no es una postal complaciente ni un juicio severo, sino una escena observada con respeto, atención y humor. Esa combinación convierte sus páginas sobre el carnaval en un testimonio especialmente valioso, incluso hoy.

Davillier no idealiza la fiesta ni la condena, tampoco la alaba en exceso. Se limita, con notable inteligencia, a comprender la risa como una forma de cultura y de expresión social. Frente al ceño fruncido de Ford o los ojos desorbitados de Dumas, Davillier contempla España con una sonrisa lúcida. En Cádiz encuentra una ciudad acorde con su mirada: irónica, abierta y consciente de que, en ocasiones, la verdad solo puede decirse con una máscara puesta.

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