Cádiz

Los años que cambiaron Cádiz

  • La ciudad ha experimentado una profunda evolución en estos años aunque el esfuerzo ha sido insuficiente en temas como la vivienda o el empleo.

El 3 de abril de 1979 un total de 64.543 gaditanos salieron de sus casas, fueron a los colegios electorales que les correspondían y depositaron en las urnas su voto. Al final de la jornada, entre todos habían elegido al primer ayuntamiento democrático de la ciudad de Cádiz desde 1936, tras cuatro décadas de dictadura militar y dos años cortos de floreciente democracia. No era la primera vez que se abrían las urnas desde la muerte del dictador; desde noviembre de 1975 se habían citado a los mayores de edad para que votasen el inicio de la reforma política, la aprobación de una nueva Constitución y la elección de dos parlamentos.

Sin duda, con ello ya había pasado para muchos la emoción por acudir a depositar el voto de manera libre. Sin embargo este 3 de abril de 1979 se convocaba a los ciudadanos a votar a quienes les iban a gobernar de forma más directa, desde sus ayuntamientos.

Los 64.543 gaditanos que votaron aquel 3 de abril de 1979, hace ahora 35 años, permitieron la elección de 12 concejales de la lista presentada por la UCD, quedando 9 en manos del PSOE, 4 del PSA y los 2 restantes para el PCE. El juego de las mayorías unió a la izquierda para aupar a Carlos Díaz, cabeza de lista de los socialistas, como primer alcalde democrático con el apoyo de comunistas y macionalistas.

Carlos Díaz y su nuevo equipo de gobierno se enfrentaba a una ciudad muy diferente y, a la vez, con los mismos problemas, que el Cádiz que celebra estos primeros 35 años de ayuntamiento democrático.

La memoria es frágil. Nos lleva a olvidarnos con facilidad de los logros conseguidos y tener en la memoria únicamente los problemas de cada día. Hoy, además, la mitad de los gaditanos o bien no había nacido en 1979 (44.637) o bien su corta edad les impide tener una visión personal del Cádiz de finales de los años setenta.

Tal vez por eso muchos no podrían reconocer el Cádiz en el que viven hoy en las fotografías que ilustran este reportaje, o en otras tantas que se guardan en el archivo de este periódico. Fotos en blanco y negro, como era la ciudad de hace tres décadas y media.

Lo que los nuevos gobernantes se encontraron tras atravesar el umbral del edificio de la plaza de San Juan de Dios fue "mucha pobreza". Ya eran conscientes de la profunda crisis en la que malvivía buena parte de la ciudad aquel 1979 pues muchos de estos concejales procedían de un movimiento vecinal que era, entonces, la única fuerza reivindicativa de la ciudad. "Trasladamos a la gestión municipal el lema de la 'imaginación al poder', teniendo claro que los gaditanos reclamaban mejoras en su calidad de vida y que había que dar respuesta rápida a estas peticiones", recordaba hace una década Hipólito García, uno de los hombres fuertes del primer gobierno de Carlos Díaz.

Si pudiésemos dar marcha atrás, si de pronto nos encontrásemos en el 3 de abril de 1979 muchos pensarían que estábamos soñando al pasear por unas calles y plazas de una ciudad casi desconocida.

¿Se imaginan los barrios más populosos del casco antiguo sin vías urbanizadas, con una red de saneamiento anticuada y, sobre todo, con miles de viviendas casi en ruinas, con familias y familias hacinadas y sin perspectivas de encontrar una casa mínimamente decente? ¿Se imaginan los 'nuevos' barrios de Loreto, Puntales, La Laguna... con calles sin asfaltar, sin servicios públicos, abandonadas? ¿Se imaginan una ciudad sin equipamientos ni actividades culturales, con el Teatro Falla al borde de la ruina física, con sus museos en plena decadencia? ¿Se imaginan los colegios públicos maltratados y una Universidad recién nacida sin medios? ¿Se imaginan una playa anticuada, sin paseo marítimo, colapsada de casetas de madera de diseños dispares o con playas como Santa María del Mar cerradas por su mal estado? ¿Se imaginan la red de fortificaciones de la ciudad ocupadas por destacamentos militares y sin uso, por ello, para el conjunto de la ciudadanía? ¿Se imaginan una red asistencial pública escasa, con contados centros médicos, y sin equipos municipales de atención a los más necesitados? ¿Se imaginan una ciudad sin apenas bibliotecas, con un vetusto parque de autobuses urbanos, con una vía del ferrocarril que rompía en dos la trama urbana, con edificios de gran valor histórico abandonados? ¿Se imaginan una ciudad partida en dos, con barrios degradados socialmente? ¿Se imaginan a los vecinos de un barrio, Santa María, saliendo a la calle para con sus propios medios intentar limpiar el barrio y arreglar sus calles?

Podríamos seguir. Parece mentira, e incluso los gaditanos más jóvenes podrían creer que estamos describiendo otra ciudad que no es la suya. Pues no, así era el Cádiz que se encontraron los primeros concejales de la democracia. Una ciudad en situación de quiebra que, años antes, había tenido que pagar de su bolsillo la construcción de un puente, al que le pusieron el nombre de José León de Carranza, que había provocado la ruina de la hacienda municipal hasta el punto de obligar a ceder la gestión del segundo acceso a la ciudad a una empresa privada que impuso un canon por el cruce de esta calle de la capital, dejando sin un céntimo a las arcas municipes.

Es cierto que hay otros aspectos, muchos vitales para una sociedad, en los que las cifras de 1979 eran sustancialmente mejores a las que se reflejan en este 2014. Una de ellas es el número de desempleados. Hace 35 años el paro registrado afectaba a poco más de 5.000 personas. Hoy casi se cuadruplica esta cantidad, aunque en aquella época la mujer apenas había accedido al mercado laboral, lo que reducía las estadísticas de parados. Otra era la fuerza del comercio tradicional. Porque en 1979 la gente seguía comprando en el almacén del barrio, en las tiendas de moda, en las zapaterías del centro histórico, en las papelerías de siempre. No existían entonces las grandes superficies, ni tampoco habían nacido o ubicado en la ciudad las franquicias y las grandes cadenas nacionales que hoy colapsan el centro comercial. Los nombres históricos del sector eran los protagonistas del todavía boyante comercio gaditano.

Una ciudad que, también, mantenía una industria pública generadora de empleo: los tres mil trabajadores de la factoría de Astilleros de la ciudad (hoy apenas son un centenar), los cerca de dos millares de la fábrica de tabacos (hoy cerrada), unidos a la Campsa, a Aeronáutica (ya inexistentes ambas), a una fuerte industria auxiliar que llenaba el polígono exterior de la Zona Franca. Era, en muchos casos, un empleo subvencionado por el Estado que, al poco comenzaría la sangrante reconversión industrial, entonces salvaba de la absoluta ruina a la ciudad. Permitía contar con una abundante clase media, pues la alta había comenzado su éxodo años antes, que daba vida a Cádiz.

Podíamos iniciar un largo listado de proyectos ejecutados por todos los ayuntamientos gaditanos en estos 35 años. De la mano de la coalición de izquierdas (1979-1983), de la mano del PSOE (1983-1995) o de la mano del PP (1995- hasta ahora).

Podíamos hablar de los planes que se han ido desarrollando para eliminar los problemas de vivienda en toda la ciudad, de las miles de casas que se han rehabilitado, de la eliminación casi total de la infravivienda, de la construcción de otras miles de viviendas sociales con calidades muy superiores a las que se construyeron durante el franquismo. Es cierto que hoy, inmersos en una profunda recesión, son cada vez más las familias que sufren la falta de un piso digno que no tienen dinero para afrontar los pagos de alquileres desmesurados. Familias a los que estas historias no les importan porque para ellos solo existe la realidad de 2014, pero ¿nos podemos imaginar cómo estaría la ciudad si no se hubiera avanzado tanto en materia como se ha conseguido en estas tres décadas?

Podíamos hablar de los cientos de calles y plazas que han sido reformadas, modernizadas, con nuevas redes de servicios públicos y muchas de ellas peatonalizadas, facilitando el paso de 'nuevos' medios de transporte. No ha quedado una por tocar, aunque el paso del tiempo, porque 35 años son muchos, anime a realizar nuevas obras de mantenimiento en este mismo viario.

Podíamos hablar de los equipamientos culturales y sociales que se han abierto. Las nuevas bibliotecas, los centros de barrios (aún escasos, cierto), los nuevos museos, con el Falla rehabilitado. Con las murallas y castillos recuperados para el desarrollo de la ciudad. Con la cesión a la Universidad de multitud de edificios para nuevas facultades y escuelas. Con la cesión de suelo para la construcción de colegios públicos.

Podíamos hablar de la mejora de las comunicaciones, con la renovación de la flota de autobuses urbanos (otra cosa es el coste del servicio y la limitación de tarifas especiales), la construcción de aparcamientos subterráneos (en detrimento de las plazas gratuitas). Y sobre todo, el soterramiento del ferrocarril, como una de las obras más esenciales de estos 35 años, que permitió una permeabilización de todos los barrios de la ciudad, eliminando zonas marginadas como ocurren en otras capitales, acompañado de una nueva estación y numerosos apeaderos (la urbanización de los terrenos ociosos de Astilleros será la segunda gran operación urbanística de cambio en la trama urbana). Y pronto, esperemos, la puesta en servicio del puente de la Constitución de 1812, tras la ampliación del Carranza.

Podíamos hablar de la creación de una importante red de asistencia social, de promoción de los derechos de la mujer, de apoyo a los más desfavorecidos que, en esta época de recesión, está resultando clave para sustentar a buena parte de la sociedad, junto al apoyo clave de colectivos ciudadanos.

Podíamos hablar de una ciudad con una evidente capacidad turística. Ya no es novedad encontrarse el casco histórico lleno de visitantes. Hay, aunque no suficientes, buenos hoteles y Cádiz, aunque con costes, va consiguiendo un nombre en el exterior. Y quienes vienen se encuentran con una ciudad más habitable, con una buena oferta hostelera, con más zonas verdes, agradable de pasear. Y con una playa que se ha ganado a pulso su calificación como una de las grandes playas urbanas de toda Europa.

Pero junto al trabajo efectivo realizado por todos los gobiernos democráticos en este tiempo, también hay aspectos negativos que han impedido completar un desarrollo más efectivo de la ciudad.

El más grave, sin duda, ha sido la masiva perdida de población que se ha sufrido. Tenemos ahora unos 30.000 habitantes menos que hace 35 años. La ciudad ha perdido en este tiempo buena parte de la clase media que la sustentaba económicamente, una vez que su reducida burguesía ya se había marchado unos años antes. Hay menos jóvenes y más jubilados, lo que evidentemente resta dinamismo. La pérdida del carácter industrial de la ciudad, que podía ser lógico por su escaso suelo, no ha ido parejo con un desarrollo de la industria en el resto de la Bahía, lugar natural de la misma, lo que ha traído paro y pobreza.

En estos años, los gaditanos no han sabido desprenderse de su histórica dependencia de las administraciones públicas. Desde el empleo público a la vivienda pública pasando por las ayudas sociales, todo ello ha provocado una sociedad con escasa capacidad de empuje, lo que al final ha acabado por trasladar al conjunto de la ciudadanía un estado de decadencia general.

El Cádiz de 2014, herencia del Cádiz de estos 35 años, tiene también pendientes demasiados proyectos urbanísticos, demasiados equipamientos vacíos y demasiadas propuestas de ocio y cultura por definir y asentar que en buena parte deberían de haberse ido concretando, solucionando y cerrando en años pasados. Los tiempos de bonanza que vivió la ciudad, tanto durante una etapa del PSOE (al hilo de los eventos de 1992), como durante buena parte del mandato del PP (cuando había una conexión directa entre el Ayuntamiento-La Moncloa y la chequera funcionaba sin problemas) se aprovecharon para sacar adelante muchas obras públicas, que hoy nos resulta inimaginable no contar con ellas, pero sin solventar déficit muy graves como el de la vivienda y el de la formación de los más jóvenes, dos lacras que aún hoy se mantienen.

Cádiz ha dado pasos de gigante en estos años de ayuntamientos democráticos que no deben verse minusvalorados por los posibles errores cometidos en este largo periodo de tiempo y por los problemas que siguen sin resolverse. Resumir estos 35 años ateniendo únicamente a una parte de la realidad de hoy, ignorando todo lo que ha cambiado a bien, supone un desprecio a todos los esfuerzos que el conjunto de la sociedad ha hecho en este tiempo.

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