7 Remakes 7
Un vistazo al retrovisor que Hollywood pone en acción ante la falta de ideas con motivo de "Los 7 magníficos" Algunas, pocas, mejoran su antecedente
El estreno de Los 7 magníficos, el remake del remake de Los 7 samurais, de Akira Kurosawa, nos sirve de excusa para bucear en una práctica que siempre existió en la gran industria del cine, pero que últimamente se ha convertido en habitual y que tuvo su vuelta de tuerca cuando Gus Van Sant rehizo Psicosis plano a plano. El cine de antes, no necesariamente de mucho antes, regresa a las carteleras con una capa de pintura.
Los Siete magníficos
Los Siete magníficos, la de John Sturges de 1960, es el producto de varias vueltas de tuerca. Porque Akira Kurosawa era un japonés enamorado del western que, influido por el western, puso en pie Los siete samurais (1954). Y la cosa es sencilla. Unos macarras están continuamente molestando a una comunidad y la comunidad, compuesta de gente pacífica y temerosa, cobardes como todos nosotros, acude al mercado de la seguridad para contratar a profesionales de estos asuntos. Siete. Lo de Kurosawa ocurría en el siglo XVI y lo de Sturges en el siglo XIX, cada civilización tiene sus siglos míticos, pero, como bien decía mi padre, toda película que se precie es un western, se desarrolle donde se desarrolle y cuando se desarrolle, que es lo mismo que decir que los de Bilbao nacen donde les da la gana. Quiero decir que es un comodín, como cuando se muere alguien y la abuela dice que fue el destino (no el cáncer, o el infarto, o la impepinable vejez, o que cogió el coche con treinta copas: el destino). Pues como el western es un destino en lo universal y Kurosawa hizo un western, Sturges hizo una película japonesa, no tan brillante, desde luego, pero con una banda sonora que flipabas y con Yul Brynner, que estaba muy de moda, nunca entendí muy bien la causa. Y eso es lo que quedó de una obra maestra transformada en western menor por Hollywood (en mi opinión un Sturges flojito -recuerden que Sturges filmó una de las mayores diversiones nunca filmadas: La gran evasión-) y quién sabe por qué alguien le ha dado por recuperarla. Se estrena hoy. Está firmada por un Sturges del momento, Antoine Fuqua, lo que en los tiempos clásicos llamaríamos un artesano, del que me gustó Training day.
Poltergeist
Que levante la mano quien tenga mi edad -en torno al medio siglo- y no le gustara Poltergeist cuando se estrenó en los años del Mundial de España y la victoria abrumadora socialista y todas esas cosas que nos pasaban por entonces tan excitantes. Fantasmas. Una chula chula de fantasmas, como Terror en Amityville, que también fue un pelotazo de la época, pero bien hecha. Porque Poltergeist era cine de terror de calidad, no un chusquerío. Y eso que, aunque el guión llevaba la firma de Spielberg, la dirección fue encargada a Tobe Hooper, que nos había deleitado con lo más chusco de lo chusco, una obra maestra chusca, La matanza de Texas (que también tiene remake, faltaría más). Pero Poltergeist tenía esa pátina que te da el dinero, una gran producción, y tiene que ver con que sólo un año antes Sam Raimi rentabilizara con cuatro duros un regreso al mundo zombi con Posesión infernal y se hiciera de oro. Por lo que en los 80 se regresó al terror, a las casas encantadas, a los espíritus y a una apariencia de realismo, al estilo de El exorcista (la fórmula mágica televisiva de basado -muy básicamente- en hechos reales). Lo que sí fue real es que los participantes de la película sufrieron la maldición de Poltergeist y muchos de ellos murieron prematuramente, enmpezando por la niña, Heather O'Rourke. Treinta y tantos años después encargaron a Gil Kenan, celebrado por una divertida peli de dibujitos, Monster House -entiendan, Monster House, una peli para niños, no La matanza de Texas, una peli para sádicos- que emulara a Tobe Hooper. Y lo que pasó es que el Poltergeist moderno, que dura 20 minutos, no da nada de miedo. Y eso es malo para una película de terror.
Cazafantasmas
Que levante la mano quien tenga mi edad - medio siglo más o menos- y le gustara Los cazafantasmas. Jamás conocía a nadie que le gustara Los cazafantasmas, aunque las estadísticas dicen que fue una de las películas más taquilleras de la época y tuvo de sintonía una espantosa tonadilla muy popular que ahora, al recordarla, se me va a quedar en la cabeza un buen rato. Grrr. Otra vez fantasmas, pero para reírnos de ellos, nada nuevo, que ya existía el fantasma de Canterbury. Vista hoy -y que conste que no la he vuelto a ver desde que llevé a mi hermano pequeño al cine y los dos nos mirábamos diciéndonos qué es esto-- eso tiene que ser una película rancia. Lo digo porque me pareció rancia cuando se estrenó. Una impresión indudablemente equivocada, como la mayoría de mis impresiones. Por eso cuando se conoció la noticia de que volvían los cazafantasmas puse la misma cara de estupor que cuando descubrí el otro día que hay alguien al que le ronda en la cabeza hacer un remake de Dirty Dancing -para los jóvenes que no la conozcan, mejor, no seré yo quien les cuente esa pesadilla que te obligaban a ver las novias-. Como lo de los cazafantasmas tiene poco recorrido, el gancho ha sido convertir a 'los' en 'las'. Son Las cazafantasmas y como hay frikis para todo hubo incluso quien puso el grito en el cielo, con lo que aquel desafuero es considerado mítico por algunos en alguna parte. Paul Feig, especialista en dirigir a mujeres, como demostró en la a ratos graciosa La boda de mi mejor amiga, fue el encargado de reencarnar a los especialistas en devolver a los demonios a sus abismos. Algunas críticas dicen incluso que la película de Feig tiene algo más de brío que la original, lo que, la verdad, no parece muy difícil.
Ben-Hur
Es cierto que el peplum de alto octanaje tuvo un resurgir con su Gladiator, pero ¿regresar a Ben Hur? Ben Hur ya fue un impresionante éxito en 1925, con la figura de Ramón Novarro, el otro Valentino, como protagonista y bajo la dirección de Fred Niblo. Para la época fue impresionante. La espectacularidad de sus imágenes hacían posible que la gente aguantara 145 minutos en el cine. El público también era cándido cuando el gran William Wyler toma las riendas en 1959 de un proyecto gigantesco, una historia-río de 212 minutos en la que el macho Charlton Heston lleva el peso sin darse cuenta de que le cuelan a un Mesala (Stephen Boyd) que le coquetea en el límite de lo que podríamos considerar amistoso. ¿Qué pasa en 2016? Que el New York Post dijo que los 124 minutos de la nueva revisión se hacían eternamente más largos que los 212 de William Wyler.
Jumanji
La triste muerte de Robin Williams, que sufrió los últimos años de su vida una tremenda depresión, reivindicó la figura de uno de los peores actores que ha pasado por la gran industria cinematográfica norteamericana. Abordaba sus personajes siempre de una forma afectada, lastimera y, pese a que cambió la vida de muchos jóvenes, su interpretación en El club de los poetas muertos, vista con frialdad, es un catálogo de trampas de actor sin recurso. Todo esto está muy feo decirlo. En Jumanji su interpretación se camuflaba en un despliegue de efectos especiales que disfrazaban una entretenida tontuna. ¿Por qué volver a hacer lo mismo? Pues se hace. Y si en Jumanji fallaba Williams, ahora lo convierten en un personaje de Fast & Furious, un fornido afroamericano, The Rock. El resultado se podrá ver el verano del próximo año en los cines.
Old Boy
Nos hallamos ante un nuevo caso de atracción por lo asiático de ida y vuelta. Old boy es la considerada obra maestra de Park Chan-wook (hay opiniones acerca de que este director tenga alguna obra maestra) y, por ende, también es la oba maestra de un cine coreano que hace menos de una década se dejó mostrar en los grandes certámenes y sustituyó a parecidos hipnotimos precedentes con el cine japonés (años 60) y el chino (años 80). Y así como el cine japonés no se parece mucho al chino, aunque los occidentales tendamos a homogeneizarlo, el coreano de principios de siglo tampoco tiene que ver con la mirada del chino y el japonés. Park Chan-wook bebió del cine americano y el más célebre director negro, Spike Lee, se dejó cautivar por esta historia y, como tantas veces, ha querido trasladarla a la comprensión americana. Pierde el retorcido sentido del humor original.
El libro de la selva
Disney escogió varias historias del clásico de Kipling para popularizar un título que enseñó a muchos niños, antes de poner sus pegajosos dedos sobre el libro, que podemos mirar a los animales casi de tú a tú. Que sólo nos diferencia de ellos nuestro dominio sobre la flor roja. Que no somos ni mucho menos todopoderosos: Mowgli, el niño humano, es la ranita; y sobrevive porque su madre loba es Raksha, el diablo, y su padre es Akila, el alfa de la manada. La película de dibujos animados cuenta, además, con dos de las canciones más tarareadas de la historia. La actualización de 2016 parece El libro de la selva visto por los ojos de David Attenborough: pierde gran parte de la emoción en aras de esa realidad tan de mentira y tan verozmente real. Aunque escuchar a Idris Elba como Shere Khan sea un gozo. Y reencontrarse con Baloo y Bagheera, los Walter Matthau y Jack Lemmon del imaginario infantil, otro.
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