Cierre por jubilación El último cliente de la Peluquería Rafael

  • Tras 57 años de profesión, este 31 de marzo es el último día de trabajo del peluquero José María García López que echa el cierre al negocio que fundó su padre

José María García López, de Peluquería Rafael, con uno de sus clientes, Joaquín Fernández.

José María García López, de Peluquería Rafael, con uno de sus clientes, Joaquín Fernández. / Lourdes de Vicente

“Pues me he llevado un disgusto cuando me lo ha dicho... No sabía yo que venía para mi último corte... Qué pena, pero es un descanso merecido”. Tras la mascarilla se intuye la sonrisa noble de José María García López agradeciendo las palabras de uno de sus fieles clientes, Joaquín Fernández, que ayer mismo tenía conocimiento de la jubilación del peluquero tras 57 años de trabajo en Peluquería Rafael, el negocio que fundó su padre.

No es el que fue secretario de Diputación el último cliente de Peluquería Rafael, tampoco Juan Bustamante, (“él es la cuarta generación de una misma familia que han sido clientes nuestros”), que espera su turno fuera del establecimiento, en la calle Isabel la Católica; ni tampoco el caballero que asoma la cabeza y pregunta, “¿qué, mucha gente, a qué hora me vengo?”... Porque en Peluquería Rafael, zona libre de móviles y fijos, así se coge hora. Preguntando en la puerta. A la antigua usanza. “Y no nos ha faltado gente”, razona su dueño.

Al último cliente de la Peluquería Rafael lo atenderá este 31 de marzo José María (“o Rafael también me llama mucha gente por la confusión por el nombre de la peluquería”) en un establecimiento donde cada detalle demuestra que hay lugares donde no alcanza el tiempo. La silla de barbero, la marmólea encimera, el propio baby del peluquero, el ruido de la tijera, de la navaja rasurando los cogotes...

Nada es vintage porque todo es de verdad en esta segunda casa (“o primera si tengo en cuenta la de horas que he echado yo aquí”) del peluquero y barbero que entró a trabajar con su padre, Rafael, cuando apenas tenía 13 años por voluntad propia porque “me encantaba la peluquería”, recuerda.

“Mi padre trabajaba con los míticos barberos de la calle Nueva pero llegó un momento, ya casado y conmigo y mis hermanos en el mundo, que se quería independizar. Así que se entrampó hasta los dientes, le echó mucho trabajo y mucha ilusión y puso este negocio. Al tiempo, cuando él se jubiló y yo lo cogí me dijo, ¿por qué no le cambias el nombre y pones el tuyo? Pero yo me negué porque esta peluquería la levantó él con mucho trabajo. Es mi homenaje”, dice con cierto deje de emoción que se esfuerza en reprimir.

El peluquero José María García López, de Peluquería Rafael. El peluquero José María García López, de Peluquería Rafael.

El peluquero José María García López, de Peluquería Rafael. / Lourdes de Vicente

“Yo me acuerdo perfectamente de tu padre que ha venido hasta a mi casa a pelarnos a mí y a mis hermanos. Nosotros éramos ocho, seis varones... Bueno, y hasta creo que tú también...”, le recuerda el cliente de toda la vida ante el asentimiento del profesional a punto de jubilarse que suma un detalle: “Claro, qué he ido a vuestra casa, estaba yo haciendo la mili, me acuerdo...”

José María da unos golpes en el brazo del sillón, casi personificándolo... “Toda la vida, toda la vida llevo yo aquí. Esto es mi vida... Hasta me han confesado aquí, un cura, claro” ¿Cómo?, preguntamos con lógico asombro. “Pues que iba a celebrarse la comunión de mi niña y me tenía que confesar pero es que yo no tenía tiempo para ir a la iglesia porque estaba aquí todo el día trabajando, así que el cura me dijo que no me preocupara que él venía. Y aquí se sentó y me confesó mientras lo pelaba”, ríe José María, también de abuelo peluquero (“él trabajaba en una peluquería que había en la calle Veedor”), pero de hijos enfermeros (“ellos prefirieron estudiar y yo me alegré mucho”).

“Curas, jueces, arquitectos y personas normales”, enumera con guasa, se han sentado en la butaca de barbero donde no pocas veces José María ha ejercido “de psicólogo y también de confesor”, reconoce. “Y a muchos desde que eran chiquitillos. Yo tengo ahí el banquito –señala una especie de alza o adaptador para colocar en la silla– que lo ponía y no he pelado a ninguno... Y a los años, he venido a las seis de la mañana a pelar a más de uno de esos para que fueran guapos a su casamiento”, rememora con ternura.

Hasta alguna personalidad ha recalado en Peluquería Rafael... “Siempre cuento lo de (Luis) Ocaña, el ciclista. Que estaba por aquí cuando la Vuelta a España salía de Cádiz, vino a pelarse y después se fue a hacer la etapa y la ganó”, cuenta orgulloso el peluquero que acumula tantas anécdotas como clientes en casi seis décadas de profesión que llegan hoy a su fin.

“¿Si me va a costar echar la baraja? Claro, esto ha sido mi vida pero la verdad que ya la cosa, después de lo del Covid, está muy rara y yo ya estoy cansado”, dice mientras un nuevo cliente espera.

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