Okupas de garaje y pabellón
EL PASEANTE
En la calle. Tapiadas las entradas al Garaje América, en la zona han permanecido dos sin techo 'fijos', uno de ellos desalojado del Portillo
UN signo de distinción ante una especie de chabola. Macetas en un porche improvisado al final de la cuesta que da al antiguo Garaje América. Siete años viviendo por la zona, mucho tiempo dentro del garaje, ya tapiado por sus entradas en Ciudad de Santander. Los vecinos se quejan de olores, ruidos, peligros varios. "Antes era peor, porque había muchos indigentes", señala un comerciante de la zona. Ahora, prácticamente, son dos los okupas 'fijos'. El mencionado que vive ante la puerta del garaje y Malek Chami, un marroquí que fue desalojado hace poco del pabellón Portillo. A ambos le han comunicado desde el Ayuntamiento que el día 20 de abril podrán acceder al interior del garaje a recoger sus pertenencias. Que deben ser muchas, sobre todo en el caso de Malek, que incluso "regalaba muebles a quienes estaban necesitados. Es alguien muy querido por aquí. No hace daño a nadie", apunta una kiosquera de la zona, que habitualmente le sumnistra víveres.
"Antes era peor" es el soniquete de los vecinos. Los establecimientos por los que se accedía al garaje se poblaban de gente sin techo. Sabían que allí podían guarecerse y acudían a un cobijo donde no faltaba una bombona de butano para cocinar. "Era peligroso. Encendían velas en medio de mucho material inflamable. Y hacían mucho ruido, pero no eran malas personas", destacan en la carnicería de Ciudad de Santander. El Ayuntamiento tapió las entradas tras pedir autorización a un juez. No encontraba al dueño de los locales, pero entró a higienizar un sitio donde dicen que había ratas.
El hombre que habita en la cuesta del garaje ha sido invitado a marcharse por la Policía Local varias veces, pero allí sigue. Pide limosna en la avenida y decora su 'porche' con macetas. ¿Por qué no? Solicita dinero al redactor a cambio de sus declaraciones. "Estoy tieso", dice. La exclusiva, por razones obvias, se va al traste.
Malek, por su parte, optó por las ruinas del Portillo, y se acomodó en la derruida casa de techo rojo anexa a la pared del fondo del viejo pabellón, donde quizás en tiempos vivió el guarda de las instalaciones deportivas. Un garaje sin dueño y una obra -la del pabellón- fantasma. Dos personas sin cobijo. El tópico se hace, esta vez, necesario: qué injusta es la vida.
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