OBITUARIO

Manolo Rivero, in memorian

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Como es conocido, el nuevo edificio construido en el solar dejado tras el derribo de la ruinosa Residencia Sanitaria Fernando Zamacola fue inaugurado el 20 de diciembre de 1977, pero quizás no se haya divulgado tanto que en el interior de aquella entonces pomposa instalación había un grupo de profesionales que lucharon por darle vida y ritmo de moderno hospital frente a toda la retranca de estructuras conservadoras consolidadas. En lo que se refiere a la asistencia en el Servicio de Medicina Interna su responsable, el profesor Adriano López Sánchez, patrocinaba el desarrollo de subespecialidades, una de las cuales era la Nefrología. En la primavera de 1979 consiguió traer a Cádiz a un especialista formado en el hospital La Paz de Madrid, Manolo Rivero (Babilafuente, Salamanca, 1946), un treintañero moreno y espigado, seguidor del Atlético de Madrid del que no se podía adivinar su fortaleza de carácter y su empecinamiento en conseguir los objetivos que se proponía. Y uno de ellos, casi primigenio, fue crear e implantar un programa de trasplante de riñón que liberase de la esclavitud de la diálisis a los enfermos renales crónicos. Hoy contamos, sin darle importancia, que en el hospital Puerta del Mar se han hecho 1.500 trasplantes de riñón (agosto de 2017) y no nos paramos a pensar que todo esto tuvo un lejano comienzo, con un primer caso realizado el 24 abril de 1982 del que Diario de Cádiz no dio noticias en su Primera hasta el 4 de julio cuando la paciente -María de la Sierra Iniesta- ya estaba en su casa. En la foto que ilustraba la noticia aparece un joven doctor Rivero junto al avezado urólogo doctor Julián Flores al que había comprometido para realizar la intervención. Y no solo a él, sino que durante meses el doctor Rivero persuadió a muchos sectores (de asistencia sanitaria y administrativos) de que el trasplante renal era posible realizarlo con garantías en un hospital de una pequeña capital de provincia. Para conseguirlo, Rivero fue capaz de crear y mantener a su alrededor, casi a su imagen y semejanza, el grupo al que transmitió su seriedad en el estudio, su dedicación y su abnegación con los pacientes y su obcecación en lograr lo que se proponía. Y, para que se valore en su justa medida aquel esfuerzo, baste recordar que fue el hospital número 17 de toda España en realizar estos trasplantes y que la afamada Fundación Puigvert de Barcelona o el hospital La Fe de Valencia lo habían iniciado solo dos años antes mientras que otros grandes hospitales españoles, como La Arrixaca de Murcia, el Miguel Servet de Zaragoza, o el General de Asturias y el Sont Dureta de Palma, no los empezaron hasta dos, cuatro y seis años después, respectivamente.

Si sorprendentes y valiosos son estos hechos, mayor trascendencia tiene el programa de trasplante de donantes vivos para cuya implantación y desarrollo no solo hace falta la pericia que ya se había demostrado con los de donantes fallecidos, sino una particular dosis de valentía de la que hizo gala el doctor Rivero cuando ya al año siguiente, en mayo de 1983, consiguió que se realizase el primero y que, desde entonces, el Puerta del Mar sea de los pocos hospitales españoles que mantiene activo este programa ininterrumpidamente.

Estos datos sirven para ilustrar los beneficios que derivaron de su valía profesional para Cádiz, pero, además, los que tuvimos el honor de compartir espacio con este gran médico y gran hombre podemos acreditar que tenía una personalidad cargada de positividad y con una enorme fuerza ante toda adversidad personal y profesional. Como ejemplo de esto último, recordar la victoriosa lucha que mantuvo con la administración sanitaria (ya transferida a Sevilla) que pretendió cerrar el programa de trasplante en Cádiz aduciendo que había demasiados centros trasplantadores en Andalucía y pocos donantes, ignorando que las cifras de éxitos en Cádiz mejoraban, en muchos casos, las de otros hospitales. Aquellos que tengan dudas sobre la transmisión de su ilusión a las generaciones posteriores, la disiparán si tienen la fortuna de ver cómo bulle y toda la actividad sanitaria se acelera cuando por el hospital empieza a correr la frase mágica: "alarma de trasplante".

El doctor Rivero Sánchez murió el 24 de mayo víctima de un hepatocarcinoma (tumor a cuyo estudio dediqué gran parte de mi actividad profesional) y yo sobrevivo gracias a un riñón de cadáver, beneficiado del programa de trasplantes que él puso en marcha hace 36 años. Estaba casado con Gloria Ranero Díaz y deja cuatro hijos Almudena, Maito, Mariluz y Gigi; ellos y buena parte de la sociedad gaditana estamos conmovidos por su marcha y orgullosos de haber formado parte de su devenir.

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