Lole Montoya actúa esta noche en la Milwaukee

/ Pablo Bernardo Caveda

08 de agosto 2012 - 01:00

EL PUERTO

Corrían los turbios años setenta y nada era como se suponía que debía ser. La filosofía hippy (tardía en nuestro país), la mezcla de estilos y tendencias y la omnipresencia sobre los escenarios y tras las mesas de mezclas del gigante Kiko Veneno (responsable de La leyenda del tiempo de Camarón de la Isla) dieron lugar a la popularización del "nuevo flamenco" y el flamenco rock, una revisión libre de los estándares de la música gitana mezclados con nuevos sonidos de origen anglófono.

Lole y Manuel destacaron dentro de esta escena como pocos. Él, procedente del primer gran grupo de flamenco rock Smash, y ella, heredera de una cultura milenaria que se adhería a su voz con un sentimiento único, centraron la atención de crítica y público durante casi veinte años, arrancando con Nuevo día (1975) y cerrando con Una voz y una guitarra (1995).

Por el camino dejaron ocho discos, colaboraciones y amistades con Camarón de la Isla o Raimundo Amador, la admiración de medio mundo y las críticas de los puristas gitanos, que denominaban a lo que hacían sus herederos como "flamenco equivocao".

Lole Montoya, hija de Antonia La Negra (cantaora y bailaora) y Juan Montoya (bailaor) había nacido en Triana en 1954; aunque su familia procedía de Argelia, lo que explica en gran medida la inclusión en su repertorio con Manuel de temas que se recrean en la cultura musulmana.

Desde muy pequeña se subió a los tablaos más importantes de España, y se saltó todos los preceptos de su cultura para compartir su arte y su vida con Manuel Molina, con el que tuvo a la modelo y cantante Alba Molina.

En 1986 rompió el dúo que le dio fama para desaparecer de la faz de la Tierra y descubrir el evangelismo y la figura de Cristo, en la que se refugió y a la que ha dedicado su vida hasta el día de hoy.

Aunque volvió a tocar y a grabar con Manuel en diversas ocasiones, poco a poco se fue desligando del nuevo flamenco para dedicarse a la música puramente andalusí, llegando a actuar para el rey Hassan en su palacio de Rabat.

Durante la pasada década volvió a colaborar con su marido en la grabación de Ni el oro ni la plata, que mezcla bulerías y tangos con sus raíces andalusíes.

Casi cuarenta años después de su debut discográfico, Lole Montoya constituye una de las leyendas más indelebles de nuestra cultura, y recoge en su voz y en su música una confluencia de sonidos y ritmos que reflejan con fidelidad la identidad de un pueblo que debe toda su riqueza a la fusión de filosofías, estéticas y sabidurías.

Esta noche, a partir de las 22.00 horas, Lole se subirá al escenario de la sala Milwaukee, donde actuaron hace apenas dos semanas su ex-pareja, Manuel, y su hija, Alba Molina, para repasar gran parte de su repertorio contando con el inmenso guitarrista flamenco de la escuela jerezana Manuel Moreno Jiménez (Manuel Morao) como acompañante.

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