Cádiz

Juan de la Cosa, cantera de guardias

  • Unos treinta agentes crecidos en esta calle de Loreto se han incorporado progresivamente a la Benemérita

  • El futuro de los pisos, una incertidumbre

Familia numerosa de guardias: los tres hijos varones han dado continuidad a la saga que comenzara su padre. Familia numerosa de guardias: los tres hijos varones han dado continuidad a la saga que comenzara su padre.

Familia numerosa de guardias: los tres hijos varones han dado continuidad a la saga que comenzara su padre.

Juan de la Cosa es una calle frontera. En el límite entre la parte industrial que orilla con la Zona Franca y el barrio obrero de Loreto. Una frontera habitada por guardias civiles desde sus inicios, en la que se han criado varias generaciones de niños que, unos cuantos años después, forman parte activa de la savia nueva del Instituto Armado.

Alrededor de tres decenas de guardias jóvenes han crecido en esa calle fronteriza. "De aquí ha salido mucho verde", como resume riendo Antonio, padre de tres guardias civiles que se muestra "orgulloso no, orgullosísimo" de su aportación a la Benemérita. Porque su labor de captación no se ha limitado a sus tres hijos varones, sino que no ha dudado en convencer de su estabilidad a otros jóvenes cercanos.

De las sagas familiares de agentes que Juan de la Cosa aglutinó, algunas ya venían de antiguo como el caso de Francis o de Alberto, cuyos abuelos ya formaron parte la Guardia Civil. Otros, aunque no contaban con esa tradición generacional, tuvieron claro desde muy jóvenes que querían continuar por el camino laboral de sus padres. "Es lo que has visto desde pequeño y te gusta". Pepe tuvo claro que sería su destino después de hacer la selectividad y disfruta de su labor: "Mi trabajo me encanta, no se me ocurriría hacer otra cosa si volviera atrás". Explica que criarse rodeado de guardias influye mucho, pero que sus dos hermanos tomaron otro camino, que eso está en la persona.

La mayoría de los que se fueron incorporando no muestran una vocación tan temprana. "Cuando entró mi hermano mayor yo ni me lo planteaba", comenta Rubén. "Unos años después, cuando lo hace mi otro hermano ya sí me pilla más de cerca y es él quien me enseña esa realidad y empiezo a sentir inquietudes", explica. Sus vecinos Miguel Ángel y Miguel ya habían entrado también en la academia de guardias jóvenes. Este último reconoce que si no hubiera crecido ahí probablemente su trayectoria hubiera sido distinta.

"De pequeño piensas en otras cosas, pero a medida que vas cumpliendo años al final te vas metiendo", relata también Jose. El año anterior al suyo entró Marcos, coincidió en su curso con Ignacio, posteriormente se incorporaron Antonio y Ángel un año, Pepe y Miguel al siguiente...

La entrada a Valdemoro se produce en cascada durante algunos años. La Guardia Civil no solo está presente en el trabajo de sus padres, de sus vecinos, de la familia de sus amigos -que se van uniendo en una comunidad- sino que sus propias amistades y hermanos, sus iguales, se vuelven espejos en los que mirarse. Tras tantos años viviendo juntos "formábamos una gran pandilla, que aunque a veces nos distanciábamos, en los momentos necesarios siempre estábamos ahí juntos y dispuestos a ayudar", explica Alberto, que añade la banda de Los Polillas como lugar común con muchos de los jóvenes de la calle.

La academia de guardias jóvenes de Valdemoro es el camino por el que optó la mayoría. Tras los años de instituto, la Guardia Civil facilita la formación de los hijos de sus agentes para continuar estudiando dentro de la Institución con el objetivo de incorporarlos a la plantilla. Aunque tengan que superar oposiciones, los dos años de formación específica les encamina hacia la puerta de entrada.

Sin embargo no todos entran a través de la academia de guardias jóvenes. Alberto, por ejemplo, estudió formación profesional y trabajó en la empresa privada durante años como vendedor para una gran compañía. No obstante, buscó la estabilidad que le aportaría un puesto de guardia y con la que se había criado, así que decidió opositar a pesar de estar indefinido. Los años de crisis vinieron a refrendarle en su decisión, cuando muchos de sus compañeros en la tienda perdieron su empleo.

El hecho de que los hijos continúen los pasos de sus padres se repite en las comunidades en las que conviven familias de guardias civiles como las comandancias. "Es un cuerpo algo hermético, la gente que no tiene vinculación es más raro que se presente para entrar, suele elegir otro cuerpo policial u otras oposiciones", según Jose. Su única hermana, Jessica, también se incorporó a través de la academia de Valdemoro. Es la única mujer guardia que ha crecido en Juan de la Cosa y de la última generación, puesto que detrás de ella y los compañeros de su quinta -que llevan ya más de diez años ejerciendo- no ha vuelto a incorporarse al cuerpo ningún miembro originario de esa calle.

Es difícil calcular un porcentaje de los jóvenes que ahora se visten de verde a diario pero algunos datos pueden resultar reveladores. De los doce portales, en todos menos en uno ha habido guardias entre las nuevas generaciones. Una treintena de jóvenes se ha unido al cuerpo. "Casi uno por cada familia con hijos", añade Alberto, que además de ser guardia, es nieto, hijo y hermano de guardia. Esa cifra se supera si suma los jóvenes que se han unido a otros cuerpos de seguridad -también hay entre las nuevas generaciones policías nacional y local y varios miembros de las Fuerzas Armadas- y a las 72 viviendas de Juan de la Cosa se le unen las 12 que la Guardia Civil tiene en Carlos Haya, también en Loreto.

Últimas camadas

Los jóvenes guardias salidos de Juan de la Cosa no viven hoy en esa calle. Se han dispersado por territorio nacional durante años, muchos en el País Vasco para ganar prioridad en la vuelta a sus raíces. La mayoría va acortando distancias con Cádiz, muchos ya en localidades de la provincia, algunos en Sevilla o Huelva, pero otros tantos siguen regados por puestos lejanos como Navarra, Castellón, Canarias, Madrid, Ceuta o Badajoz. Algunos soltaron el ancla para siempre y otros siguen intentando remar hacia aquí.

Sin embargo, tendrán imposible vivir las circunstancias que tuvieron ellos. No firmarán un alquiler como sus padres hicieron en Juan de la Cosa. Hace muchos años que eso no pasa. Las 41 familias que continúan con ese régimen de alquiler defienden su condición de vivienda a perpetuidad. Meses atrás la Guardia Civil ordenó el desalojo de 13 casas del bloque por contar con una casa en propiedad en la ciudad. Los afectados y vecinos se quejan de las formas, acusando de política de asustaviejas y de verdadera presión la ejercida a familias que han dedicado toda su trayectoria al Instituto Armado, mientras este no ha tenido la sensibilidad para valorar las circunstancias personales.

Las incorporaciones desde hace muchos años a esos pisos se hacen en régimen de pabellón. Los guardias no pagan alquiler, sino que el cuerpo les facilita techo para posibilitar la movilidad geográfica. Significa que pueden echarlos cuando quieran.

Las familias que arraigaron en esos bloques, vecinos de toda la vida, las que forjaron a estas generaciones de nuevos guardias quedan en estado de resistencia. La incertidumbre ante el futuro de estas viviendas es grande ya que unas profundas obras de reforma y un futuro realojo penden como espada de Damocles sobre sus cabezas. Defienden que no se irán si eso deja opciones a perder su derecho actual a la vivienda.

Mientras tanto, la realidad es que cada vez es mayor el número de casas vacías. Ya no se reforman los inmuebles ante las nubes sombrías en el horizonte, los vecinos son cada vez más mayores y los niños que corretean solo pisan la calle para visitar a sus abuelos. La decadencia se va abriendo paso ante el cierre también de los locales comerciales. La mayoría han visto como eran desalojados de sus negocios y los que quedan abiertos -sólo 4 mantienen actividad de los 24 existentes- temen correr la misma suerte.

Las generaciones que le dieron vida a esa calle han visto segada su continuidad y las sagas futuras de guardias ya no saldrán de allí si las perspectivas no cambian.

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