Rafael Zornoza | Obispo de Cádiz y Ceuta “La Iglesia no ha estado ausente este tiempo y seguirá estando con la gente”

  • El prelado analiza el impacto que ha tenido la epidemia en la vida de la Iglesia gaditana

  • No esconde su preocupación por la viabilidad económica de una “de las diócesis más pobres”

El obispo Zornoza, durante la misa del pasado domingo, cuando reabrió al culto la Catedral El obispo Zornoza, durante la misa del pasado domingo, cuando reabrió al culto la Catedral

El obispo Zornoza, durante la misa del pasado domingo, cuando reabrió al culto la Catedral / Fito Carreto

La epidemia del coronavirus obligaba a mediados de marzo a decretar el estado de alarma, y con él se vaciaron (cuando no cerraron) las iglesias, que poco a poco vuelven a la normalidad con un notable incremento de las necesidades de ayuda y una pérdida total de ingresos durante más de dos meses. El obispo Rafael Zornoza analiza el papel de la Iglesia en el coronavirus y la situación a la que se enfrenta la diócesis.

–¿Cómo está afectando la epidemia a la Iglesia Diocesana?

–Toda la sociedad se ve afectada, y los cristianos también, en bastantes aspectos: en lo que ha supuesto el confinamiento, la falta de actividad, la pérdida del trabajo, el miedo al contagio y en los que han enfermado, en los fallecimientos... En los aspectos visibles ha sido muy notorio la dispensa de la misa dominical y la ausencia de fieles en las iglesias; y la coincidencia con el fin de la Cuaresma y la Semana Santa, lo que afectó a las hermandades y cofradías que han prescindido de sus salidas procesionales con gran disgusto, y a las que hay que alabar su actuación en el cuidado de los hermanos. Posteriormente se ha visto el esfuerzo por atender a todos en unas condiciones difíciles e insólitas que nos han obligado a imaginar soluciones nunca experimentadas hasta ahora. Y según se ha ido estabilizando el confinamiento y van apareciendo las consecuencias de la crisis surgen problemas graves de atención a los necesitados, sostener las iglesias, qué hacer con empleados... Ahora hay que resolver la normalización de la vida pastoral y del culto, pero con tantas precauciones que surgen problemas nuevos.

–¿Y cómo está actuando la diócesis ante la epidemia?

–Mucha gente está dándolo todo en los hospitales, servicios públicos o agentes de seguridad. También los sacerdotes, religiosos y religiosas han estado en primera línea. Ahí tenemos a Cáritas Diocesana, las cáritas parroquiales con sus bancos de alimentos y roperos, conventos haciendo material sanitario como pueden, residencias, hospitales, centros educativos y clubes gestionados por congregaciones religiosas. Las parroquias siguen siendo la primera puerta donde llamar. Ahí están las cofradías, la Pastoral de Enfermos, Juventud, Familia, Catequesis, Enseñanza...

La primera reacción de la Iglesia fue invitar a la oración. Yo mismo visité a la Virgen del Rosario, protectora de Cádiz en otras epidemias, e hice desde allí una llamada a la esperanza y a la caridad.

Me admira la capacidad de respuesta de las parroquias y la rapidez con que han improvisado recursos telemáticos para retransmitir celebraciones, catequesis, conferencias o reuniones por las redes sociales. La Semana Santa de este año no se nos olvidará fácilmente, ni el esfuerzo por que llegase a todos la atención religiosa en circunstancias tan insólitas. La Iglesia no ha estado ausente, sino presente, y seguiremos estando con la gente aportando lo que podamos.

–¿Qué está cambiando o va a cambiar en la Iglesia a raíz del coronavirus?

–En muchos sentidos la pandemia está siendo una purificación para todos. La epidemia ha dejado a la vista nuestro límites, nos ha hecho comprender que la vida es caduca y que somos muy frágiles y débiles, como lo son nuestras falsas seguridades, y que hemos de orientar nuestra vida hacia Dios. Hemos sentido una llamada a la conversión en muchas cosas. Se ha intensificado la oración, se ha despertado un mayor deseo de Dios y de los sacramentos, valorando más lo que ahora teníamos privado.

En este momento crítico la experiencia del dolor nos ha unido más. Las dificultades de muchas familias –especialmente de los ancianos, los más afectados por la enfermedad y los más frágiles– ha estimulado entre nosotros obras concretas de caridad por los cercanos y vecinos, con muchos detalles de cariño y servicio práctico, un amor creativo que ha inventado nuevas formas de manifestarse.

Ha sido reconfortante el testimonio heroico de tantos sacerdotes dándose por completo en sus parroquias, hospitales y cementerios, exponiendo su salud y su vida. Nos edifica su generosidad ejemplar, pero hay otros muchos ejemplos de entrega heroica sin apenas relevancia social ni tanta difusión en los medios de comunicación que también son edificantes. Eso permite ver que el seguimiento de Cristo es el secreto de nuestra felicidad, una felicidad que se encuentra cuando no se busca, cuando se pierde la vida por amor al Señor, y deja el interrogante del valor de la fe por la que alguien entrega la vida, algo que no tiene respuesta para el que no conoce la fuerza de la gracia de Dios. Veo en todo ello una fuerte llamada a la entrega.

Hay también algunos modos de comunicación y de reunión a partir de ahora se harán frecuentes, pero esto es algo de menor importancia. Aún es pronto para saber si todo esto provocará muchos más cambios.

–¿Cuál debe ser la nueva actitud del católico?

–Todos tenemos mucho que pensar, porque nada cambiará si no cambiamos nosotros. El Papa ha dicho que hemos de reflexionar sobre el escenario mundial que sobrevendrá tras la pandemia. Habrá que revisar muchas cosas. Por ejemplo, la confianza que ponemos en la técnica y en la ciencia, que se ha demostrado insuficiente para garantizar el destino humano. Otro aspecto que ha entrado en crisis es la autonomía ilimitada con la que vivimos, como si la libertad consistiera en vivir sin ataduras cuando lo que nos ha salvado han sido los vínculos familiares y sociales, la pertenencia, la solidaridad y un amor capaz de arriesgar la vida por los demás.

Los hechos dan la razón al Papa Francisco cuando critica la “globalización de la indiferencia” hacia los demás, “la pandemia de la exclusión y de la indiferencia”. El relativismo anestesia el corazón. Se ha vuelto a manifestar la importancia del amor, la fraternidad real, el valor indispensable de la ética, decir la verdad y vivirla con coherencia. Para los cristianos estos son principios evangélicos indiscutibles bien conocidos, pero todos deberíamos reforzar nuestro compromiso con la caridad y la solidaridad.

–¿Qué cree que ha supuesto ese distanciamiento de la gente de las iglesias debido al Estado de Alarma?

–Hemos vivido un distanciamiento físico que se ha visto compensado con un acercamiento espiritual más fuerte que nunca y sin pretenderlo. El balance me parece muy positivo. Nuestra sensibilidad busca cada vez más lo auténtico. Lo falso o adulterado ni atrae ni satisface a nadie. Se ha dado una respuesta espontánea a cuantos se preguntan si nuestra pertenencia a la Iglesia se debía a tradiciones culturales no asumidas o responde a algo integrado en la vida y consentido, y se ha puesto de manifiesto un deseo fuerte de pertenencia, de comunidad, de vínculos personales y de entrega fraterna, donde se nota el arraigo de la fe. Esto fortalece la fe, sin duda. Esta aparente paradoja queda ahí. No será fácil olvidar la consagración de España y Portugal a la Virgen de Fátima, ni la oración del Papa Francisco en la plaza de San Pedro, vacía de público pero que abrazaba el mundo entero a través de la televisión, ni los multitudinarios rosarios virtuales.

–¿Está siendo fácil para los sacerdotes adaptarse a las circunstancias y buscar esas nuevas vías de estar con la gente?

–Los sacerdotes se han movido mucho, han trabajado, pero también han sufrido. El recurso a las redes no estaba al uso, aunque no fuese una novedad técnica. Tampoco su esfuerzo por hacerse presente en los domicilios de modo extraordinario. Pero se demuestra que el amor es creativo y quien se interesa por los suyos encuentra los cauces para llegar a ellos. Es un poco agotador, pero compensa. La gente lo ve y lo agradece. También las Cáritas diocesanas y parroquiales han estado prestando su ayuda desde el primer momento de la pandemia.

Zornoza da la comunión a una feligresa en la Catedral Zornoza da la comunión a una feligresa en la Catedral

Zornoza da la comunión a una feligresa en la Catedral / Fito Carreto

–¿Y cómo vive un obispo toda esta situación, todas las realidades tan duras y difíciles que están coincidiendo al mismo tiempo?

–He querido estar muy cerca de todos pero sin la movilidad de antes. Eso me ha obligado a escribir cartas pastorales a los fieles, a los sacerdotes varias veces, mensajes grabados en audio o vídeo para distintos grupos, retransmisiones y horas y horas de teléfono. También con videoconferencias para reunirme telemáticamente con vicarios, arciprestes, matrimonios, delegados... El tiempo que he ahorrado en desplazamientos me ha cundido mucho en otros trabajos. Lo más penoso es ver cómo crecen ciertos problemas y no poder resolverlos, aunque hagamos lo posible por afrontarlos. Y lo más consolador es comprobar el apoyo y cariño de tantos fieles cercanos, colaboradores, deseando siempre ayudar y con buen ánimo.

–¿Qué le han parecido ciertas actuaciones policiales desalojando iglesias, irrumpiendo incluso en plena celebración como pasó en la parroquia de San Servando y San Germán?

–Quiero entender que en momentos de tensión y de cierta confusión pueden darse situaciones descontroladas censurables, pero creo que hemos de ser comprensivos y no tensar más las cosas. El hecho es que el Real Decreto del estado de alarma permite la celebración de culto, en su artículo 11, guardando las precauciones sanitarias, pero muchos no se enteran bien y denuncian, hay nerviosismo y exceso de celo. He de decir también que cuando ha habido alguna de estas actuaciones desmedidas de los agentes del orden hemos recibido disculpas. Ahora prefiero pensar en volver a la normalidad, retomar las celebraciones de las misas con público. Lo que le aseguro es que los párrocos son extremadamente cuidadosos en el cumplimiento de las medidas sanitarias y con lo que manda la ley.

–Cádiz ha sido una de las pocas diócesis que no ordenó cerrar los templos durante el estado de alarma, ¿por qué tomó esa decisión?

–Hemos tenido que tomar medidas apresuradamente sin ponernos de acuerdo entre las diócesis. Supongo que ha influido la situación de cada lugar y el temor al contagio. No lo sé. Habría que preguntar a otros qué les indujo a cerrar. Aquí no se ha decretado nada, sino que se ha intentado garantizar al menos unos servicios mínimos. Me parece que lo más natural, en consonancia con el estado de alarma, era mantenerse con todas las precauciones y mientras la ley no dijera otra cosa. Para muchos cristianos los sacramentos son recursos de primera necesidad –aunque algunos no lo echen de menos ni cuando pueden acercarse a ellos–, tan importante como ir de compras, y mucho más que pasear al perro. Lo han agradecido muchísimo –y así lo han manifestado– especialmente sanitarios y servidores públicos sometidos a gran presión y riesgo, que han encontrado su fuerza en la comunión. Cada párroco ha actuado con gran disponibilidad y prudencia, dando facilidades pero sin crear alarma social ni polémicas innecesarias.

–Hablemos del apartado económico, ¿cómo se va a resentir, o se está resintiendo ya, la diócesis?

–Estamos muy preocupados objetivamente por la situación económica y sus consecuencias en la sociedad y en los pobres. También por las necesidades de las parroquias y la bajada de recursos económicos. Son numerosas las solicitudes de ayuda económica de algunas parroquias debido a la ausencia de ingresos por colectas. No quisiéramos dejar a nadie en la estacada en esta situación de crisis. Estamos intentando ayudar a quien tenga dificultades. De momento he decidido exonerar de las contribuciones diocesanas a cuantos no puedan hacer frente a sus pagos. Nos preocupa el personal contratado en las parroquias. También, y mucho, la situación económica y laboral. Aunque Cáritas Diocesana asiste actualmente a más de 8.000 familias, se ha incrementado el número en las últimas semanas, a razón de 500 familias por semana, y sigue creciendo a medida que las familias van gastando sus pequeños ahorros. Cáritas ha hecho una llamada urgente a colaborar. También los sacerdotes y yo hemos querido desprendernos de parte de nuestro sueldo para contribuir con los afectados por la crisis de la pandemia. Se avecina una difícil situación en la que muchas más familias piden ayuda. Vamos a sufrir una considerable merma de ingresos. En estas circunstancias hemos de llamar a la corresponsabilidad de todos en el sostenimiento de la Iglesia y en solidaridad con los pobres invitando seriamente a la comunicación cristiana de bienes que es expresión de la corresponsabilidad en el sostenimiento de la Iglesia y en la solidaridad.

–¿Manejan alguna cifra económica del impacto de la epidemia?

–No tenemos datos exactos, pero al igual que cualquier otra actividad que depende del público –ya sean clientes o, en nuestro caso, feligreses– la situación de las parroquias es crítica por la drástica disminución de ingresos, mientras se mantienen los gastos fijos de luz, agua, limpieza, comunicaciones, seguros, consumibles, mantenimiento de los edificios o personal; o incluso aumentan los costes por la necesidad de implementar medidas de seguridad, higiene, cartelería o adecuación de espacios.

La disminución de ingresos se alargará más allá de la recuperación de la normalidad, ya que las economías familiares se verán perjudicadas y, lógicamente, disminuirán las cantidades que puedan destinar las familias a donativos y ofrendas. Y aumentarán, como ya lo están haciendo alarmantemente, los que acuden a pedir ayuda.

La misma asignación tributaria que la Iglesia recibe de los que marcan libremente la X en su declaración del Impuesto sobre la Renta sin duda que se verá disminuida en los próximos años debido a la crisis económica y la consecuente disminución de la renta de las familias. Esta no va a ser una crisis corta. Disminuyen los ingresos y aumentan las solicitudes de ayuda de familias necesitadas, muchas de ellas que nunca pensaron que tendrían que acudir a nuestras Cáritas y comedores.

Quizá sea una oportunidad para que los fieles tomen mayor conciencia de la necesidad de sostener a la Iglesia, no sólo con las ofrendas puntuales con ocasión de las celebraciones, sino con la suscripción de cuotas fijas periódicas que aseguren el adecuado mantenimiento de las parroquias y el servicio que prestan.

–¿Tienen pensado algún plan especial para hacer frente a esta crisis?

–La Conferencia Episcopal ha hecho una llamada al sostenimiento de la Iglesia a través de la cruz en la Declaración de la Renta, pero también en la posibilidad de hacer suscripciones a la diócesis o a la propia parroquia a través del portal donoamiglesia.com, algo muy sencillo y práctico que permitiría una previsión de ingresos para organizarse. Por este camino hay que transitar.

–¿La preocupa la viabilidad económica de la Iglesia Diocesana?

–Mucho. Nuestra diócesis es de las más pobres y con una situación social poco desahogada, además de una pobreza y paro endémicos y una notable exclusión social que se ha hecho crónica. Además, ha de mantener un considerable patrimonio. Hacemos muchos equilibrios para mantenernos en pie.

–¿Va a pagar el IBI, como pretende el Ayuntamiento de Cádiz?

–No nos sorprenden declaraciones que, a mi entender, no tienen más interés que la de abrir un debate con mayor o menor oportunidad. Como usted sabe, este es un tema que depende de leyes nacionales e incluso de los acuerdos Iglesia–Estado. Además, si cambiasen las leyes de mecenazgo supongo que no sería sólo para la Iglesia, sino para todos, porque de esta exención se benefician también ONGs, partidos políticos, sindicatos, fundaciones, administraciones públicas e incluso los ayuntamientos. No se nos concede ningún privilegio exclusivo. Nosotros cumplimos escrupulosamente las leyes y, en ese supuesto caso, también lo haríamos.

–¿En qué tipo de celebración diocesana piensa el obispo para cuando pase esta pandemia?

–De momento hay ya una fecha para celebrar en la diócesis una Misa funeral por las víctimas del Covid–19 para cuando salgamos más claramente del confinamiento, en la que estarán invitadas todas las representaciones de la ciudad y diócesis de Cádiz.

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