Felipe Meléndez, abogado y penalista

"Estamos juzgando una época con una mentalidad que no era la de entonces"

  • Sangre legal. Es cuarta generación de una familia dedicada al Derecho desde finales del siglo XIX y lleva uno de los despachos con más casos

Felipe Meléndez en un momento de la entrevista. Felipe Meléndez en un momento de la entrevista.

Felipe Meléndez en un momento de la entrevista. / julio gonzález

Apasionado del Derecho Penal, hijo, nieto y bisnieto de procuradores, el abogado Felipe Meléndez (Cádiz, 1960), padre a su vez de abogados, lleva a gala estar en el despacho jurídico más antiguo de Cádiz. Hay documentos que remiten a escritos de 1877 salidos de los Meléndez. Además de llevar algunos de los casos más sonados de la provincia y de la región, compagina su tarea con la docencia en la Universidad a Distancia UNED. Es doctor en Derecho y licenciado en Criminología. Capaz de hablar de lo suyo durante horas en su despacho tapizado de libros, dice que su placa de la puerta en la finca de Cánovas donde tiene el despacho no puede ser más verdad: Felipe Meléndez Abogados. Efectivamente, dos abogados, él y su hijo Felipe. La saga continúa.

-Por sangre a usted no le quedaba más remedio que ser abogado.

Para un jurado ese juicio es único. He visto un amago de desmayo de un portavoz al emitir un juicio de culpabilidad"El legislador da palos de ciego en violencia de género. El castigo no disuade al que se va a autoajusticiar"

--Nací en la esquina de San José con Rivadavia. Debajo de donde nací estaba el despacho de mi padre. A los 14 años ya hacía oficios con mi máquina de escribir. Me saqué el título de mecanografía- Me encantaba y me encanta el olor a libros y a oficina.

-¿A qué profesores recuerda de la Facultad?

--Estudié Derecho en Jerez, éramos la segunda promoción y dependíamos de Sevilla. Sería por las dietas pero a Jerez todos los que venían a dar clase eran catedráticos. La docencia era excepcional. Yo tuve a mi gran maestro en José María Navarrete, que es quien me dirigió la tesis.

-¿Sobre?

--Derecho y estupefacientes.

-Lo hizo en los años del 'caballo'. ¿Fue por eso?

--No, de hecho el legislador ya estaba intentando dar con la tecla en la materia desde principios de los 80. Me interesó el tema porque era un momento de desconcierto y jurídicamente era una materia interesante. Luego escribí un libro sobre el mismo asunto que tuvo cierto éxito, alcanzó una segunda edición.

-¿Y ahora?

--Ya no lo es tanto. En delitos de salud pública no hay mucho margen para la interpretación, lo único que puedes trabajar es la prueba y el procedimiento. No me atrae especialmente.

-¿Qué le atrae entonces?

--Más que atraerme, me preocupa enormemente la violencia de género. Es la lacra de nuestro tiempo en todos los sentidos. Hablamos de crímenes que se ejecutan con una saña y un odio desmedido, del modo más cruel: quemarlas, matarlas a martillazos.- Es un odio visceral sin límites. Y veo el mismo desconcierto del legislador que vi en la materia de salud pública en los 80. No dan con la tecla, dan palos de ciego. Llevan desde el año 2000 dándole vueltas a una ley y no hay forma de controlar esta delincuencia ni de prevenirla. 60 o 70 muertes todos los años y ahí estamos.

-¿Dónde cree que está el fallo del legislador?

--En varios frentes. Se ha querido hacer una legislación extremadamente dura pensando en sancionar y sancionar y no hay resultados. La dureza de la sanción no afecta mucho a quien tras cometer el crimen es capaz de autoajusticiarse. Lo comparo con el talibán que se inmola. ¿Le va a disuadir de cometer el delito la legislación? Pero además, en el ánimo de tratar de erradicarlo, se acepta que puede existir un porcentaje de inocentes que caigan en esa norma tan dura. No son la mayoría. De cada diez casos, siete se merecen la sanción y que la ley actúe con toda dureza contra él, pero tres son inocentes. No se cumple, desde luego, la máxima de Concepción Arenal. Es descorazonador y no veo que se vaya a conseguir eficacia. Todavía somos incapaces de prever ataques de estas características a las mujeres, pese a que indicios siempre hay.

-¿Ha llevado el caso de algún inocente inmerso en esto que dice?

--Tuve un piloto que fue denunciado durante el proceso de divorcio y la acusación pedía 28 años, que era la suma de todas las denuncias presentadas por la mujer. Este hombre obtuvo el divorcio por el juzgado de violencia de género y esto es para siempre, pero fue absuelto de malos tratos. En mitad del procedimiento se nos ofreció retirar todos los cargos de malos tratos a cambio de un incremento en la pensión alimenticia. El caso se alargó durante más de tres años. El hombre salió destrozado anímicamente y siempre aseguró que jamás le había puesto una mano encima a su mujer y así se pudo demostrar, pero a qué precio.

-¿Cómo asiste a las consecuencias de la sentencia de La Manada y su posterior puesta en libertad?

--Hechos como los de La Manada te recuerdan a la India y, sin embargo, se denuncian más violaciones grupales que nunca en nuestro país desde que esto saltó como un asunto estrella en los medios. No sé si está teniendo un efecto contagio.

-Pero me refería a las protestas en la calle.

--El movimiento popular cumple su papel y los magistrados el suyo. Existe una sensibilidad en la calle que es bueno que se manifieste. De todos modos la Justicia tiene los mecanismos de corrección que yo creo que en este caso se van a producir y que lo harían con o sin manifestaciones. Es difícil pensar que en ese portal no pasó lo que pasó.

-¿Cómo lleva la justicia popular? ¿Está cómodo en un juicio con jurado?

--Me gusta la institución del jurado. Hay juzgados que sacan más de mil sentencias al año. Esto son tres al día. Uno se pregunta qué calidad tienen a ese ritmo. Pero para un jurado ese juicio es su único juicio. He visto a un portavoz del jurado tener un amago de desmayo al emitir un juicio de culpabilidad. Era la responsabilidad de condenar a un hombre.

-La delincuencia económica, en la que se especializó muy pronto, cuando estaba todavía poco trabajada por el legislador, es uno de sus fuertes. Ahí sí se ha avanzado.

--Pero tiene un componente perturbador. En estos casos la condena genera una enorme satisfacción en el ciudadano. Un delito de este tipo produce más repulsa que un delito de sangre. Esto ha supuesto que se viciara por completo una figura esencial de nuestro ordenamiento jurídico como es la presunción de inocencia y se agrava con procesos que pueden prolongarse hasta quince años.

-Ha llevado casos a Pacheco, Hernán Díaz, Barroso, Teófila...

--Sin distinción alguna de partido, pero también cumpliendo la máxima de no pisar jamás la sede de un partido, no sé ni como son. Siempre los he atendido en el despacho. Mi sitio es el despacho.

-He hablado de gente que no debía ser fácil de llevar.

--Con ellos me he conducido como siempre he hecho fuera cual fuera el caso: mientras se siga mi dirección jurídica, a muerte; si no es así, soy yo el que me voy.

-De casos largos, el Quality y Rilco deben de llevarse la palma.

--Rilco es el caso más complicado de toda mi carrera, muy complejo. Pero en él tuve una satisfacción personal con la inocencia de Miguel Osuna, un buen hombre que sufrió ese proceso durante trece años bajo sospecha. Trece años. Las cosas que ocurren en trece años. ..

-Algunos no lo habrán soportado.

--El caso Incosol duró ocho años y también se saldó con la inocencia de uno de mis defendidos, pero en esos ocho años le sobrevino la enfermedad de su mujer, se le embargó todo el patrimonio... Cuando al final llegó el juicio se retiraron las acusaciones y el juez le dijo ya se puede ir. ¿Ya me puedo ir?, dijo absolutamente atónito mi cliente. Había pasado ocho años de tortura, su vida totalmente destruida, para que todo acabara en un minuto con un 'ya se puede ir'.

-El abogado es el que asiste a esa destrucción.

--La unidad con el cliente es muy importante. En estos casos tan largos a veces le fallan los amigos y luego la familia y al final el único que te queda, sea culpable o inocente, es el letrado, que es el que te escucha, el que te compadece. Se dan relaciones muy potentes.

-Y la ira de la gente.

--Sí. No entiendes la desmesura. En el caso de la Campanario nos tiraban chorizos a los letrados. Cuesta entenderlo. Y luego sí, la gloria o la derrota, pero te la quedas para ti porque no le vas a contar a la familia o a los amigos pues mira he conseguido sacar adelante este caso porque seguí tal estrategia o tal otra, que no es cosa de matar de aburrimiento a los tuyos.

-¿Cómo tolera el fenómeno de los jueces estrella?

--La Justicia tiene que ser abstracta, no se debe identificar con ningún juez, pero ahora les pones nombre, cara y apellidos, escriben libros de cómo llevaron tal o cual causa. El Consejo del Poder Judicial debería ser severo con ese protagonismo desmedido.

-¿Juez estrella es Alaya?

--No pongo nombres.

-Pero usted ha estado en esa causa enorme. Tendrá alguna opinión.

--Es una causa abierta, yo lo que le puedo hacer es una reflexión que tiene que ver con lo que hemos vivido estos años.

-Adelante.

--Lo que se está juzgando no sólo en los ERE, sino en otros casos, es una época pasada con la mentalidad de ahora. El cambio de mentalidad social en nuestro país ha sido vertiginoso, pero no los tiempos de la Justicia. Era un tiempo que era práctica usual pedir un certificado y construir sin permiso. Muchos ni sabían que era delito. La gente quiere que se castigue y es normal, pero con la mentalidad de ahora porque antes nadie pensaba que hacerse un campito era un delito o, si lo sabía, como era una cosa que hacía todo el mundo... ¿Quién escrituraba hace quince años en una notaría por su valor real? Está bien que esa mentalidad haya cambiado, es un avance, pero lo que digo es que la época que juzgamos ahora, por la lentitud de los procesos, nos lleva a hechos en los que muchas veces no existía lo que llamamos conciencia de antijuricidad.

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