Ejecución en la bahía de Cádiz

Historias de Cádiz

En agosto de 1911 el fogonero del crucero Numancia, Sánchez Moya, fue fusilado como autor de un delito de rebelión l Cinco compañeros fueron condenados a reclusión perpetua

El acorazado Numancia en su última época de actividad
El acorazado Numancia en su última época de actividad / Archivo
José María Otero

10 de julio 2021 - 17:49

En el verano de 1911 la bahía de Cádiz viviría una triste y dolorosa jornada con la ejecución de Antonio Sánchez Moya, fogonero del acorazado Numancia, condenado a muerte como autor de un delito de rebelión militar.

El Numancia estaba destacado en esas fechas en zona de guerra, frente a las costas de Tánger. Era un barco muy antiguo, que había participado en 1866 en el combate del Callao y había sido el primer barco acorazado que había logrado dar la vuelta al mundo. En 1911 se encontraba al final de su vida útil y el Gobierno lo había enviado a colaborar con las expediciones militares en el norte de África.

En la madrugada del 2 de agosto, varios fogoneros se amotinaron, apoderándose de numerosos fusiles. Al grito de “¡que vienen los moros!” lograron engañar a varios marineros y subir en tropel a la cubierta del buque. Hubo momentos de confusión y algunos gritos de “¡Viva la República!”. La rápida y decidida intervención del oficial de guardia, alférez de navío Joaquín Alonso Luna, y de varios suboficiales logró abortar la sublevación. En menos de cinco minutos los rebeldes entregaron sus armas y los cabecillas fueron metidos en barra.

Trabajos en la cubierta del Numancia
Trabajos en la cubierta del Numancia

El buque puso rumbo al arsenal de la Carraca para celebrar el correspondiente Consejo de Guerra, mientras el Gobierno, presidido por José Canalejas, ordenaba que el ministro de Marina, Pidal, marchara a San Fernando para conocer el alcance de lo sucedido. El Gobierno, al facilitar las primeras notas de prensa, puso especial interés en señalar que el motín carecía de motivaciones políticas. Canalejas efectuó unas primeras declaraciones en el mismo sentido señalando que el motín ocurrido en el Numancia era de simple carácter disciplinario y motivado por una supuesta falta de calidad en el rancho.

Un total de dieciocho tripulantes fueron desembarcados del Numancia en la Carraca y llevados al penal de las Cuatro Torres. A bordo del Numancia, fondeado en la poza de Santa Isabel, comenzó la instrucción del correspondiente sumario.

El ministro de Marina, a su llegada a San Fernando, se trasladó de inmediato a la Carraca y visitó todos los buques que allí se encontraban para conocer lo sucedido y si el motín tenía ramificaciones en otros buques. Terminada esta visita, Pidal tuvo que marchar a Cádiz para hablar telegráficamente con el jefe del Gobierno. Para ello utilizó un tranvía especial que lo llevó hasta la Central de Telégrafos situada en la Alameda Apodaca.

Pero los sucesos ocurridos a bordo del Numancia no tenían relación con la calidad de la comida a bordo y tenían claramente motivaciones políticas. Se trataba de un disparatado intento de hacerse con el mando y control del barco y proclamar la República. El principal responsable, el fogonero Antonio Sánchez Moya, concertado con varios compañeros, tenía la pretensión de dirigirse con el barco a Málaga e intimar a las autoridades a proclamar la República bajo la amenaza de bombardear la población.

La gravedad de lo sucedido y las durísimas penas previstas en la legislación militar hacían suponer que el Consejo de Guerra impondría varias penas de muerte. Muchas sociedades obreras y republicanas acudieron al Gobierno en petición de clemencia. En Madrid, Canalejas recibió pliegos de firmas solicitando el indulto.

Mientras tanto, a bordo del Numancia tenía lugar el correspondiente Consejo de Guerra sumarísimo, pidiendo el fiscal seis penas de muerte. En San Fernando hubo manifestación pacífica de obreros pidiendo clemencia para los condenados. El alcalde, Manuel Gómez Rodríguez, recibió a una representación de las sociedades obreras, del Centro Obrero y del Centro de Artes y Oficios. El alcalde partió de inmediato hacia Cádiz para dar traslado al gobernador civil de la solicitud de perdón que formulaban los obreros de San Fernando y para que lo notificara al Gobierno. A su regreso, a las tres de la madrugada, trescientos obreros esperaban en la plaza Moreno de Guerra para conocer detalles.

El Consejo de Guerra celebrado a bordo del Numancia condenó a muerte al cabecilla de la rebelión, Antonio Sánchez Moya, y a la pena de reclusión a sus cinco compañeros. Para el resto de procesados, hasta 38, hubo libre absolución.

Comunicada la sentencia al Gobierno, el Numancia levó anclas en la mañana del día 10 de agosto para poner rumbo a Rota y proceder a la ejecución. El condenado había sido puesto en capilla la noche anterior. En un camarote de popa fue colocado un altar portátil con un crucifijo y dos velas. El condenado estuvo acompañado toda la noche por el capellán del barco y por el teniente de navío encargado de su defensa. Por la mañana, tras escuchar misa, confesar y comulgar, pidió ver al comandante, Ricardo Fernández de la Puente, para pedirle perdón. El comandante acudió a la capilla y abrazó a Sánchez Moya diciéndole: “Que Dios te perdone. Yo lo hago de todo corazón”.

El Numancia fondeó en el llamado ‘placer de Rota’. Sánchez Moya fue llevado a la toldilla, donde le fueron vendados los ojos y fusilado por un pelotón de marinería. A continuación su cuerpo fue cubierto por un lienzo negro, mientras todas las brigadas desfilaban ante el cadáver.

Los buques de la escuadra, encabezados por el Pelayo con la insignia del ministro de Marina, pasaron a continuación ante el Numancia dando los reglamentarias voces de “¡Viva el Rey!”.

El cuerpo de Sánchez Moya fue llevado a la Carraca y enterrado en el cementerio próximo al penal de las Cuatro Torres.

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