Cádiz

Desahucio y realojo exprés

  • El Movimiento Antidesahucios y el alcalde logran que una familia de seis miembros con menores no se quede tirada en la calle

Debe ser duro, muy duro, ejecutar un desahucio en una fría mañana de diciembre sabiendo que uno vuelve al confort de su hogar dejando a una familia con niños en la misma calle. Debe ser duro, muy duro, propiciarlo, cuando a la empresa que se regenta o a la entidad bancaria para la que se trabaja le sobran las fincas vacías. Y debe también ser duro, muy duro, ordenarlo en cumplimiento de la ley, pese a conocer las circunstancias de quienes lo padecen. Parece sensato ponerse siempre en los zapatos de los demás. Por eso hay que ponerse en los de Sebastián, en los de Ana, en los de sus hijas y en las botitas y los patucos de sus nietos -de tres años y ocho meses- para entender al instante la pesadilla que ha vivido en los últimos meses, en los últimos años, esta familia hasta que ayer fue desalojada de su casa en el número uno del Callejón de San Andrés. Una pesadilla que en este caso acabó con un final que en los periódicos nos empeñamos en adjetivar de feliz. Como si la felicidad se redujese al disfrute efectivo del derecho constitucional a una vivienda digna. Así que, aunque sea sólo por un día -hoy probablemente habrá más desahucios-, volvamos todos tranquilos al calor de nuestras confortables casas.

Porque los activistas del Movimiento Antidesahucios de Cádiz consiguieron ayer, después de una firme campaña de apoyo y un sinfín de gestiones -y gracias también a la mediación de la concejala de Vivienda y al empuje final del alcalde-, que el desahucio de esta familia se convirtiese en una mudanza a un piso bajo en la barriada de Loreto. Toda una vida en medio de un callejón trasladada con el esfuerzo solidario de familiares, amigos y vecinos. "Al final por lo menos tenemos un techo digno para vivir. Porque es lo único que pedíamos: un techo digno para vivir", resume Ana, que llega muy contenta, enseñando las llaves del nuevo piso a todos los que se acercaron a acompañar a la familia. "Lo hemos vivido con mucha angustia, muy mal, más que nada por mi marido, que está enfermo; le dio un ictus cerebral y lo ha llevado bastante mal. Pero ha merecido la pena luchar".

El alquiler subió de 90 a 270 euros y al inquilino le dio un ictus que le impide trabajar

Sebastián, Chano, llega de entregar las llaves en la calle Zaragoza. Hay felicitaciones, besos, abrazos y aplausos. "Lo peor de toda mi vida lo he vivido en estos últimos tiempos -relata a este periódico-. Tengo 52 años y llevaba toda mi vida aquí. Nací aquí. Aquí vivieron mis padres, mis abuelos y luego nosotros. Esto para mi es mi vida: mi barrio, mis vecinos, mi gente. Nos conocemos todos desde chiquititos. Puede preguntar a los vecinos, que me adoran todos".

"La finca era de Enrique Arroyo y se la embargó La Caixa -cuenta Sebastián-. Antes vivíamos ahí arriba (señala al primer piso), pero no teníamos espacio y nos mudamos abajo. Y ahí es donde nos tendieron la trampa, porque yo arriba era indefinido. Caímos: Firmé sin saberlo un contrato por cinco años, cuando tenía uno indefinido. Hace diez años pagaba 90 euros de alquiler y el banco me lo subió hasta 270. Y ya no pude pagarlo. Sobre todo a raíz del ictus que me dio cuando todavía trabajaba". A Sebastián dejaron de llamarlo para los fines de semana de la UTE de la recogida de basuras y la situación llegó a su límite extremo.

Pero la pesadilla no terminó ahí, recapitula Juan Cejudo, portavoz del colectivo antidesahucios. La entidad bancaria "les ofreció unas alternativas absurdas: alojamiento en una finca de la calle Paraguay que lleva dos años habitada por unos ocupas, viviendas en el mercado libre que no pueden pagar e incluso una casa rural ¡en Prado del Rey! Luego Procasa les propuso un tercero sin ascensor en la calle Solano donde difícilmente podría vivir Sebastián por su enfermedad, hasta que por fin surgió el piso de Loreto"

"Estoy muy agradecido a estos señores, que yo los llamo los del partido de la cuchara; sin ellos, no nos hubiesen hecho caso y nos hubiésemos visto en la calle", concluye Sebastián.

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