en primera persona 48 metros, 15 días, una niña

  • El encierro es especialmente duro para los niños pequeños: ni lo entienden ni lo quieren entender

  • El malabarismo es completo, además, en el caso de las familias monoparentales que siguen trabajando

Pintar un "corinavirus" en las manos y "destruirlo" varias veces durante el día: propuesta salida de grupos de enfermeras

Pintar un "corinavirus" en las manos y "destruirlo" varias veces durante el día: propuesta salida de grupos de enfermeras / D.C.

La mañana de mi primer día de confinamiento (el tercero para la gente ‘normal’), mi hija se echó a llorar. No dramaticemos, tiene cuatro años. Acababa de entender el concepto: “No podremos salir a parque, ni a plaza Mina, ni a casa de Adrián”.

Cuatro años. Quince días. Cuarenta y ocho metros, que son los que tiene mi casa. No tenemos balcones, las ventanas tienen rejas. Sin salir ni diez minutos. Lo pienso y me entran ganas de llorar a mí también.

Aire-aire-aire-aire.

48 metros, dos semanas (mínimo) de teletrabajo y una niña pequeña. ¿Qué he hecho mal? Dramaticemos. La única neurona con intenciones no suicidas viene al rescate: no, has hecho lo que podías con los mimbres dados. Con tus ingresos y la vivienda de esta ciudad, ¿qué podrías esperar? Ya saben, el periodismo para lo único que sirve es para ganar en el juego de los grados de separación. Queda muy vistoso pero, como dirían las abuelas, de lo bonico no se se come. 

15 días -necesito engañarme- con una niña en una celda de aislamiento. El drama está servido.

No pienses no pienses no pienses no pienses no pienses. Pasará.

Probablemente, lo primero que haya salido a relucir con la “crisis” del coronavirus es la crisis endémica en la que, en realidad, vivíamos, vivimos, la mayoría. El borde imposible en el que hemos aceptado hacer equilibrios: doctrina del shock hecha callo. Los horarios partidos e imposibles; las casi dobles jornadas a las que obligan los trabajos parciales; la imposibilidad de capacidad de reacción, por no tener tiempo, por no tener fuerza, por no tener recursos; la entelequia del teletrabajo en un país de servicios terciarios.

“Esta pandemia golpea a todos por igual”. No, perdona, no. No es lo mismo. No es lo mismo vivir en un pisaco de 200 metros con balcones exteriores. No es lo mismo poder permitirte teletrabajar que tener que coger el Cercanías porque eres limpiadora, enfermera, cajera. Que parecemos tontos.

Sale a relucir el borde imposible en el que hacemos equilibrios: doctrina del shock hecha callo

En los grupos de madres de wasap (por favor, no me hagan reír: no me hagan poner que son de padres) el clima no es el mío: comparten tareas que poner a los críos, actividades, chistes de aburrimiento y desespero. Hacen bien. Yo no llego, como siempre. Como en la vida normal, pero con su plus de claustrofobia. “Hay que poner una rutina de trabajo a los niños, de lunes a viernes, que hay tiempo para todo y van a ser muchos días”, transmite la profesora de mi hija, que aprovecho para decir es maravillosa. Si sobrevivo teletrabajando y escuchando las canciones de Cocomelon, podré aguantar la llegada de la China postneocomunista. 

Aire-aire-aire-aire. “Las vocales todas menos la E, que todavía no la han dado. Les ponemos en Youtube Letrilandia País de las Letras”. Maldita sea. Qué mundo más tierno.

La rutina es la que sigue. Nos levantamos. Hacemos asamblea (planear lo que hay que hacer durante el día). Pintamos coronavirus en las manitas: cada diez lavados, un regalito (cromo, recortable). Hacemos tarea, canciones y teletrabajo (miraloquehago, mami x 46). Por la tarde, enchufo dibujos, más teletrabajo (¿vas a trabajar mucho o poquito? Aire-aire-aire-aire). Bailamos. Jugamos. Hasta mediados de semana, ni siquiera podía ir a comprar con ella (madres en mi situación, tiren de BOE si les ponen pegas en cualquier supermercado). Me pregunto qué recordará ella de todo esto: estoy convencida de que será una de esas cosas que uno repite de adulto, con cierta incredulidad.“Yo viví el encierro cuando era pequeña”, como decían los abuelos, esas épicas ocres: “Yo nací en la gripe del 18”. Algún detalle inane, sobreviviente en la memoria, con píxeles corruptos. De momento, su imagen del coronavirus no anda muy alejada de la nuestra: un bicho chico con tentáculos. Hay que quedarse en casa, “porque en los hospitales no hay sitio”. Espero que, a pesar de todo, sea un buen recuerdo. Un mensaje de resistencia grabado en algún lugar de su mente.

Suena la notificación del wasap. El amiguito de mi hija quiere decirle algo: “Te voy a invitar a mi casa cuando se vaya el coronavirus a otro sitio, muy lejos, muy lejos, muy lejos, muy lejos. Y te quiero, Claudia”.

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