Perversiones gastronómicas Premios y corrupción gastronómica

  • ¿Está en venta la moral culinaria?

Vladimir Putin, le impone una nueva medalla al coronel ruso retirado Valentin Gavrilov (91 años), uno de los militares rusos más condecorados. Vladimir Putin, le impone una nueva medalla al coronel ruso retirado Valentin Gavrilov (91 años), uno de los militares rusos más condecorados.

Vladimir Putin, le impone una nueva medalla al coronel ruso retirado Valentin Gavrilov (91 años), uno de los militares rusos más condecorados. / DC

Esta semana se han dado los premios nacionales de gastronomía otorgados por la Real Academia de Gastronomía, presidida por Rafael Ansón. El próximo 20 de noviembre –fecha señalada– en Sevilla se darán las estrellas Michelin. Noviembre trae premio.

Los premios y distinciones reconocen la carrera profesional de personas u organizaciones y siempre son bienvenidos mientras que no raye en la grosería o el esperpento. La mercantilización de estos honores les resta valor si se incurre en prácticas sociales de compra venta de voluntades. No se pretende con estas reflexiones restar ni un ápice de mérito de los premiados sino abrir un debate necesario sobre el proceso de concesión de los premios, sus luces, sus sombras y cómo se ejerce el poder desde las instituciones que lo conceden.

Como sostiene Michael J. Sandel en Lo que el dinero no puede comprar, de la misma manera que el dinero no puede comprar la amistad –la compra destruiría la relación– los mercados corrompen las manifestaciones públicas de cariños interesados. Los bienes honoríficos gastronómicos son vulnerables a la corrupción de una forma similar a los doctorados honoris causa que se conceden a filántropos que “contribuyen” al mantenimiento de la institución que da los premios.

Todo el mundo sabe que la mayoría de las condecoraciones, concursos, rankings y premios que no están sometidos a procesos competitivos limpios nada tienen que ver con la capacidad y el mérito objetivos.Analicen bien los miembros del jurado de los premios nacionales de gastronomía que da la real academia y cuya composición canta por sí sola. La junta directiva, presidida por Ansón, está tocada por banqueros, aristócratas, ricos y famosos. La marquesa de Viuda de Pozas, el duque de Ahumada, el marqués de Griñón…

¿Qué precio público ha pagado el Ayuntamiento hispalense a la empresa francesa para obtener nuevas estrellas en la capital andaluza?

En los simpáticos debates electorales de los segundos espadas nos encontramos, estos días, como Iván Espinosa de los Monteros de Bernaldo de Quirós y de Simón y Vallariano, marqués de Valtierra (VOX), y Cayetana Álvarez de Toledo y Peralta-Ramos, marquesa de Casa Fuerte (PP), discutían entre ellos de cómo tenemos que vivir los trabajadores. Algo parecido tuvo que haber ocurrido en la deliberación del fallo del jurado de los premios nacionales de gastronomía.

La Real Academia de Gastronomía ha cumplido un papel y nadie le puede negar su función pero el amor y el respeto a la gastronomía no se miden con los códigos santificados por una academia. Parafraseando a Luis García Montero, hay que saber distinguir entre pureza gastronómica y los puritanos, es decir, entre la tradición y los tradicionalistas. La academia solo manifiesta la voluntad conservadora de la simple repetición para conservar su estatus quo y su capacidad de influencia, en suma, para acumular poder.

Es más que sabido que el prestigio de un premio no solo está en la cuantía del mismo, ni tan siquiera en su boato o la proyección mediática sino en la solvencia del jurado que lo concede. No vamos a cuestionar la grandeza gastronómica de los grandes de España. El rancio abolengo siempre estuvo en los cenáculos del poder.

La junta directiva, presidida por Ansón, está tocada por banqueros, aristócratas, ricos y famosos

Estos premios nacionales son de sangre azul por muy bien que le sienten a los premiados. ¿No se dan cuenta quienes otorgan los premios que el mérito no puede recaer siempre en los mismos? ¿No caen en la cuenta los eternamente premiados del ridículo espectáculo de vanidad que ofrecen?

Dentro de dos semanas Sevilla ha pujado por captar la ceremonia de las estrellas Michelin en el Teatro Lope de Vega. Una ciudad cobardona y acomodaticia –en palabras de José Antonio Carrizosa, director de Diario de Publicaciones del Grupo Joly– incapaz de sacar la tumba del asesino Queipo del Llano de la Basílica de la Macarena y con el complejo de inferioridad de no tener un restaurante de tres estrellas. ¿Qué precio público ha pagado el Ayuntamiento hispalense a la empresa francesa para obtener nuevas estrellas en la capital andaluza?

Mientras mantengamos la hidalguía culinaria de sangre y los privilegios de unos cuantos será imposible que aflore el talento gastronómico en este país.

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