Míralo, míralo, ya se ha mosqueao . Por Yolanda Vallejo

Lo más sensato que he escuchado esta semana fue lo que dijo Antonio el Malagueño en «Apatrullando» de la Sexta dedicado a Cádiz. Después de un rato de programa lleno de tópicos y de lugares comunes, el que fuera alma del movimiento vecinal de El Pópulo en los noventa describió, por fin, lo que le pasa a esta ciudad: «medio Cádiz está medicándose». Lo dijo refiriéndose a los desahucios y a la turistificación, pero se puede aplicar a todo lo que nos pasa, y ya no tengo ninguna duda: es el efecto de la medicación. Me agarro a este pensamiento como un clavo ardiendo con la esperanza de que todo lo que ha sucedido esta semana –nuestra Semana, con mayúsculas- no sea más que producto de una enajenación mental transitoria que se nos irá pasando, porque la ciudad que inventó la comedia se ha hecho prisionera de la tragedia. No faltan risas, sobran agravios.

El Carnaval siempre fue exceso: de ingenio, de sátira, de emoción. Pero lo que hemos visto estos días no es el abuso jubiloso de la máscara, sino el exceso áspero de la polarización. Basta recorrer las redes sociales, asomarse a una esquina a escuchar, para percibirlo: la gente está enfadada, mosqueada -que suena más carnavalero, como diría El Peña- y eso algo que se respira en el ambiente. La semana ha sido pródiga en polémicas. El pregón -con las expectativas más altas que se recuerdan- fue la gota que no sólo colmó el vaso, sino que lo desbordó como un reguero de pólvora, convirtiendo cada palabra de Manu Sánchez en munición para las trincheras. La respuesta del humorista a las críticas recibidas por su pregón: «está hecho justo para molestaros mucho», ha levantado ampollas en la sensible piel de esta vieja ciudad, que está olvidando que el carnaval nació para molestar, para poner el mundo patas arriba durante unos días y permitir que la crítica y la sátira dejaran espacio para el dardo y para la caricia, para el reproche y la complicidad con el humor como denominador común. Pero cuando el humor deja de ser puente y se convierte en barricada, algo no está funcionando. Insultos a las agrupaciones, la secretaria del jurado del COAC enfadadísima porque no le han dado las gracias como ella se merece…

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El problema de fondo es más amplio que cualquier polémica concreta. El Carnaval de Cádiz no vive aislado en una burbuja de papelillos; respira el mismo aire que el resto del país. Un aire saturado de etiquetas fáciles, de dicotomías perezosas: «los míos» y «los otros», «fachas» y «rojos», como si la historia fuera una herida siempre abierta y no una lección aprendida. En ese clima, la sátira corre el riesgo de dejar de ser espejo deformante para convertirse en altavoz de consignas. El enfado se ha vuelto una forma de identidad. Se está enfadado por el pregón, por una letra, por una decisión del jurado, por una declaración en prensa. Se está enfadado, en definitiva, por todo. Y el enfado, cuando se cronifica, pierde su capacidad transformadora y se convierte en costumbre. La indignación ya no es reacción ante la injusticia; es un estado de ánimo permanente.

Quizá lo más paradójico es que el Carnaval nació, precisamente, para aliviar tensiones. Durante unos días, la ciudad suspendía el orden habitual y se permitía decir lo que callaba el resto del año. La sátira funcionaba como válvula de escape; la risa, como pacto tácito de convivencia. Podíamos reconocernos en la caricatura sin sentirnos expulsados de la comunidad. Hoy, en cambio, parece que cualquier broma exige alineamiento previo.

Cádiz ha demostrado a lo largo de su historia que sabe reírse incluso en los momentos más difíciles. Esa capacidad no es ingenuidad; es inteligencia colectiva. El humor gaditano más brillante no necesita gritar para ser contundente, ni dividir para ser eficaz. Se basa en el reconocimiento compartido, en esa complicidad que permite que el aludido sonría, aunque le duela. Tal vez la tarea urgente sea recuperar esa complicidad. Bajar el volumen del enfado y subir el de la escucha. Recordar que, tras el disfraz y la etiqueta, seguimos siendo vecinos. El Carnaval no puede resolver la polarización de una sociedad entera, pero sí puede ofrecer un modelo distinto: si la fiesta más libre de nuestra cultura termina replicando las mismas fracturas que dominan la conversación pública, habremos perdido algo más que una semana de febrero. Habremos renunciado a un espacio simbólico donde ensayar otra forma de estar juntos. 

No mosquearse tanto, que no sabemos lo que nos espera…A ver si se nos va pasando el efecto de la medicación.

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