¡Oh, Fabio!

Luis Sánchez-Moliní

lmolini@grupojoly.com

Susana y la jaula identitaria

Si muchos socialistas de aquí y allá se permitiesen el lujo de la sinceridad, confesarían que no les gustan las formas "excesivamente andaluzas" de Susana Díaz. La presidenta de la Junta y aspirante a Ferraz es clara víctima de su incontinencia formal, de su estampa flamenca y trianera, como de película de Florián Rey, que no sabemos muy bien si es genéticamente inevitable o calculadamente artificial. Este defecto o virtud acerca peligrosamente a Susana Díaz a su propia caricatura, pero también -al entender de muchos- le facilita simpatías y votos en un paisanaje cada vez más a gusto con el tópico que se le ha asignado. Es decir, los ademanes y el verbo orientalizante de nuestra presidenta le facilitan su papel como líder andaluza de igual modo que entorpecen el asalto a Madrid. Susana Díaz se encuentra atrapada en la jaula identitaria, término que robamos al antropólogo Fernando Estévez para manosearlo a nuestro gusto.

Hace ya mucho tiempo que las formas y el folclore andaluz, que sirvieron en su momento para construir una cultura unitaria española que apoyase el desarrollo del Estado liberal, provocan cierto desdén en la sociedad española en general, y no sólo en los casinos nacionalistas. En gran parte, este rechazo se debe a un hartazgo provocado por la autoparodia complaciente que muchos de los artistas y famosos meridionales han hecho de nuestra forma de ser y estar en los medios de masas. El hecho de que, sotto voce, los enemigos socialistas de Susana Díaz hablen del "PSOE de los Morancos" no es una casualidad. Por voluntad o por herencia, la lideresa ha optado por una manera maximalista de ser andaluza, lo cual tiene sus beneficios a la hora de acudir a su clientela sureña, pero también pasa factura cuando se sale de la Bética. Si Rajoy, en vez de actuar como un contenido burgués de Pontevedra, hubiese optado por la versión más distorsionada del rústico gallego (Gabino Diego en El viaje a ninguna parte, por ejemplo), su conquista de la Moncloa hubiese sido más complicada.

Felipe González obtuvo la mayoría absoluta más amplia de la democracia española sin ocultar sus formas andaluzas, tanto físicas como verbales. Nunca forzó su condición, pero tampoco la ocultó. Dejó que su verborrea meridional fluyese con naturalidad, que las eses rebotasen alegres en los techos del Congreso, aunque se negó a interpretar a un personaje de los Quintero. Susana Díaz, quien se declara discípula del político sevillano, aún tiene mucho que aprender del maestro para salir de su jaula identitaria. Madrid bien vale contener el ademán.

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