Pequeñas virtudes

A veces nos conformamos con la calderilla de la vida

La escritora Natalia Ginzburg en su libro "Las pequeñas virtudes" sostiene respecto a la educación de los hijos que no hay que enseñarles las pequeñas virtudes sino las grandes. No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de ser y de saber. Enseñar lo que apenas sabemos, qué difícil.

Esta reflexión que he releído no sé cuantas veces figura al final de un pequeño libro tesoro de apenas ciento sesenta páginas. Añade que optamos por enseñar las pequeñas virtudes por comodidad porque no entrañan peligro alguno. Dice que olvidamos las grandes virtudes y sin embargo las amamos y quisiéramos que nuestros hijos las tuviesen, pero pensamos que deben brotar por sí mismas mientras las pequeñas virtudes son fruto de la reflexión, del cálculo y la enseñanza.

Hace falta mucha gente que reflexione sobre la enseñanza, que le pierda el miedo a vivir, que no perciba la educación como una manera de evitar el peligro sino como la mejor forma de enfrentarse a él cuando se nos presente tarde o temprano. Es verdad que a veces nos conformamos con la calderilla de la vida. Conservamos lo poco que tenemos en la caja de caudales de la prudencia sin darnos cuenta de que cuando nos hagan falta de verdad nuestros ahorros encontraremos apenas cuatro monedas que no nos servirán de mucho.

Admiro a los padres que no intentan torcer la vocación de sus hijos, quizá lo más importante que atesoramos junto a la persona que escogemos en el camino de la vida. Admiro a los padres que no le quitan las ganas al hijo que hoy les dice que quiere estudiar periodismo con todas sus fragilidades e incógnitas, a los que no desencantan al joven que quiere estudiar arquitectura, que es una de las carreras más grandiosas que se puede estudiar; a los que alientan a un hijo para ser médico, la carrera más sacrificada que existe. Admiro a los padres que silencian sus miedos y no vuelcan en sus hijos sus propias aspiraciones frustradas. En verdad, admiro a todos los padres, incluso a los torpes, porque yo me quedo siempre sin palabras ante el ímpetu de la juventud, sin saber qué decir. Enseñar con atrevimiento las grandes virtudes y aún las pequeñas debería ser la prioridad de todo adulto.

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios