Laurel y rosas

Juan CArlos Rodríguez

En la frontera de la "banda morisca"

La Frontera es más que un apellido para una villa, para una ciudad. Es también memoria e identidad. Es más que sabido que esa alusión etimológica a la Frontera que acompaña a Chiclana -a la Caeciliana romana- desde el siglo XIV, probablemente desde 1380; que es la fecha en la que "de la Frontera" pasa oficialmente a denominar a otras poblaciones de esa misma frontera nazarí, de la denominada "banda morisca", como Jerez y Arcos. Una frontera con el aún existente Reino de Granada, que es amplía y compleja, que alcanza desde Cartagena a Tarifa, que venía a ser lo que se conocía como "Terra Nullius", la "Tierra de nadie". Más concretamente, ese apelativo fronterizo sigue dando nombre a las poblaciones que se asentaban entre Morón de la Frontera y Tarifa, con Jerez y Arcos como principales asentamientos. "Una dislocación geográfica plagada de sinuosidades que dio cobijo a numerosos castillos y aldeas que aunque distantes políticamente, debían aceptar las imposiciones de una necesaria vecindad", como la ha descrito el profesor José Rodríguez Molina.

Y ahí estaba Chiclana. Una tierra de nadie, de conflicto, de ataques, de saqueos. En 1410, por ejemplo, cuando el rey de Castilla, Juan II, dicta una orden a los concejos de Jerez, Vejer, Alcalá de los Gazules y Tarifa -y también a Chiclana- para que retiren todos los ganados de la frontera. Una tierra de continuas refriegas con almogáraves, almocadenes y alfaqueques, que al catedrático Rafael Sánchez Saus -uno de los que mejor ha estudiado esos siglos entre musulmanes y cristianos- le ha dado en comparar con el "far west" del mundo islámico. Una tierra donde no era fácil vivir a partir de la reconquista de Sevilla (1248) y de Cádiz (1249), aunque la entonces Qadis fue pasando de mano en mano, conquistada y nuevamente recoquistada una y otra vez, entre 1235 y 1264. Lo propio en la frontera. Aunque Yazirat Qadis, entonces una especie de recinto militar amurallado, no era ni mucho menos la principal ciudad de la Cora de Sïduna (Sidonia), la provincia andalusí: lo había sido la desconocida Qalsena, luego Sïduna, Medina, hasta el siglo X -aunque la identificación de la actual Medina con Sïduna está en duda- y lo era Saris, la capital. Jerez.

El cronista Pedro de Medina (1493-1597) -un verdadero renacentista, que fue matemático, geógrafo, astrónomo y autor de un pionero "Arte de navegar", publicado en 1545- ya afirma que cuando Fernando IV entrega Chiclana a Alonso Pérez de Guzmán en 1303 era una "tierra despoblada que solía ser aldea", "que estaba yerma" y "que era término de la Puente de Cádiz". Dice, además, que el rey la da a merced a Guzmán el Bueno para que "la poblase y hiciese allí un castillo". Es decir, si era "tierra despoblada que solía ser aldea" y "estaba yerma" -y necesitaba de un torreón defensivo-, lo era porque, precisamente, ese carácter de frontera motivó una guerra continua, total, en primera línea de batalla. Por ejemplo, entre 1275 y 1285 vivió, tras el desembarco de los meriníes desde el norte de África, un saqueo constante, con enfrentamientos y andanadas sucesivas.

Si se lee con detalle a Pedro de Medina se observa un matiz interesante acerca de ese castillo que dice debió construir Guzmán el Bueno. Dice concretamente el cronista que lo "comenzó a hacer en derredor de la fortaleza, una barbacana con sus cubos, y sácola de los cimientos, la cual dejó como hoy parece". Es decir, ya existía una fortaleza, seguramente ruinosa, que reconstruyó y amplió con un torreón. Ese "castillo" es, sin duda, el que existió en el cerro del Castillo, en el mismo lugar donde los fenicios siglos antes habían erigido un recinto amurallado. Inevitable volver sobre esa cita, ya en el siglo XIX, de Fernán Caballero en "No transige la conciencia" y que decía: "Dominaban el pueblo de Chiclana sobre dos alturas, una torre morisca ruinosa, como imagen de lo pasado la una; y una lindísima capilla, como imagen de lo presente, en la otra". De aquella frontera, esta Chiclana.

De aquel documento de enajenación señorial por el cual Fernando IV le concede Chiclana a Guzmán el Bueno, hemos pasado muy de puntilla sobre la afirmación -como insiste Pedro de Medina- de que Chiclana pertenecía el "término de la Puente de Cádiz". Ese término, que solo se mantuvo durante los siglos XIII y XIV, comprendía "el territorio insular de San Fernando y las áreas continentales de Chiclana y parte de Puerto Real con sus alquerías correspondientes", según los historiadores Antonio Sáez Espligares y Antonio M. Sáez Romero. El llamado islote de Sant Batar (Sancti Petri), con su iglesia dedicada a San Pedro y el caño, pertenecía aún al alfoz de Cádiz. Pero seguía siendo un núcleo de comunicación imprescindible para la aldea de Chiclana a través del río Besilo.

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