Laurel y rosas

Juan CArlos Rodríguez

Félix Arbolí y la memoria de García Gutiérrez

Félix Arbolí publicó en 1970 un libro que era -que aún es- todo un testimonio de "infatigable amor" por Chiclana, como lo describió Fernando Quiñones. Aquel libro, de cubierta amarilla y estampa de la Plaza Mayor en portada, tenía un título proverbial: "Chiclana, entre el mito y la verdad". Y encerraba una hermosa historia de amor de un hombre con su tierra, con "su paraíso frente al mar", como describía esta ciudad Félix desde esa nostalgia madrileña en la que vivió y en la que escribió. "Eres, Félix, el chiclanero más enamorado de su tierra que he visto", proclama otro poeta, Carlos Martel, en su prólogo. Un libro que aún hoy conservo, ajado, anotado, con hojas sueltas y que se publicó por la insistencia de otros chiclaneros, entre ellos, Pepe Marín. Y este libro, una verdadera guía de viaje a la manera de los románticos del siglo XIX, un recorrido por su historia, su memoria, unas calles y unas vidas -García Gutiérrez y Paquiro, Curro Jaramago, Rumbumbum, el Cojo Farina, la Mónica y el Magistral Cabrera, entre otros muchos- que anticipaba, por ejemplo, como La Barrosa, entonces un "mar entre pinares", está llamada "a transformarse en el mejor y más sensacional lugar de veraneo del sur de España en todas las estaciones del año".

En ese libro -hoy además un evidente testimonio antropológico sobre una ciudad, la del 1970, quizás ya inexistente-, Félix escribió un breve esbozo biográfico del poeta Antonio García Gutiérrez, en el que reivindicaba el traslado al centro del monumento al autor de "El trovador" -entonces en la barriada de El Carmen- y, sobre todo, señalaba como colofón: "El hijo más preclaro que ha tenido la ciudad, bien merece que sea honrado y recordado por todos sus paisanos con la dignidad y el fervor que se merece. Muchos pueblos con figuras menos preeminentes se han volcado el doble. Chiclana le debe un homenaje a tan preclara figura de las letras españolas que Dios quiso naciese en su término". Entonces no sabía el propio Félix Arbolí que él mismo iba a tener un papel extraordinario, imprescindible, en la memoria, la reivindicación y en la justicia histórica con García Gutiérrez. Me lo contó un día en el café Gijón, luego, con más detalle, en su casa de la calle General Ricardos, y luego tuvo la oportunidad de recordarlo en el Bicentenario en una conferencia del Ateneo de Chiclana. Gracias -y aún debemos de seguir dándole las gracias una y otra vez más- a Félix Arbolí los restos mortales de García Gutiérrez pasaron en Madrid de una tumba olvidada en el cementerio de San Lorenzo al Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Justo, en el lugar exacto que debe ocupar en la historia del Romanticismo y de la literatura española: junto a José de Espronceda, al lado de Mariano José de Larra.

La historia más o menos, con su intriga y su investigación en la Hemeroteca Nacional incluida, vino a ser así. "Me invitaron a dar una conferencia en el desaparecido Club Pepe Gallardo, en la calle Vega esquina a la Alameda, precisamente sobre García Gutiérrez por lo que yo había escrito". Era 1974, y entre otros datos, Félix Arbolí había reseñado en su libro que el autor de "Simón Bocanegra" había sido enterrado "en la Sacramental de San Lorenzo, en un nicho vecino al del eminente dramaturgo don Eulogio Florentino Sanz". Él recordaba cómo "alguien me preguntó si sabía en qué nicho y por qué no se traía a Chiclana". Félix contestó que no lo sabía, pero que iba a investigar. A la vuelta a Madrid, se refugió en la Hemeroteca Nacional, entonces en la calle Magdalena, y comenzó a consultar periódicos y periódicos de la época. Hasta que en "La Ilustración Ibérica" encontró una crónica firmada por Fernanflor, heterónimo del periodista Isidoro Fernández Flórez, en la que culmina su necrológica de García Gutiérrez con la pista definitiva: "Ayer se le dio sepultura en el cementerio de San Lorenzo, patio de San José, fosa núm. 97. Allí está su cuerpo; su alma, en sus obras".

Y ahí se fue. "Pero en el cementerio nadie sabía donde estaba esa tumba. Así que le di 500 pesetas al guarda y le prometí otras 500 si encontraba el enterramiento". A los pocos días, volvió y aquel guarda le llevó frente a García Gutiérrez. Ahí comenzó una frenética carrera, reuniones, súplicas, compromisos, por sacar de ese anonimato aquellos restos y llevarlos, no a Chiclana, sino a donde debió ser trasladado cuando en 1902 se inauguró el Panteón de Hombres Ilustres de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Con la colaboración del Marqués de Lozoya, que entonces presidía dicha asociación, y del entonces Ayuntamiento de Chiclana, con el alcalde Carlos Bertón al frente, consiguió que García Gutiérrez compartiera tumba con Espronceda. A ahí está desde entonces. Exactamente donde debe de estar.

Félix Arbolí es, fue, será mucho más. No solo por su vinculación a García Gutiérrez -realizó también una intensa búsqueda de libros sobre García Gutiérrez para la Biblioteca Municipal, entre otras tareas-, sino por todo lo que fue: periodista, escritor, padre, honesto, chiclanero ante todo. Otros pueden hablar más y mejor sobre su legado. Ha muerto con 84 años y el mismo inquebrantable amor por su ciudad que siempre profesó. Su memoria merece una calle, al menos, y que nunca dejemos de darle las gracias.

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