El Zaporito, historia, recuerdo y porvenir

La carpintería de ribera

  • El barrio del Zaporito debe su nombre a Juan Domingo Saporito, su propietario, quien en 1711 construyó el caño. Más tarde, estos terrenos pasaron a ser propiedad de los Marqueses de Ureña, quienes renuevan el muelle y promueven los famosos los baños de mar. Desde finales del siglo XIX y hasta mediados del XX, la industria artesanal de la carpintería de ribera centró su actividad

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En el último tercio del s. XIX la carpintería de ribera, una industria artesanal de muy antigua tradición, gana cada vez más importancia en la construcción de embarcaciones adaptadas a la navegación en aguas poco profundas, ideales por tanto para los caños.

En la plaza del Zaporito estaban situados los astilleros que Manuel Martínez Caballero había heredado de su padre a finales de la mencionada centuria. Aprovechando el tirón de la demanda existente, consiguió grandes éxitos, y tanto directa como indirectamente proporcionó trabajo a muchas familias, favoreciendo la economía del barrio y de la ciudad.

Estos astilleros contaban con carpintería, almacenes, dique y rampa de lanzamiento, y se dice que el primer camión que se utilizó en la Isla perteneció a esta empresa.

La materia prima utilizada era la madera que llegaba desde los bosques vecinos a esta carpintería donde se cortaba y se preparaban los tablones, ya que incluso en aquél tiempo disponía de sierra mecánica con motor eléctrico, lo cual suponía un nivel de tecnología importante.

Los planos los realizaba el delineante Ramón Martínez Caballero, hermano del constructor. Una vez elaboradas las previas, se terminaba el casco en la cama de construcción del muelle. Luego tenía lugar la botadura que se realizaba en la rampa de lanzamiento, a través de unas guías por donde el barco se deslizaba hasta el agua.

El dique se usaba también para las reparaciones. Disponía de unas compuertas que se cerraban cuando la marea bajaba para que permaneciera vacío al subir la marea, y así poder calafatear la embarcación o realizar las reparaciones necesarias en seco. Una vez terminada la faena se abrían las compuertas y se esperaba la pleamar para que el barco abandonara el dique sin dificultad.

Manuel Martínez Caballero construyó barcos para San Fernando, Chiclana, Puerto Real, Barbate, Conil y otros pueblos de la provincia. Sus armadores eran tanto particulares como sociedades. Por ejemplo la Compañía de Cosechadores de Sales, el Consorcio Salinero o el Consorcio Almadrabero, que eran quienes le encargaban las embarcaciones de mayor tonelaje.

Se construían sobre todo candrayes, barcos pequeños de dos proas que resultaban muy adecuados para la navegación en los caños; o también faluchos, botes etc. Y también pailebotes.

Así por ejemplo, en el año 1926 se botó el San Carlos de casi 10 metros de eslora; o antes, en el año 1915 el Salvador, que tenía más de 17 m. de eslora y su precio fue 7.500 de las pesetas de entonces, de cuando un salario mínimo era menos de 200 pesetas.

La fama de Manuel Martínez Caballero como constructor llegaría a lo más alto cuando el 12 de abril de 1918 tuvo lugar, con gran éxito, la botadura de un pailebote de 150 toneladas llamado el Rocafull y la de un bote de vapor llamado la Carmela. Fueron encargados por D. Rafael Rocafull y D. Juan Roquet, prácticos del puerto de Cádiz.

La guía anuario de San Fernando de 1919 en su sección de episodios notables del año, recoge el acontecimiento de la siguiente manera:

"Este Astillero de San Fernando, ha sido en el año finado de 1918, un verdadero centro de actividad que ha contribuido en la medida de sus fuerzas multiplicadas por un esfuerzo hercúleo de voluntad, al aumento de tonelaje español, aportando dos construcciones de madera, de excelentes condiciones marineras y cuyas líneas esbeltas y proporcionadas, merecieron el más caluroso elogio de los técnicos que las examinaron.

Fue la primera muestra la botadura verificada el día 12 de Abril, de un bote de vapor nombrado 'La Carmela', construido para los distinguidos Capitanes de la Marina Mercante y Prácticos del Puerto de Cádiz, D. Juan Roquet y D. Rafael Rocafull, y por este primer éxito mereció los mayores aplausos de todos, el constructor D. Manuel Martínez Caballero, cuyo retrato consignamos en esta Sección, verdadero hijo del trabajo que luchando en medio de las más desventajosas condiciones, por la escasez de materias primas, supo rematar la empresa y apenas botado al agua arbolar la quilla de un pailebot de 150 toneladas de carga, el mayor construido en esta ribera, que cinco meses después, caía al agua el día 22 de septiembre, afirmando con su feliz y rápida construcción el prestigio del constructor y la excelencia de la mano de obra del personal del Astillero".

El Rocafull tenía 25 m. de eslora, 6,75 m. de manga y de puntal 3.05 m. En rosca el buque desplazaba 164 toneladas y tenía una amplísima bodega para 150 toneladas de carga.

Para presenciar la botadura acudieron al muelle del Zaporito infinidad de familias de San Fernando, Cádiz y del resto de la provincia, técnicos y autoridades que aplaudieron al constructor D. Manuel Martínez Caballero, al delineante de la Armada D. Elías Barreiros, trazador de los planos y al hermano del constructor D. Ramón Martínez Caballero a cuyo cargo corrió el trazado de la sala de gálibos.

Diario de Cádiz, 50 años más tarde, recordó el acontecimiento en su sección de efemérides el 25 de noviembre de 1968.

La fama de Manuel Martínez Caballero no se limitaba al aspecto profesional, sino que se distinguió también por su calidad humana, por su honradez y su bondad. Se cuenta que en los llamados años del hambre que siguieron a la guerra civil española, uno de sus obreros le dio a conocer las penalidades que pasaba un amigo suyo con su familia. D. Manuel le respondió: ¡Que vaya más tarde por mi casa! Y más tarde a la puerta de su casa llegó aquel necesitado con otros acompañantes a quienes iba socorriendo. Y la voz se corrió de tal manera que cada vez llegaban más y más, hasta el punto que se vio obligado a salir por la puerta trasera porque verdaderamente no podía ayudarlos a todos.

Su carácter de hombre trabajador y solidario con los necesitados, quedó recogido en la letra que por carnavales las comparsas le dedicaron recordando aquel suceso:

"En Puerto Real nació su hermosa cuna/ y orgulloso debe estar de su fortuna.../ Mira mucho por el obrero/ y en más de cuatro ocasiones/ ha sabido repartir el sustento a los pobres./ En cambio no suena en esta ciudad/ pero sí que cubre la necesidad.../ La botadura de hoy la llegamos a ver/ y ha quedado demostrado en verdad/ que no hay nadie que compita con él/ Nosotros... deseamos ver/ dos quillas en su astillero mayor./ Se lo merece todo D. Manuel".

La decadencia

Una fuerte competencia se desarrolló en el seno de la industria salinera tanto dentro de España como en el extranjero a la que San Fernando no fue ajeno. A la vez la industria del frío se abría camino con paso firme. Como consecuencia disminuyó la demanda de sal y de barcos para su transporte. Teniendo en cuenta que la carpintería de ribera se sostenía en gran medida gracias a esta demanda, entró en crisis.

Poco después esta misma carpintería de ribera, es decir la construcción de barcos de madera, tuvo que dar paso a la herrería de ribera y ésta a las construcciones con los más modernos materiales, de modo que aquella industria naval artesanal de tradición inmemorial, hoy día se encuentra totalmente desaparecida.

Por otro lado, aquella actividad lúdica en torno a los baños de agua de mar del Zaporito fue dejando de tener el éxito de afluencia que nos relataba José Mª Carpio, y ya hacía mucho tiempo que la gente prefería ir a la playa para bañarse en verano.

Con todo esto, en la segunda mitad del s. XX la decadencia y el abandono se fueron apoderando del barrio del Zaporito y durante muchos años se convirtió en un barrio sucio y mal oliente, ya que las aguas fecales de San Fernando iban a parar directamente a los caños y en verano cuando soplaba el levante el olor podía llegar a ser insoportable.

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