San Fernando

Nuestra Casa Consistorial

CREO que detenerse a contemplar esa joya arquitectónica que tenemos por Ayuntamiento (el mayor de Andalucía y el tercero de España), constituye un placer y una satisfacción para el disfrute de propios y extraños y, como no, para los amantes del arte.

Por eso, resulta muy preocupante observar su actual estado de conservación, especialmente en la parte más oculta de su interior, es decir -la que no se ve-. Y lo que no se ve, o se ignora, o parece que no existe.

Tal es el caso de dicha joya, que desde hace ¡casi siete años! permanece cerrada, pendiente de una rehabilitación que no llega. Y cuánta falta nos hizo que tan singular y emblemático edificio, primera casa del municipio -nuestra Casa Consistorial- se erigiese en digno testigo y prestigioso escenario de algunos de los actos más significativos del pasado Bicentenario.

Qué orgullo para la ciudad y sus ciudadanos, haber dispuesto de su incomparable marco en dicha efeméride, para el recuerdo y la memoria de esta Isla nuestra, a veces tan especial y controvertida y otras, tan particular y comprometida, pero siempre tan distante como discutida. Así se nos fue esta excepcional oportunidad histórica. Y se nos fue para la posteridad, tal vez, por dos razones fundamentales entre otras: la falta de voluntad y de previsión; claro exponente de nuestra más peculiar y genuina idiosincrasia.

No sé exactamente los motivos de orden técnico, financiero, político y de cuántos más, que impiden el comienzo de las obras. Lo que sí se, es que el desalojo del edificio, en mi opinión, fue algo prematuro y precipitado. Y si bien su evacuación era una necesidad vital para emprender la pretendida rehabilitación con inmediatez, ésta, a la vista de las circunstancias, ha perdido ya todo su argumento; pasando de una necesidad aparente a convertirse en una necesidad apremiante.

Apremiante es el término que encuentro más adecuado para describir como tal y evitar, si se puede, que los moradores actuales del edificio sean ahora -según me cuentan- las palomas y roedores, que juntos y con la complicidad del silencio ambiental unido a la indiferencia por contrarrestarlos, vienen dañando considerablemente su interior. Además del deterioro que se produce en todo inmueble cerrado durante tanto tiempo. Pero lo más sorprendente por increíble que parezca, es que nadie pone límite ni fin a esta lamentable, triste, grave y progresiva situación.¿De verdad os lo imagináis?

Y siguiendo con las objeciones, existen otras de aspectos muy diferentes, pero no de menor calado e importancia que la anterior, y que afectan directamente al gasto público y por ende a los contribuyentes. Tales como el desfase económico que se producirá por razones obvias entre el presupuesto inicial (creo recordar nueve millones de euros) y el último (?), cuando por fin haya vía libre de ejecución de las obras, si es que alguna vez las hay. O las cantidades dinerarias que se necesitan para sufragar los alquileres de los inmuebles destinados al desarrollo de la actividad municipal. O lo invertido en las adquisiciones de otros locales. O lo gastado en obras de reformas y adaptaciones con idéntico fin. Todo ello soslayando entrar en otras consideraciones porque la realidad de lo que antecede se supone que está presente en la mente de todos.

Y mientras tanto, el Ayuntamiento como ente público con obligación de ofrecer coberturas de servicios a la ciudadanía, se dispersa y se fracciona como si fueran -pequeñas Casas Consistoriales- distribuidas por distintos puntos de la localidad y como consecuencia, también su personal y los ciudadanos que, con frecuencia, no saben siquiera a donde acudir para resolver sus asuntos relacionados con la administración local.

Razonablemente, ante tanta evidencia ¿no creen ustedes que ya es hora de cerrar "esas casas" y refundirlas sin excepción alguna, -¡en una sola!-, homogénea y bien estructurada, bajo una dinámica más cercana, eficaz y diligente; con capacidad de servicios suficientes en beneficio de los ciudadanos, que en definitiva, es de lo que se trata?

Pues como ciudadano amante de mi ciudad, así lo manifiesto por si acaso se despiertan conciencias y surgen soluciones, consiguiendo que esa joya, símbolo de nuestra Isla, brille con luz propia, no sólo por fuera, sino principalmente -desde dentro- por lo que supone y representa. Y entonces, solamente entonces, sí habrá merecido la pena esperar casi una década.

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