Se murió Robe Iniesta y, según nos hemos enterado la mayoría de los mortales tras su deceso, se ha perdido un talento lírico equiparable al de Antonio Machado. Un inmenso poeta, dicen. Alguien a la altura de Leonard Cohen y Bob Dylan y Franco Battiato, por citar a cantantes también autores de los versos de sus canciones. Extranjeros todos, que en comparaciones nacionales a muchos les sale la vena patriótica, de su patria pequeña, que los españoles somos muy patriotas para defender nuestro terruño, bastante menos si se trata de España. Los medios se han deshecho en elogios ditirámbicos, prolongados durante días en columnas periodísticas, piezas de telediarios y programas radiofónicos. ¿De verdad era para tanto? ¿De verdad estábamos ante el culmen de los rapsodas mayores del reino? A uno, que lleva casi medio siglo escuchando música, por obra y gracia de mi hermano mayor, siempre pegado a una radio, y algo menos leyendo poesía, le cuesta creerlo.
Cada junio, cuando se publican las notas de la selectividad, que ha cambiado cien veces de nombre y así la sigamos llamando, como se sigue hablando de la contribución en lugar del IBI, los chavales andan nerviosos, haciendo cábalas con las notas de corte de las carreras que desean cursar. Y algunos padres más que sus hijos, en esa especie de adolescencia vicaria con la que viven hoy tantos padres las cuitas de su prole, redoblando la gravedad de sus preocupaciones en vez de transmitirles el sosiego que se supone inherente a la madurez. Todos histéricos a la espera de alcanzar el 13,74 requerido, llevando huevos a santa Clara para que escampe y la criatura no se quede en el 13,70. Y uno se pregunta si el nivel académico de nuestros hijos es tan elevadamente similar que el acceso a una carrera tenga que dirimirse por centésimas. ¿Tan brillantes son en conjunto? Cierto es que, recién superada mi adolescencia, empezaron a proliferar por doquier superdotados (personas de altas capacidades, en español actual). Niños que no daban un palo al agua, niñas que no se relacionaban con nadie resultaban ser auténticos prodigios cuyas dotes eran tan superiores a la media que para qué iban a molestarse en hincar codos o mezclarse con otros gregarios adolescentes. Pedagogos y psicólogos dijeron a los padres lo que querían oír: no que su descendencia fuera floja, inadaptada o simplemente cortita, sino un portento… incomprendido. Y con tanto superdotado suspendido más rentable era bajar el listón académico antes que crear escuelas para guiar tal excedente de talento. Si antes pocos destacaban, ahora la media de nuestros bachilleres roza el sobresaliente. No extraña que, como si de una final olímpica de velocidad se tratara, entrar o no en un grado dependa de centésimas. Tanta exagerada “brillantez” es lo que tiene.
El tiempo acelerado que Occidente empezó a vivir hace aproximadamente un siglo, como viera con sagacidad el olvidado Ramón (Gómez de la Serna, claro), y que se fue acelerando conforme discurría el siglo XX, hasta el punto de que su velocidad ha acabado siendo la de la luz y apenas nada dura, obras y acontecimientos antes de pasar ya son pasado y se exprimen hasta el hartazgo sin haber sucedido, está siendo sustituido por un tiempo exagerado en el que todo, por muy pasajero que sea, es lo máximo, lo mejor del mundo mundial, de hoy, ayer y siempre: los logros de cualquier personaje público son alabados con exageración, los estudiantes a los que presionamos cual atletas olímpicos son sobresalientes en un porcentaje inusitado. La unidad de medida de nuestro tiempo parece ser la exageración. Y si fuera sólo para lo bueno, pues bueno. Lo malo es que también lo es para lo malo, y lleva cualquier asunto al extremo, agravando lo de suyo leve, inane. Si la vara de medir es la desmesura, nada nos da la medida ponderada, verdadera, de las cosas.