Un joven preguntó a Churchill qué le aconsejaba estudiar para dedicarse a la política “Historia, sin duda, la Historia atesora todos los secretos de la gobernación del estado”. Y no le faltaba razón. Todo lo que pueda ocurrir en un futuro es probable sucediera de modo similar en el pasado. El alma humana se nutre de pulsiones que han cambiado poco en milenios. Si queremos gestionar la res pública con ciertas garantías de éxito, aprender del pasado es muy pedagógico.
¿Y qué deberíamos recomendar a quienes se dedican a la gestión empresarial? Que estudien Historia y por idéntico motivo: las circunstancias cambian, pero pocos acontecimientos económicos o empresariales carecen de antecedentes aunque sea por analogía. No hay fortuna ni ruina, por deslumbrante que sea una o dolorosa la otra que no haya visto el mundo. Leer historia es toparse con crisis económicas: la caída del Imperio Romano, la peste negra, la burbuja de los Tulipanes o el Crack del 29. Si la informatización se ha demostrado disruptiva, antes lo fue la imprenta y la transformación que trae la IA provoca similares temores y confianzas a los que desencadenó la Revolución Industrial. El ludita se encarna hoy en los tecnófobos. La historia nos hace comprender mejor el presente a la vez que aporta indicios para vislumbrar el futuro y anticiparnos a los cambios de rumbo del mercado.
Y también hay que estudiar Humanidades. En el más amplio sentido de la expresión. Se dice que la Filosofía es la madre de la ciencia en el sentido que le daban los antiguos griegos, el de la búsqueda de la sabiduría mediante la observación y el razonamiento para entender un mundo que no responde a los caprichos de los dioses sino a patrones regulares que podemos analizar desde la razón.
Todo ello sin dejar de aprender cuanto resulte necesario y efectivo para ejercer eficientemente nuestro oficio. Aprendemos si seguimos un programa organizado de estudios, pero también leyendo. Y tan útil es una publicación técnica como otra de ficción. Nos abrirán los ojos del intelecto y si son obras que indaguen en el alma humana nos ayudarán a entender mejor el mundo.
Centrándonos en la gestión empresarial no hay mejor definición del riesgo y ventura del empresario que la que Shakespeare pone en boca de Shylock en El mercader de Venecia, ni crítica más acerada al intervencionismo que la que Cervantes nos regala en la conversación de don Quijote con el pastor Andrés sobre la paga atrasada y los intereses devengados. No son ejemplos únicos, pero su calidad es sublime. La literatura retrata, sea para alabarlo o condenarlo, el orden social del momento y por eso es una fuente inagotable de experiencias que enriquece nuestro bagaje cultural. No se entiende igual la evolución económica de España si no se ha leído a Galdós. Sus Episodios Nacionales diseccionan con pulso de cirujano la vida de una nación durante un siglo determinante que observa, a la vez, con la viva curiosidad del niño y la escéptica mirada del anciano.
E igual el cine, válvula de escape y reflejo de los esfuerzos, éxitos, fracasos, riquezas o penurias de la gente. Cada película es, consciente o inconscientemente, un retrato minucioso de la sociedad a la que se dirige. Es imposible no aprender sobre liderazgo, gestión, organización y principios éticos o ausencia de ellos, viendo, por citar sólo algunos clásicos: Qué bello es vivir, Tiempos modernos, Ciudadano Kane o la saga de El Padrino.
Para una empresa es fundamental observar y analizar a la competencia, buscando más nuestros puntos débiles que los fuertes de otros. Son nuestras debilidades las que nos harán fracasar; no las fortalezas de otros. Y para ello, ese bagaje que nos dan las Humanidades se muestra fundamental.
Siempre será necesario dominar las habilidades y aptitudes que requiere cualquier responsabilidad derivada de un puesto directivo, pero lo que nos va a diferenciar y es eso lo que nos ofrecen las Humanidades, es la capacidad de abarcar con amplitud la realidad que nos rodea, siempre compleja y cambiante. Sobre todo, cambiante, aunque a veces parezca que se mueve en círculos.