La tribuna

Groenlandia en el Risk

Groenlandia en el Risk
Rosell

Escritor Y Periodista

Amí me gustaba decir aquello de “te invado Kamchatka” y agitar los dados rojos para atacar. En el Risk, aquel juego de mesa concebido para ilusos estrategas, la península de Kamchatka, situada en el extremo oriental de Rusia, tenía una especial atracción para mí. No sé si era por lo onomatopéyico del nombre, Kamchatka, que podría asociarse, qué se yo, si a una primera serie de televisión de culto. Tal vez fuera porque desde Kamchatka uno podía invadir con la suerte de los dados los territorios de la tundra a través de los Urales, Siberia o el más helador confín de Yakutsk. Podría ser, también, que mi fijación fuera porque la conquista de Kamchatka te permitía pasar tropas por el estrecho de Bering hacia Alaska, territorio que formaba en el Risk el continente de América del Norte, pintado en tonos amarillos, y que, esta vez sí, su nombre remitía a la mítica serie Doctor en Alaska. Hay quien ya no recuerda el mundo anterior a Netflix.

El Risk nos convertía a mis primos adolescentes y a mí, convocados para la guerra (la guerra familiar entre mayores tenía sus propios cauces), en estrategas de salón, hasta que la partida, a menudo enquistada, terminaba o en tablas por hastío o por acusaciones por trampas y arterías. En el Risk se repartían cartas con objetivos secretos, como conquistar tantos territorios o, lo más excitante, destruir con agazapado deleite los ejércitos de algún jugador. Divididos en infantería, caballería y artillería, los cuadraditos de colorines (un color según el ejército) se desplazaban victoriosos y ufanos sobre el tablero. Muchas veces, al fallar los dados, los cuadraditos mermaban en efectivos derrotados o se reabastecían si lo permitía el corredor de los territorios que ocupaba tal o cual jugador.

Inspirado el juego en las guerras napoleónicas, recuerdo haber jugado al Risk, en una edición especial, no ya con fichas de cuadraditos sino con figurillas de soldados de infantería y de caballería. Había también fichas que imitaban la cañonería a la vieja usanza, en imitación a la empleada en Austerlitz, Leizpig o Waterloo (sin leer aún La cartuja de Parma de Stendhal, uno atisbaba fantasiosamente el humazo y el olor de los cañones sobre el tablero, ajeno al verdadero olor a sangre y a mierda sin control de esfínteres que dejan los muertos en los campos de batalla). Me pregunto si en una posible y nueva edición del Risk, adaptada al actual desguace del orden conocido, cabría la posibilidad de que pudieran repartirse no ya viejos cañones, sino drones y hasta figurillas de soldados para la guerra cibernética. Deberían repartirse también cartas con nuevos objetivos por cumplir, como aquellas que invitasen a la conquista de todos los territorios donde existiesen tierras raras.

Antaño yo prefería, como digo, llegar a Kamchatka, fuese cual fuese en realidad mi cometido (invadir, por ejemplo, la para mí inapetente zona de Oceanía, teñida en tonos malvas). A veces me conformaba con desplegar los ejércitos sobre el mapa azul noche de los territorios de Europa. Y Groenlandia, claro está. Recuerdo bien aquel islote perdido, informe y grande que formaba Groenlandia. En el Risk estaba pintado de amarillo, como los otros territorios de América del Norte. Para invadir Groenlandia desde Europa (en la edición que evoco), había que conquistar primero Escandinavia o Europa del Norte, saltar a Gran Bretaña y luego a Islandia. Sólo se podía atacar Groenlandia por el Atlántico desde la Última Thule soñada por Borges.

La otra posibilidad de atacar Groenlandia era hacerlo desde Ontario, el Quebec y los llamados Territorios del Noroeste en el hoy Canadá. No podía hacerse ni desde los Estados Unidos del Oeste ni desde los del Este. En la adolescencia pardilla, ni mis primos ni yo sabíamos nada de la ley hobbesiana del más fuerte. Nada de la doctrina Monroe (1823). Nada del concepto de la política y la guerra según von Clausevitz. Donald Trump, el Agente Naranja (así lo llama Leila Guerriero), quiere Groenlandia porque sí. No estaría de más que, puesto al día, el Risk permitiera entre sus cartas con objetivos poder destruir a Trump y, de paso, a Putin.

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