La tribuna

Chaves y Miranda

Chaves y Miranda
Rosell

Entre los artículos inéditos de Chaves Nogales, recientemente publicados (véanse los Apéndices al tercer tomo de sus Diarios de la Segunda Guerra Mundial), nos encontramos con una breve Semblanza de Francisco de Miranda y Simón Bolívar en Grafton Way, domicilio londinense del primero. Según advierte su editora, Yolanda Morató, Chaves preparaba un proyecto, nunca concluido, sobre los exiliados panamericanos en Inglaterra, entre los cuales Chaves no dejaría de encontrar un reflejo anticipado de su propia situación. El general Miranda, conocido como el Precursor, debe su celebridad no solo a su papel principal en la independencia de Venezuela, sino a la instigación de aquel vasto movimiento, del que resultaría la independencia de los antiguos territorios hispánicos. Razón por la cual Chaves lo representa en su casa de Londres, como conjurado nocturno, mientras lo observa, amparado en las sombras, un espía de su católica majestad, Fernando VII, quien ha puesto precio a su cabeza.

No es este el Miranda que ahora nos interesa. Miranda, que ha conocido al abate Marchena camino de su exilio suizo; que ha frecuentado en Venecia al jesuita expulso –y notable esteta español– Esteban de Arteaga; que encontraría la muerte en el presidio gaditano de La Carraca, ha establecido también, en las prisiones de Francia, una importante amistad de cuyo rastro epistolar solo quedan las cartas de su corresponsal, el anticuario Quatremère de Quincy. Las Cartas a Miranda son, pues, la parte conocida de un diálogo implícito, cuya relevancia se atribuye convencionalmente, y no sin algo de razón, al anticuario francés. “Usted me pregunta –escribe Quatremère en su Primera Carta, publicada en 1796– qué efectos podrían derivarse para las artes y la ciencia del traslado de los monumentos de Italia y de la desmembración de sus escuelas y de sus museos”. Una pregunta que surge de los latrocinios, destrucciones y rapiñas napoleónicas por toda Europa, que Miranda consideraba política y moralmente inaceptables, pero que Quatremère responderá en términos culturales; vale decir, en términos de conservación del patrimonio histórico. La vasta y exhaustiva presa llevada a cabo por Francia desde los días de la Convención, apoyaba su voracidad artística en un prejuicio cultural enunciado por Longino en el siglo I, pero popularizado en el XVIII por la Historia del Arte en la Antigüedad de Winckelmann. Según el anticuario sajón (y este es uno de los hechos determinantes del Neoclasicismo y su formulación en términos políticos, a la manera de Jacques-Louis David), el arte y la democracia son dos facetas de un mismo fenómeno humano. De tal manera que el gran arte griego es hijo de la democracia ateniense; y la democracia francesa encontrará su expresión, su correspondencia y su pedagogía en el arte clásico, que los pueblos envilecidos y ancianos como Italia ya no merecen.

La postura de Quatremère y Miranda es justo la contraria. El arte debe vivir y protegerse en su propio escenario, sin el cual la obra artística se presenta como hecho irreflexivo, opaco y anaerobio. Esta afirmación de Quatremère iba dirigida, como parece lógico, contra el proyecto del museo Napoleón, luego Louvre, en el que el Sire pretendía acopiar el inmenso latrocinio practicado en Europa y el norte de África. Afirmación que viene a corroborarse, de algún modo, por el Diario de viaje a Grecia y Turquía (1786), del propio Miranda, obra de un hombre cultivado, pero no de un arqueólogo a lo Quatremère. Cabe preguntarse, en todo caso, si el general Miranda no tuvo en la cabeza, como origen de su correspondencia y ejemplo de lo contrario, la temprana consignación del arte precolombino llevado a cabo por la Ilustración hispánica, a instancias de Carlos III y Carlos IV; o la mayor y más célebre empresa arqueológica del siglo XVIII, obra también de Carlos III, cuando dé comienzo a las excavaciones de Herculano (diez años después llegaría Pompeya), en el mes de octubre de 1738, siendo todavía rey de Nápoles, con el nombre de Carlos VII.

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