EDITORIAL
Enseñanzas de Groenlandia
Ha tenido que amenazar el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, la soberanía y la seguridad de un miembro de la Unión Europea para que los países miembros de la institución continental hayan empezado a esbozar algo parecido a una reacción contundente. La crisis de Groenlandia, mucho más que la de Venezuela o la de Irán, es el exponente más claro de la disrupción que han sufrido las relaciones internacionales desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y las consecuencias que ello ha tenido en Europa. Groenlandia demuestra la nula importancia que el presidente de la primera potencia mundial concede al vínculo transatlántico sobre el que han pivotado los equilibrios geoestratégicos en los últimos ochenta años y el papel absolutamente irrelevante que concede a la OTAN. Así las cosas, los países que forman parte del núcleo duro de la UE, entre ellos España, tienen la obligación de enviar a Washington un mensaje claro de que no se está dispuesto a tolerar una agresión contra un país que, como ocurre con Dinamarca, ha sido siempre uno de los miembros más indiscutidos de la alianza occidental. No se trata de iniciar un pulso militar contra los Estados Unidos, ya que ello sería tan inútil como irracional. Pero sí de demostrar que el continente está unido y que no se puede tomar a la ligera a un espacio político y económico que reúne a más de 400 millones de habitantes y que a lo largo de la Historia ha sido el centro de los derechos humanos y del progreso social. La crisis de Groenlandia, y en general la configuración de un nuevo orden mundial, arrojan múltiples enseñanzas para Europa. La principal de ellas es que sólo poniendo en valor la unidad que representa la propia existencia de la UE se puede ejercer influencia y hacer frente a amenazas exteriores en un mundo en el que las certezas de la estabilidad han desaparecido.
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