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La esquina

José Aguilar

jaguilar@grupojoly.com

Al ‘procés’ acaban de enterrarlo

El ‘procés’ acabó el domingo, pero empezó a morir por el artículo 155, la Justicia y el hartazgo de los catalanes

Ha dicho Núñez Feijóo que el procés no ha muerto tras la contundente victoria del PS catalán en las elecciones del domingo y que Salvador Illa será sacrificado por Pedro Sánchez para que Puigdemont vuelva a ser presidente de la Generalitat a cambio de asegurarse sus votos en el Congreso.

Está desorientado el líder del PP. El procés está muerto y enterrado. No las ideas independentistas ni los proyectos políticos nacionalistas en Cataluña, que ni son ilegítimos ni tienen por qué perseguirse, sino aquel plan urdido durante años y perpetrado en 2017 para abolir la Constitución en una parte del territorio nacional, organizar un referéndum ilegal, desconectarse de las leyes españolas, declarar la independencia e implantar una república durante un rato. Todo ello unilateralmente, por mayoría de votos en el Parlament.

El sepelio no ha sido cosa de un día, ni siquiera del día solemne en que una mayoría de ciudadanos de Cataluña respaldó las candidaturas constitucionalistas y castigó las soberanistas. Empezó mucho antes. Empezó en 2017, cuando los dos grandes partidos democráticos, PSOE y PP, se pusieron de acuerdo para defender la Constitución de sus agresores (artículo 155), continuó cuando la Justicia sancionó a los sublevados y concluyó hace menos de una semana, cuando los electores expresaron su hartazgo con los promotores del procés y su rechazo a los “logros” de la aventura secesionista: una Cataluña empobrecida, con peores indicadores sanitarios y educativos que el resto de las autonomías, polarizada como ninguna y culturalmente deteriorada. Lo han certificado expresamente otorgándole 42 diputados al PS de Catalunya y quintuplicando los diputados del Partido Popular. Han abjurado del independentismo y de la unilateralidad.

Ciertamente, es difícil alcanzar la única salida lógica al rompecabezas que dibujaron las urnas: que ERC propicie la investidura de un Illa condenado a gobernar en minoría, máxime siendo aquél el partido más derrotado y el más convulso y dividido internamente. Pero es directamente imposible que Sánchez entregue la cabeza de Illa y ceda el poder al elemento más tóxico de la política española y el gran atizador del conflicto de Cataluña. Eso sí supondría que el procés sigue vivo y coleando, como dice temer Feijóo. Dudo que los socialistas catalanes aceptaran perder la gloria recuperada esperando que Puigdemont se porte bien con Pedro Sánchez.

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