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De octava en octava

Necesitamos días de192 horas y la Iglesiaal menos dos veces alaño nos los consigue

No sé si saben que hoy es domingo. No que ya sea domingo, no, aunque a la vista de lo rápido que pasa el tiempo, podría ser. Es algo más milagroso aún: este sábado todavía es domingo. Y en mayúsculas. Litúrgicamente estamos en el Domingo de Resurrección, porque celebramos su octava y todos los días de la semana que siguen son una fiesta grande. O, mejor dicho, la misma fiesta e igual de grande.

Crean o no, ¿no les parece un hallazgo? Es tan inmenso y tan inconcebible el Día que necesitamos siete más para asumirlo. Y no es una cosa abstracta o general. El domingo pasado, el de la resurrección, yo me auscultaba, diciéndome: “Pues tampoco estoy tan exultante como requiere la Ocasión”. Y me contestaba: “No importa: tienes siete días más para hacerte el ánimo”. La Iglesia recurre a este expediente en otras dos ocasiones: la octava de Navidad y la octava de Pentecostés, que ya no se celebra, pero que habrá que recuperar, como tantas cosas, porque nos hacen mucha falta los jueves que reluzcan más que el sol y el tiempo que se remanse de vez en cuando, por favor.

Hablando de tiempo, estas octavas tienen una tradición antiquísima. Vienen del Antiguo Testamento, pues los judíos celebran sus fiestas, sabiamente, ocho días por cada una. Son herencias muy valiosas.

Liturgia aparte, confieso que estoy predispuesto a valorar inmensamente la idea de la octava también por lo civil, a lo laico. En realidad, me salen solas las octavas y mi agenda va de octava en octava. Lo explico. Soy muy de agenda, en un intento desesperado de ordenarme. El orden es mi amor platónico. En la agenda apunto lo que voy a hacer ese día, digamos un lunes. Todo muy bien pensado con su tiempo cronometrado para realizarse. Luego…, empieza el día.

Y sigue la semana. Y rara es la semana en que no llego al otro lunes y todavía estoy haciendo o tratando de hacer las gestiones y trabajos que me apunté en el primer día, entre perezas y torpezas propias y ajenos “vuélvases usted mañana”. ¿Lo ven? Las octavas vienen a mí. Gente de notorio optimismo suspira que necesitaría días de 48 horas. Yo los firmaba, porque menos da una piedra, pero lo que yo necesito son días de 192 horas: o sea, octavas.

Y aquí viene la Iglesia Católica y nos las concede. Antes, tres veces al año. Ahora, qué lástima, dos; pero todavía dos, y ahora estamos en una. Hoy, ya lo saben, es domingo. Y mañana también, pero no otro, el de hace ocho días.

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