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Yo te digo mi verdad

La mejor Semana Santa

Al mismo tiempo que rogamos por la lluvia enunciamosla salvedad de que no caigaen tiempos de procesiones

Escucho, leo y veo a buena parte del mundo cofrade calificar la recién terminada Semana Santa como ‘la peor’ por culpa de las lluvias, y, aunque me sé perfectamente el refrán, yo pensaría inocentemente que esta vez ha llovido a gusto de todos, ya que todos bebemos agua, o vino o cerveza o refrescos sin los que el líquido elemento no podría producirse. También los cofrades, que no podrían pasar sin las flores que adornan sus pasos, los botijos que alivian a los cargadores, ni sin las túnicas lavadas una y otra vez.

Pero es que somos así: nos quejamos de la sequía, nos hacemos cruces ante la posibilidad de un verano con restricciones y al mismo tiempo que rogamos por la lluvia enunciamos la salvedad de que no caiga en tiempos de procesiones, ni en carnavales ni, claro está, ahora que está a punto de empezar la temporada de ferias. Ponemos a los dioses, cualesquiera que estos sean, en cada coyuntura… Porque a ver: sacamos procesiones para que llueva, pero maldecimos o lloramos a lágrima viva si una procesión se moja. Bueno, ya no se mojan, claro, con la precisión horaria que han alcanzado las previsiones meteorológicas. Para mí que antes los dioses estaban más contentos, cuando se les dejaba a ellos decidir si querían pasar por agua las imágenes que los representan en la tierra. Digo yo que si algo no deben dudar los creyentes es sobre quién decide si llueve o no, si el mismo Dios todopoderoso con su santa voluntad o una simple flotilla de satélites, inventada por sabe dios qué ingenios. Y sobre quién es el verdadero maestro de los renglones torcidos.

A cambio de la suspensión de las procesiones, los ciudadanos no partidarios de tal alboroto, los ateos y los descreídos, los críticos con tanta atención oficial a una manifestación de fe privada (los que se han quedado en su ciudad) han podido disfrutar de los centros libres de interrupciones de paso, no han tenido que dar mil rodeos para llegar a su casa ni soportar a destiempo el tronar de tambores y trompetas. En su desapego, aguantan cada año lo que debe ser una tortura, y lo hacen de manera callada y sumisa. Bien se merecían esta reparación en forma de la mejor Semana Santa, la pasada por agua. Ellos también son criaturas de Dios, hombre. Y sobre todo son criaturas a cargo de las autoridades municipales a las que también pagan impuestos.

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