Monticello
Víctor J. Vázquez
Venezuela reveladora
Había planeado escribir del Partido Popular. Pero en los últimos cuatro días se me ha venido encima un alud de pequeños contratiempos domésticos y mecánicos. Supongo que la Providencia, que gusta de jugar con los hijos de los hombres, está haciendo todo lo posible para que mi 2026 no pueda hacer sino mejorar. Ya saben ustedes lo mal que llevo cuando la gente hace regular o completamente a medias o sin gusto su trabajo. Fíjense que mi vespa, la que se estropeó en verano, como lloré amargamente aquí, todavía estaba en el taller; y la saqué hace dos horas, y se me ha vuelto a parar a mitad de camino. He tenido que empujarla hasta casa con el ánimo por los suelos del arcén.
Me pesa por el empujón, pero también por la patria. En España llegan tarde los trenes, los técnicos no terminan de encontrar cómo arreglar un apagón, las cartas se extravían, la calle en obras lleva un mes y medio… Y encima mis refunfuños tienen un efecto bumerán: termino por aplicarme, con angustia, mis desesperaciones a mí mismo. ¿No escribo yo con comas díscolas, eh? ¿Qué me digo del ritmo sincopado de mi prosa? ¿No atribuí mal una cita hace nada? ¿Doy mis clases con el celo que requiere tan sacratísimo oficio?
“Pero alguna alegría habrá tenido usted, buen hombre…”, me susurrará algún lector apiadado. Ahora mismo, aún jadeante, la primera que se me ocurre es la que les habré dado a muchos de ustedes que se han ahorrado mi artículo sobre el Partido Popular.
Y también una cosa me ha salido muy bien. Había perdido los cuadernos manuscritos de mi diario personal de los años 2010 al 2015, periodo en el que fui un diarista constante. He revuelto durante semanas la casa en su búsqueda, y ayer los encontré. Ahora, al abrirlos al azar, he leído lo siguiente. En enero del 2014, pedí medio en broma a mi hija Carmen, a la sazón de tres años, que me echase una mano para encender la chimenea. Se vino a mí y me dio la mano. No sé si con precoz ironía o con una ternura literal. Esto yo lo había olvidado por completo. Primera razón por la que hay que llevar un diario.
Lo extraordinario es que hoy, doce años después, en medio de mi pequeña desolación consuetudinaria, mi hija Carmen se ha levantado muy chiquitita y dispuesta desde el pasado y me ha echado una mano. Segunda razón por la que hay que llevar un diario.
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